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El callejón

Los héroes proscritos

Vidal está viejo para todas estas cosas. Ha hecho mucho mal en su vida. Y sabe que le queda aún mucho mal por hacer. Cosas del servicio, porque hay que servir siempre a la autoridad y la autoridad sirve a unas leyes que van cambiando y a veces no tienen demasiado que ver con la justicia ni, sobre todo, con la misericordia.

Alexis Ravelo, Los milagros prohibidos

Dentro de la nunca extensa bibliografía sobre la guerra civil española, el episodio de la llamda Semana Roja de La Palma apenas ha merecido la atención de un puñado de historiadores persistentes y generosos que, con admirable tenacidad, han dedicado miles de horas a la lectura de legajos, cartas, informes, comunicados, periódicos, actas y sentencias, para hallar un poco de luz que ayude a esclarecer unos días oscurecidos por el olvido, la infamia y la mentira.

Según confiesa el escritor Alexis Ravelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1971), durante cuatro años se ha sumergido en la citada montaña de documentación, labor para la que ha contado, en todo momento, con la inestimable colaboración del profesor, doctor en Historia y compañero de este medio digital, Salvador González Vázquez, con el objetivo de concebir la novela que, bajo el rótulo de Los milagros prohibidos, y la edición de Siruela, acaba de aterrizar en los escaparates y anaqueles de las librerías de toda España.

Reconocido y premiado autor de novela negra (su tetralogía protagonizada por el ex maquinista naval Eladio Monroy es una recomendable muestra de literatura en mayúsculas, tecleada con los caracteres humildes de un género que vive su auténtica época dorada), Ravelo ha empleado los dos últimos años de su vida en escribir y entregar a la imprenta una ficción histórica de una factura impecable.

Los héroes de este relato, que se devora con la misma ferocidad con la que éste se tiñe, in crescendo, de una violencia cada vez más ruidosa, más furiosa e irracional, toman su sustancia, su tejido orgánico, de las biografías reales, la mayoría de ellas trágicamente truncadas, de los desventurados individuos, de toda índole y condición, que hubieron de echarse literalmente al monte en cuanto las huestes (más bien jaurías) de Falange, Acción Ciudadana, Guardia Civil y demás fuerzas incontroladas se hicieron con el control de la situación, tras la sonora llegada del cañonero Canalejas al muelle de Santa Cruz de La Palma, la tarde del 25 de julio de 1936.

Mucho más próximos a la banda de proscritos que acompañan a Robin de Locksley que a los forajidos y bandoleros con que los confundió y deformó la propaganda franquista, los mal denominados “alzados” (precisamente, no habían sido ellos quienes se sublevaron contra el régimen legal y constitucionalmente establecido) son las víctimas de unas terribles circunstancias, los hombres y mujeres leales a sí mismos que pagaron el más alto precio por creer, con conmovedora ingenuidad, que podían cambiar el mundo.

De eso habla esta magnífica y descarnada novela. De eso y de la imposibilidad de materializar ciertos sueños. Del irreparable desgarro que supone asumir esa realidad cruel y despiadada. Y de la dignidad que jamás podrán arrebatarte si la fidelidad a aquello en lo único que crees implica no rendirse nunca y morir de pie y no de rodillas.

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