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El callejón

Profecía

[…]

Al día siguiente de haber tomado posesión el nuevo presidente de la Generalitat, es decir, el 9 de mayo del año pasado, manifesté que se había roto una etapa que había comenzado con esplendor, confianza e ilusión, el 24 de octubre de 1977, y que tenía el presentimiento de que iba a iniciarse otra que nos conduciría a la ruptura de los vínculos de comprensión, buen entendimiento y acuerdos constantes que durante mi mandato habían existido entre Cataluña y el Gobierno. Todo nos llevaría a una situación que nos haría recordar otros tiempos muy tristes y desgraciados para nuestro país. En primer lugar, porque todo me hacía prever que las inmejorables y afectuosas relaciones que existían con las autoridades civiles y militares del Estado en Cataluña, que tanto y tanto me costó conseguir, de ahora en adelante se irían deteriorando y acabarían por ser tirantes y comportarían situaciones muy difíciles para la aplicación del Estatuto.

Después, y teniendo presentes las campañas políticas y excesivamente partidistas que había llevado a cabo el Partido que iba a gobernar, constituyendo un Consejo Ejecutivo monocolor y representado por su secretario general desde la presidencia de la Generalitat, era inevitable la ruptura de la unidad de nuestro pueblo. Esta unidad se produjo desde el primer día que llegué y se mantuvo hasta el último momento de mi mandato. La actitud que adoptan actualmente todos aquellos que conviven con nosotros y que han venido de otros pueblos de España y sus Casas Regionales en Cataluña, frente a la Generalitat y a los que la representan, es lo bastante conocida para que sea innecesario cualquier comentario. El hecho es que desgraciadamente se ha pasado de una situación llena de mutua confianza, de fraternidad y sin resentimientos ni complejos, a la de ahora, que algunas veces es de franco desinterés por Cataluña y otras de oposición, cuando antes ocurría todo lo contrario.

¿Por qué estos presentimientos míos? Pues simplemente por muchas razones que, debido a las circunstancias que vivimos, creo que ahora no es el momento más oportuno dar a conocer. Pero hay una que hoy es preciso recordar. Ya sabe que por encargo del presidente Suárez fui delegado del Gobierno para dar posesión de la presidencia de la Generalitat de Cataluña al señor Jordi Pujol. Días antes, le indiqué que me parecía normal que en este acto acabara mi parlamento con las palabras tradicionales de siempre, es decir, gritando vivas a Cataluña y a España. Esta propuesta me parecía lógica, pero con gran sorpresa por mi parte no fue aceptada. Por esta razón me encontraba en una situación más que delicada, peligrosa y, por tanto, tenía el deber de evitarla. Ya sabía que él solamente quería tener presente a Cataluña, pero para mí esto era inaceptable: eran ambos pueblos los que debían ir unidos en sus anhelos comunes. Si lo hacía yo solo, dada la situación en que me hallaba, representaría el plantear públicamente una división que acarrearía discusiones de resultados más que lamentables. Entonces, y ante esta situación tan enojosa, decidí no tener presente lo que hasta entonces había hecho en todos los actos oficiales.

Hoy, al pensar en ello con calma, creo que no podía hacer otra cosa si quería evitar un escándalo de consecuencias imprevisibles. Estoy seguro de que el presidente Pujol consideraba normal esta actitud, porque afirmaba una vez más su conducta nacionalista, que era y todavía es hoy la de utilizar todos los medios a su alcance para manifestar públicamente su posición encaminada a hacer posible la victoria de su ideología frente a España. Por otra parte, los lazos de cordial entendimiento político que lo unen al PNV y el hecho de que el presidente Garaicoechea también comparta su pensamiento y actitud en esta cuestión debía entender que representarían una nueva y más fuerte consolidación de convivencias y unidad política con Euskadi, que les permitiría, por tanto, ser más exigentes con el Gobierno del Estado.

Al día siguiente, voces autorizadas del Gobierno me preguntaban en forma amistosa qué era lo que había ocurrido y el porqué, como si yo fuera el culpable. Quizá lo recordará porque diferentes periódicos, principalmente de Madrid, lo señalaban, haciendo comentarios de extrañeza por mi actitud. Ya comprenderá que en aquellos momentos no podía publicar una nota explicando lo que había sucedido. Preferí callar, aunque ello me acarreó disgustos, pero de ninguna manera podía defenderme, ya que esto podría representar que la actitud del presidente Pujol se hiciera pública y en consecuencia que se iniciara en todas partes y, principalmente, en todos los demás pueblos de España una campaña de la cual Cataluña podía salir muy perjudicada.

Respecto a mi actitud de entonces, en el viaje que realicé el mes de enero pasado a Madrid, todavía algunas personalidades del Estado me preguntaron qué era lo que había sucedido y el porqué de mi silencio. Discúlpeme por todo lo que acabo de manifestarle, pero no puedo evitarlo, si se quiere conocer el porqué de la situación en que nos hallamos y cómo y de qué manera ésta empezó.

En conjunto, puede creerlo, todo me produce tristeza y una honda inquietud de cara al futuro. Aunque no me extraña demasiado lo que ahora está ocurriendo, era previsible, porque durante estos últimos diez meses todo ha sido bien orquestado para llegar a la ruptura de la política de unidad, de paz y de hermandad aceptada por todos los ciudadanos de Cataluña. El resultado es que, desgraciadamente, hoy podemos afirmar que, debido a determinadas propagandas tendenciosas y al espíritu engañado que también late en ellas, volvemos a encontrarnos en una situación que me hace recordar otras actitudes deplorables del pasado.

Siempre recordaré que el 5 de octubre del año 1934, a las 5 de la tarde, acompañado del diputado señor Juan Casanelles, fui a la Generalitat a visitar al presidente Companys para manifestarle nuestra disconformidad con la política que una vez más se realizaba, rogándole que evitara lo que todo indicaba que iba a suceder aquella misma noche, es decir: la ruptura por la violencia de las relaciones con el Gobierno. No se nos escuchó, la demagogia y la exaltación de un nacionalismo exacerbado pesó más que la opinión de aquellos que preveíamos, como así ocurrió, un fracaso rotundo. Es preciso leer lo que sucedió en el admirable suplemento que publicó La Vanguardia. En su fascículo 7 del mes pasado nos lo dice claramente. Todo lo que en él se reproduce es la expresión de los autores de aquella época, de una lucidez extraordinaria. La demagogia había hecho su obra y el desastre se produjo. Sé muy bien que ahora no se proclamará el Estado Catalán ni la República Federal española, ni los partidos lanzarán sus militantes a la calle, ni los responsables de todo cuanto sucede morirán por Cataluña, nada de eso. Lo que se hará y ya ha empezado estas últimas semanas, es querer hacer olvidar las actitudes irresponsables de los mismos que ya han hecho fracasar nuestra autonomía, consiguiendo la desunión de Cataluña y el enfrentamiento con España; y por esto, la actitud de los autores de esta situación es imperdonable.

Entonces, al igual que ahora, mi disconformidad con lo que pasó fue también total. Es evidente que la actitud, a mi entender equivocada, del presidente Companys estaba empañada por unas ideas que compartían muchos catalanes, cosa que ahora no es así, y era llevada a cabo con honradez y sin deseos inconfesables. Es desolador que hoy la megalomanía y la ambición personal de algunos, nos hayan conducido a este estado lamentable en que nos encontramos y que nuestro pueblo haya perdido, de momento, la ilusión y la confianza en su futuro.

¿Cómo es posible que Cataluña haya caído nuevamente para hundirse poco a poco en una situación dolorosa, como la que está empezando a producirse? Ante todo esto, es evidente que se trata de ocultar el fracaso de toda una acción de Gobierno y de la falta de autoridad moral de sus responsables. Si se ha llegado a esta situación es debido, a mi entender, simplemente a un pensamiento y actitud que empezó el mismo día que tomó posesión del cargo el actual President de la Generalitat, y como era natural, los resultados habían de ser los que ahora sufrimos. Para salir de esta situación y para ocultar lo que desgraciadamente ha conducido a la falta de confianza hacia nuestras instituciones, vemos que sus responsables están utilizando un truco muy conocido y muy desacreditado, es decir, el de convertirse en el perseguido, en la víctima; así hemos podido leer en ciertas declaraciones que España nos persigue, que nos boicotea, que nos recorta el Estatuto, que nos desprecia, que se deja llevar por antipatías hacia nosotros, que les sabe mal y se arrepienten de haber reconocido nuestros derechos e incluso, hace unos días, llegaron a afirmar que toda la campaña anticatalanista que se realiza va encaminada a expulsarlos de la vida política.

Es decir, según ellos, se hace una política contra Cataluña, olvidando que fueron ellos los que para ocultar su incapacidad política y la falta de ambición por hacer las cosas bien, hace ya diez meses que empezaron una acción que solamente nos podía llevar a la situación en que ahora nos hallamos. Por ejemplo, es necesario tener el coraje de decirlo, los problemas de la lengua y de la escuela, es la actual Generalitat quien en gran parte los ha provocado, por falta de sentido de responsabilidad y por una alocada política ante el Gobierno que podía pensar que no sería aceptada no sólo por su planteamiento inaceptable, sino porque ni ayer, ni hoy, ni nunca gobierne quien gobierne, el Estado no aceptará nuestros derechos como quisiéramos, si nuestro pueblo no los reclama unánimemente. No conseguiremos nuestros propósitos con orgullo ni con frivolidad. A mi entender, muchas de las manifestaciones que se han hecho y disposiciones que se han tomado se habían de pactar antes de tomarlas o meditarlas mejor, pero no actuar como se ha hecho ahora, con suficiencia y pensando que solamente nosotros teníamos razón. Asimismo, era preciso evitar cualquier comentario ofensivo contra aquellos a quienes obligaban determinadas disposiciones, teniendo en cuenta lo que podían representar. Si lo hubiéramos hecho así, nada o casi nada de lo que ha pasado habría sucedido, ya que la cuestión de la lengua se ha convertido en un problema político y partidista, acompañado de posiciones que estamos pagando muy duramente.

Permítame que le recuerde que los acuerdos Suárez-Tarradellas del 15 de abril de 1978 ya preveían lo que después se realizó referente a la enseñanza y es por esto que el 22 de mayo del mismo año un Decreto de la Generalitat creaba el Servicio de Enseñanza del Catalán y, el 23 de junio, un Decreto del Gobierno Suárez regulaba la incorporación de la lengua catalana al sistema de enseñanza. Esto, junto con otras cuestiones importantes, permitió que, al final del año 1979, cerca de un millón de escolares aprendiesen el catalán sin que nadie planteara ningún problema para evitarlo, es decir, catalanes y no catalanes lo habían encontrado normal y lo aceptaron con satisfacción. Una vez más había triunfado nuestra política de pacto, desprovista de todo partidismo político.

Otro ejemplo, entre tantos y tantos como hay, es el problema de las Diputaciones: como lo ha planteado la Generalitat, ésta no tiene razón. Fue en el año 1977 cuando dije que la autonomía no sería válida si no desaparecían los Gobiernos Civiles y las Diputaciones, como se hizo en 1932 y nada grave sucedió. En la actualidad, pienso exactamente igual. También expresé lo mismo cuando formamos nuestro primer gobierno. Supongo que lo recordará. Propuse que los cuatro presidentes de las Diputaciones formaran parte del mismo, pero sin tener departamentos efectivos. Esto era con el fin de dar más facilidades de traspaso de cara al futuro. No lo conseguí, porque todos los partidos se opusieron y principalmente el que hoy gobierna. Grave error. Hoy nos encontramos con que el Gobierno de la Generalitat y el Parlamento quieren hacer desaparecer las Diputaciones e integrarlas en la Generalitat. Haciéndolo de tal forma que es inconstitucional. Y, ¿por qué lo hacen? Creo que para desencadenar la campaña que se está llevando a cabo y para convertirse en las víctimas de una situación que ellos mismos han creado para beneficiarse en las próximas elecciones.

Presiento su primera reacción: pensará que nosotros también tenemos razón. Es evidente, pero no toda. Si reflexionamos fríamente, estoy seguro de que se dará cuenta de cómo se ha perjudicado y se está perjudicando a Cataluña. La división cada día será más profunda y se alejara más y más de nuestros propósitos de consolidar, para nosotros y para España, la democracia y la libertad, a la vez que los equívocos que surgirán entre nosotros serán cada día más graves. Por otro lado, las declaraciones de la semana pasada del president Pujol, en las cuales decía todo lo contrario de lo que ha hecho y dicho durante estos últimos diez meses, y que nos ha llevado a la situación en que nos encontramos, constituye un doble juego ya muy gastado en la política catalana para que sea merecedor de credibilidad. Quisiera que su nueva posición política triunfara, pero como sea que hasta el momento presente no tiene la autoridad moral necesaria para conseguirlo, no creo que esta vez pueda obtener la confianza ni de nuestro pueblo ni del Gobierno.

Naturalmente, la política que se ha hecho no justifica de ninguna de las maneras el pacto del Gobierno con el PSOE, ni la creación de la Comisión de Expertos que han de reconducir las autonomías. Aunque esto era de prever después de la política que ha hecho la Generalitat, las protestas de ahora, desgraciadamente, me parece que poco pesarán en las discusiones que se llevarán a cabo; pero si nosotros no actuamos con espíritu de megalomanía y solamente defendemos nuestros derechos no será posible evitar lo peor.

Si terminara aquí esta carta, le podría parecer, y con razón, que mi pensamiento sólo es crítico y esté dolido ante la situación política que, a mi entender, es muy grave. No es así y le diré lo siguiente: a raíz de mi visita a S. M. el Rey el 26 de enero, que será para mí inolvidable, el día 7 de febrero me decidí a escribirle para clarificar algunos aspectos de la conversación que habíamos mantenido. El día 16 del mismo mes me contestaba con una carta de un contenido muy inteligente, que me hizo meditar. Ante una situación que cada día era más preocupante, el 12 de marzo le volví a escribir, acompañándole una nota de 27 páginas en la que le hacía conocer de una manera sintetizada cuál era mi pensamiento político ante los problemas que hoy tenemos planteados. En cierta manera, algunos de ellos ya se habían insinuado en nuestra conversación del mes de enero, pero no todos, y, por otro lado, me pareció que no estaría por demás volver a insistir y exponer otros aspectos a su alta consideración. El día 23 de marzo me contestaba y su respuesta es la de un Rey que es consciente de la situación en que se encuentra España y que comprende que para resolver los problemas se han de hacer toda clase de sacrificios. Sepa que en esta correspondencia trataba por encima del tema de Cataluña, por dos razones: primera, porque todo lo que yo habría podido decirle sobre lo que ha pasado durante estos últimos diez meses y sus resultados estoy seguro de que S. M. el Rey ya lo sabía o ya lo presentía; después, porque si tenía que hablar de Cataluña me tenía que dirigir también al presidente de nuestro Parlamento, señor Heribert Barrera. Esto lo hice el 23 del pasado mes en una larga carta en la que le hacía constar mi disconformidad con la política sectaria, discriminatoria y carente de todo sentido de responsabilidad por parte de la Generalidad. También le hacía constar mi más enérgica protesta ante la política de provocación que Cataluña inició el mismo día de la toma de posesión del presidente Pujol y que todavía continúa, debido por una parte a la política de intimidación engañosa que se hace desde la Generalitat y por otra, abusando de la buen fe de los que hay que reconocer que están tendenciosamente informados.

He aquí, pues, que con las comunicaciones dirigidas a S. M. el Rey Juan Carlos I, al muy honorable presidente Barrera y a usted mismo con esta carta me siento en cierto modo liberado de un estado de espíritu que se estaba convirtiendo en algo casi morboso y que me tenía más que preocupado. Esto no significa que deje de estar atento a todo lo que pasa, pero el hecho de que haya manifestado con claridad total mis reflexiones e inquietudes, debo decirle sinceramente que ha aliviado mi conciencia ante mis responsabilidades pasadas y presentes.

[…] Estoy seguro de que en todo lo que acabo de manifestarle no hallará absolutamente ninguna intención política, ni pensamiento partidista que, como puede suponer, está muy lejos de mi intención. Permítame que antes de terminar esta carta y en otro orden de cosas le manifieste que estoy alarmado ante el pensamiento y posición de los partidos políticos, los cuales dan a menudo la sensación de no recordar lo que sucedió el mes de febrero pasado y actúan exactamente como si ante nosotros no tuviésemos problemas angustiosos que no podemos resolver. Sin una acción de Su Majestad el Rey, que ha ganado una gran autoridad moral por sus actuaciones en lo que va de año, fruto también de saber escuchar y razonar de una manera cartesiana y de una voluntad de hierro para cumplir con sus deberes, no desaparecerán las graves preocupaciones que tenemos.

España unos dicen que bosteza y otros que está dormida. Todo es posible. Pero me parece que en el país existe todavía suficiente savia nueva para despertarlo, sacudirlo y darle nobles ambiciones. Se trata simplemente de no pensar en todo cuanto enturbia nuestra voluntad de cara a un destino mejor y llevar a cabo una amplia y generosa unidad realizada sin rencores y demagogia, tocando de pies en el suelo para poder ir hacia adelante sin vacilaciones. Entonces sí que obtendremos la victoria que nos permitirá vivir con bienestar y libertad. En cuanto a Cataluña, creo que es urgente que se recupere la unidad que se rompió en mayo de 1980 y que se olvide todo lo que ahora nos separa, porque nuestro país es demasiado pequeño para que desprecie a ninguno de sus hijos y lo bastante grande para que quepamos todos.

Con la amistad de siempre, le saluda afectuosamente.

[Carta dirigida por el Honorable Josep Tarradellas al director de La Vanguardia, Horacio Sáenz Guerrero, y publicada en el diario barcelonés el 16 de abril de 1981, en su página 10]

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