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Manual de subsistencia para una isla desierta

El aeropuerto de La Palma

 

Hace ya unos cuantos años, cuando las obras del último -hasta hoy- aeropuerto de La Palma estaban en su apogeo de grúas, palas, apisonadoras y tropas de obreros asfaltando y amurallando por doquier, un amigo recién llegado desde Tenerife, a la vista de todo aquel despliegue de obras públicas, rocas, charcas naturales y artificiales, carreteras flotantes, etc., exclamó con gracia: "¡Esto es Perestelópolis!" Tuve que explicarle que no, que aquello no podía ser Perestelópolis (qué más hubieran querido entonces los dirigentes de CC) por la sencilla razón de que no se trataba de una apuesta del Cabildo de La Palma sino de un proyecto faraónico tramitado en Madrid, desde altas instancias del Gobierno, a través de un inexplicable afán renovador que nos pillaba por sorpresa. Aquello no lo habíamos pedido los palmeros, vaya, y sin embargo nos venía impuesto por los indescifrables conductos de una tecnocracia político-constructora de mil pares de narices. Ahora, entrando en el 2015 y tras recibir los costalazos de la recesión económica provocada por banqueros, politicastros y burbujas inmobiliarias de todos los colores, entendemos que la decisión de construir una terminal infinita -con mil y pico mostradores de facturación y otras tantas mil y pico puertas de embarque- sólo podía responder a intereses espúreos al fin convertidos en barrabasadas de un tiempo de vacas gordas a cuyas tetas se engancharon toda clase de desaprensivos y sutiles extorsionistas, pagadores y cobradores de comisiones en la sombra. Con todo ello el dinero público entraba en las hormigoneras mientras los españoles de a pie nos despistábamos o nos hacíamos los longuis.

No hace muchos meses leí un artículo desprovisto de rigor en el que un "analista" chicharrero de cuyo nombre no quiero acordarme (supongo que se considera periodista por poder publicar lo que escribe) llegaba a la conclusión de que los palmeros éramos tontos del bote por haber hecho un aeropuerto gigantesco, desértico y gris. Basaba su diatriba en una burlona descripción del edificio y sus aledaños, y así, remitiéndonos a lo que salta a la vista, caía en la obviedad y de paso se atragantaba en su propia mala baba. Fuera como fuese, al igual que mi amigo cuando gritaba lo de Perestelópolis, este señor no sabía que La Palma no tiene partidas presupuestarias ni ingenieros suficientes para montar un cirio de tal calado. Ni siquiera para derribar toda la infraestructura anterior, que sin duda nos resultaba más racional. Ciertamente los palmeros tendemos a entorpecernos con nuestros propios asuntos, pero, ojo, esto más bien ocurre por pasividad -ay, miedo a romper la cadencia atemperada que nos define-, no por lo contrario. Siempre que pecamos, lo hacemos por defecto, no por exceso.

El otro día este flamante y fantasmagórico aeropuerto que parece de luto permanente saltaba a la palestra en los medios de información nacional porque, según el Tribunal de Cuentas de la Unión Europea, se encuentra entre los ocho menos rentables del Estado. Toma ya. ¿Necesitábamos que alguien confirmase con estudios oficiales que en esta ocasión el pedo era más grande que el culo? Claro que no (ya lo dije antes: salta a la vista). La noticia, aun sabida de antemano, aun cargada de lógica, se nos caía encima como una fuente de salsa de cabrito horneado en Nochebuena. El chorrete quema y nos obliga a patalear reconociendo que ese aeropuerto no deja de confundirnos con sus llanuras, sus valles y hondonadas, sus cuevas, sus basaltos negros y sus pajarracos. Cada vez que entramos al edificio de la terminal nos acucarachamos, nos sentimos insignificantes ante la vastedad del absurdo. La vastedad de la codicia. La vastedad de la ineptitud.

Humildemente, propongo que la próxima edición de la Transvulcania se celebre por entero en el extenuante aeropuerto de La Palma. Incluso así sobraría espacio para crear un quiosco de prensa en la azotea y un auditorio de espectáculos multi-media en los aparcamientos subterráneos.

 

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