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Manual de subsistencia para una isla desierta

Estupor

Ante la avalancha de fotografías y vídeos virales que muestran, como en una campaña de spots publicitarios del Apocalipsis, las recientes demostraciones de barbarie perpetrada con mazas y taladradoras contra restos de antiguas civilizaciones, engruñamos el gesto, nos arripiamos y decimos que no se puede caer más bajo, quizá obviando -sin querer- que todavía es peor el ensañamiento contra la vida de las personas que se encuentran en medio de luchas armadas y fanatismos elevados al cubo. La Historia está plagada de absurdos sin cuento como este, despropósitos promovidos por ideologías de todo signo, megalomanías levantadas con aparatajes que acaban cayendo por su propio peso, movimientos de masas proclives a enardecerse a las primeras de cambio, ondear de banderas-sudarios de mil colores, especialmente cuando sobran las palabras. Quien se complace en destruir vestigios de otras culturas muestra un desprecio estéril no sólo por el pasado ajeno sino por el presente y el futuro propio. Ese alarde de furia devastadora, ese gañido de bestia ciega de odio, nos deja estupefactos en tanto que nos retrotrae a lo que durante siglos ha sido el medio y el fin de las ambiciones humanas, alentadoras de un espíritu de conquista que en demasiadas ocasiones ha embarrancado en el genocidio. Sobre este particular, más allá de cualquier forma de maniqueísmo facilón y mas acá de mitos o imaginarios épicos de caballeros con espada, podemos hacer examen de conciencia repasando los hitos de la edad contemporánea a partir de los cuales se han trazado los actuales mapas políticos: ojo, también los "instruidos" occidentales han incurrido en diversas clases de atropellos contra la otredad. Pensemos en las campañas napoleónicas, o en el saqueo del imperialismo europeo sobre África y Asia, o en la conquista del Far West a costa de la supervivencia de los pueblos amerindios; pensemos en la locura nazi y, tras ella, en hechos puntuales, terribles, como el bombardeo de la bellísima ciudad de Dresde cuando la II Guerra Mundial llegaba a su fin (el mundo pasó por alto el hecho de que los aliados decidieran machacar Dresde para infligir sobre Alemania un castigo simbólico, postrero e inútil). Esto no obsta, ni muchísimo menos, para que sintamos estupor ante esos iluminados que hoy ponen bombas contra civiles y al mismo tiempo se enorgullecen de romper piedras angulares y efigies cinceladas hace siglos. Repito, es comprensible que nos arripiemos ante algo así. Hemos de verlo como puro vandalismo: la negación de la Historia y de la razón. La manera más cerril de multiplicar por cero.

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