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Manual de subsistencia para una isla desierta

Ni muy-muy ni tan-tan

 

Además de desgarrarnos por dentro, el triste destino del avión de Germanwings nos ha dejado perplejos a todos los europeos, tanto los del Norte como los del Sur. Tras recibir informaciones puntuales y más que fiables sobre las causas del desastre, desde el principio -con independencia de lo dolorosa que era y sigue siendo la noticia- nos ha rondado por la cabeza una serie de preguntas cargadas de prejuicios estériles que de ningún modo pueden aminorar la huella emocional del suceso. ¿Cómo es posible que una pifia tan descomunal y de tan terribles consecuencias se haya originado casi simultáneamente en diferentes engranajes de la gran maquinaria económica y laboral alemana? ¿Qué ha pasado con el sentido previsor y el espíritu concienzudo que se presupone en los trabajadores y directivos nórdicos? ¿Cómo se habría reaccionado si la compañía aérea implicada en el siniestro hubiese sido española, portuguesa o griega? Seamos sinceros, ¿no es cierto que, por diversas razones que no vamos ahora a analizar aquí, nos hemos acostumbrado a aceptar los tópicos que "separan" al europeo del Norte -responsable, laborioso, cabeza cuadrada, infalible, sosaina- del meridional -relajado, haragán, improvisador, chapucero, vivalavirgen-? ¿Por qué seguimos empeñados en aceptar con la mayor naturalidad la vigencia de estos estereotipos? ¿Hemos de asumirlos por los siglos de los siglos como algo irrefutable e inmutable?

Hace varios meses un pequeño empresario alemán, asentado en El Paso desde los años 90, me explicaba sin sutilezas por qué un determinado material de construcción  que él importa de su país -mortero poroso para minimizar el daño de las humedades haciéndolas invisibles- era mejor que cualquier otro de marca española:

-Mientras ustedes, aquí, se gastan el dinero en fiestas y en voladores, nosotros, allá, invertimos en "I+D", y, claro, eso redunda en la calidad de nuestros productos.

No tuve tiempo ni ganas ni argumentos para propiciar, a partir de esta afirmación tan tajante, un diálogo sobre las peculiaridades de nuestros respectivos pueblos. Me limité a asentir porque sabía que detrás de esa conclusión no del todo capciosa, brotada desde el fondo de una sonrisa que en su rigidez se asemejaba a un rictus de ofensiva petulancia, bullía una gran verdad: en España no se invierte lo suficiente en "I+D", y punto. Es un hecho, sí. Ay, ya se sabe que los hechos constatables no admiten discusión, al menos en casos concretos como este. Aun así, no por ello debiéramos estar siempre dispuestos a creer que todo el monte es orégano ni a reducir la realidad a simplificaciones tan facilonas (si así fuese, a partir de ahora, dada la concatenación de errores humanos y negligencias burocráticas que han dado alas al ánimo suicida de ese piloto de infausto recuerdo, tendríamos que poner en duda la proverbial eficiencia germánica). Con la aceptación de los tópicos pintoresquistas corremos el riesgo de meter los pies en el charco del nacionalismo más burdo, si no en el lodazal del racismo puro y duro, como en los clásicos chistes de "era un alemán, un inglés, un francés y un español", vitriólicos porque cualquier comparación acaba resultando odiosa, sobre todo si vale de puya y más aun si nos sirve para el autoflagelo.

Ah, por cierto, el mortero que me vendió el empresario alemán ha sido un auténtico fiasco. Bajo su supervisión de experto lo aplicamos a una pared y, pasadas algunas semanas, las humedades volvieron a aflorar. Están ahí, tan visibles como antes. También eso es un hecho.

 

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