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Manual de subsistencia para una isla desierta

A ver esa cabecita

 

Ayer por la tarde, abriendo mucho los ojos ante la pantalla de la tele o del ordenador, presenciamos una escena tensa y al mismo tiempo tranquilizadora, aparatosa y al mismo tiempo simple. Pero ¿realmente puede darse algo así fuera de un representación teatral, por ejemplo fuera de un drama justiciero de Lope? Con el ruido de fondo de los flashes (crujiditos de mandíbulas carroñeras), veíamos cómo aquel hombre de rostro cariacontecido salía de su casa y, en el momento en que debía entrar por la portezuela trasera de un coche aparcado allí mismo, recibía la leve presión de la mano de un extraño que pulsaba hacia abajo su cabecita alopécica. Era la mano de alguien que iba detrás del detenido y que tenía prisa por meterlo en el coche, como si temiera que se le escapara delante de todo el mundo y a la vez como si temiera que fuesen a topar sus cuernos en la carrocería. Como si le transmitiese lo más deprisa posible y en un solo gesto que valdría por mil palabras y pico: "A ver esa cabecita, cuidado no te vayas a dar, pero entra de una puñetera vez, tío, no compliquemos más las cosas, ¿vale?" La cabecita del hombre, apellidado Rato, estaba empequeñecida (¿o es que las orejas le han crecido con la edad y no nos habíamos dado cuenta hasta ahora?) y fue manoseada bajo el foco implacable de las cámaras. La imagen lo decía todo. Lo dice todo. "Hala, venga, pa"dentro, ahora te vas a enterar de lo que vale un peine". Al ver aquel movimiento tan elocuente, y por lo demás tan repetido en las noticias de todas las televisiones, intenté confrontar la imagen de ese ademán de corderillo a punto de proferir un balido de buenas noches con la otra de aquel supermán recién llegado de Krypton, hace ya unos cuantos años, al inicio de la crisis financiera con que aún se nos viene estafando a los ciudadanos, cuando -tras renunciar a su puesto de gerifalte en el FMI- se paseó por España para proclamar que tocaba apretarse el cinturón. Me acuerdo como si fuera ahora: un domingo salió Rodrigo Rato por el Telecanarias (había viajado hasta Las Palmas para dar una conferencia) diciendo que venían tiempos difíciles y que la gente tenía que mentalizarse de que no quedaba otra que cobrar menos y trabajar más. Eso lo anunciaba un señor encorbatado que se las sabía todas, el mismo que pocas semanas después, nada más ponerse al frente de CajaMadrid, se subió el sueldo escandalosamente (eso fue lo primero que hizo; lo demás, lo que vino a continuación, ya se sabe, forma parte de la Historia reciente del cachondeo patrio). Por eso no me acabo de creer que esta escena, mutis incluido, sea al fin catártica. No sé, no sé. Hay mucho trampantojo, y se nota. Como si se intentase desviar la atención pública de otros conflictos cercanos y no menos inflamables a los que el propio Rato no sería ajeno. Además, ¿qué más da que en dos segundos le toquen la cabeza a un señor tan acostumbrado a tocarle las narices a todo quisque? ¿Nos compensa ese falso coscorrón? No. Claro que no.

 

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