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Manual de subsistencia para una isla desierta

Vileza

 

Enfrascado en la lectura de un libro pistonudo, Honrarás a tu padre, de Gay Talese, descubro los mecanismos psicológicos que mueven a los mafiosos italo-norteamericanos (el libro describe la vida cotidiana de los Bonanno, familia de capos que entró en declive en los años 60 y 70) y enseguida me doy cuenta de las muchas concomitancias que hay entre las coartadas de los señores del hampa y las de los frescones que alientan la corrupción político-económica de cualquier país. Sea cual sea el contexto que la rodea, la degradación moral se basa en una falsa inconsciencia: en primer lugar, todo golfo que se precie parece ignorar la gravedad de sus trastadas. No sé si las obvia porque se siente inmune o si se siente inmune porque las obvia. Ningún golfo va a reconocer las evidencias que lo culpabilizan, así que, por más que lo señalen con el dedo, siempre tira adelante como si tal cosa, más chulo que un ocho. Ahora bien, en caso de que lo pillen seguirá a rajatabla un protocolo de actitud ante el mundo entero:

1. Si la "Justicia" empieza a echársele encima, lo primero que hace es mostrarse indignado, cabreadísimo, por el simple hecho de que se cuestione su honorabilidad.

2. Siempre negará de entrada todo aquello de que se le acusa.

3. Si se demuestra que es autor de un delito, alegará no haber sido consciente de lo que se traía entre manos mientras lo llevaba a cabo.

4. Luego vuelve a mostrar su indignación porque se considera objeto de una campaña de acoso que pretende hacerle pagar el pato por todos los demás mamalones que juegan igual de sucio. Así, asqueándose de la hipocresía que lo rodea, creerá verse redimido moralmente en el limbo del victivismo.

5. Después se sentará a esperar a que pase el tiempo: ya se sabe que la maquinaria justiciera va al trantrán. También cabe la posibilidad de que las triquiñuelas legalistas de los señores letrados hagan juego de magia potagia a su favor.

6. Si por fin el peso de la ley cae sobre sus costillas, acatará el veredicto con el convencimiento de que, dada la lasitud del cumplimiento de las condenas, se verá libre muy pronto.

La larga historia de los Bonanno -que con tanta maestría resume Talese en un sublime ejercicio de periodismo de investigación- nos enseña que por debajo y por encima del crimen organizado se extiende la maldad intrínseca de quienes controlan el cotarro financiero y político: por debajo o por encima de los delincuentes se pasean los malvados de cuello blanco que nunca caerán con las manos en la masa. Talese toma la referencia de los Bonanno no sólo para mostrar la mugre que salta a la vista. Con sutileza nos obliga a leer entre líneas otro relato paralelo que concierne al inabarcable entramado del poder que corrompe. Vislumbramos todo lo que hay detrás de los Bonanno, reyezuelos sin corona, y acabamos pensando en todo lo que hay detrás de nuestros urdangarines, nuestros bárcenas, nuestros pujoles, nuestros zerolos aforados, nuestros consejeros de Bankia, nuestros rodrigos ratos, nuestros chapuceros de los "eres" andaluces y, en fin, detrás de todos nuestros imputados de cada día, sea cual sea la naturaleza de su codicia y la técnica empleada para sus latrocinios. Cuando pierden el control de la situación siguen el mismo protocolo, punto por punto, para reaccionar de la misma manera. No podemos por menos que admitir que tienen fundados motivos para sentirse cabezas de turco y que en efecto son muñequitos expuestos para el pimpampún, y por eso, al verlos perseguidos por los paparazzi y acoquinados sobre el banquillo de los acusados, seguimos y seguiremos pensando en quienes escapan de la quema recorriendo tan panchos, con absoluta impunidad, otro estadio superior de vileza.

 

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