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Manual de subsistencia para una isla desierta

De Tabares a Zweig y de Zweig a Tabares

 

La noche del viernes fuimos muchos los que tuvimos el privilegio de asistir a la representación de la obra teatral Una hora en la vida de Stefan Zweig, de nuestro querido y admirado Antonio Tabares (Toni: un lujo para La Palma; que nadie lo dude). El público, entregado, supo valorar al autor y a los tres actores -Roberto Quintana, Celia Vioque y Gregor Acuña, muy bien dirigidos por el gran Sergi Belbel- con largas ovaciones al final, ¡incluso en la calle, aún abarrotada de gente entusiasta un cuarto de hora después de que se bajara el telón del Circo de Marte! No era para menos. Esta creación de Tabares, como todas las anteriores y como todas las que su enorme talento nos vaya deparando en el futuro, se caracteriza por la transparencia y por la aparente sencillez formal del texto, una suerte de elegancia purificadora que emana de las palabras que se dicen y también de las que sabiamente se silencian hasta alcanzar el fluido exacto, llamémoslo así, de la verdad. El discurso literario crece y se cuaja sin balbuceos, sin vulgaridades, sin efectismos, sin trampas dialécticas, por lo que el espectador se reconforta desde el primer momento con la sensación -la seguridad, más bien- de que no se le va a dar gato por liebre. Podemos afirmar que la calidad de ese discurso literario propicia una rara pero comprensible simbiosis entre la conciencia y las destrezas comunicadoras de nuestro dramaturgo (qué gozada, poder decir, con la boca llena, nuestro dramaturgo) y las del extraordinario escritor austríaco Stefan Zweig, convertido aquí en personaje verosímil sobre el escenario. En este caso las concomitancias entre ambos autores -Zweig y Tabares-, salvando las distancias generacionales, afloran con cada una de las frases de los protagonistas del drama, y no sólo por el tono y por su carácter juicioso, sino sobre todo por lo que quieren transmitir: una reflexión amarga pero serena sobre el modo en que la realidad interviene para bien o para mal en la condición humana y, al mismo tiempo, sobre el modo en que la condición humana interviene para bien o para mal en la realidad. Por otra parte, no debiera extrañarnos el hecho de que Toni Tabares, ajeno a las corrientes de pensamiento que orientan los intereses y la estética del teatro español actual, se haya interesado por la figura simbólica de Zweig, con quien desde hace muchos años se abren y se cierran algunos de los interrogantes más conmovedores sobre las zozobras de Europa en el siglo XX. Ciertamente el tramo final de su biografía constituye una coartada perfecta para tratar el tema del anonadamiento del individuo en medio de la borrasca provocada por las ideologías. Zweig, sensible al dolor ajeno como pocos intelectuales de su tiempo, encarna mejor que nadie el ideal de la Cultura con "C" mayúscula, el compromiso del Humanismo ante los más nobles sueños de la civilización occidental; por eso vive el exilio en América con pesimismo, sí; ni siquiera lo consuela el amor abnegado de su segunda esposa, la dulce y atemperada Lotte Altmann, a la que arrastra -despiadadamente, diría yo- hacia un definitivo descenso al infierno. Aun así, su derrota desprende un halo de grandeza porque viene de la creencia en la revolución interior del individuo, la única trinchera posible frente a cualquier atisbo de totalitarismo. De este modo, obcecado en la desesperanza de los apátridas, Zweig alcanza un punto de liberación absoluta, radical, con la idea del suicidio. Tabares aborda todo ello sin perder el dominio de los mecanismos internos que hacen que el drama avance hacia donde debe: así por ejemplo la irrupción en escena de un impostor, coleccionista de arte que se presenta como Samuel Fridman, otro exiliado que no puede disimular la neurastenia causada por el horror nazi -¿quizá trasunto del "Sr. B", protagonista de Novela de ajedrez, última obra de ficción de Zweig?-, anima la acción propiciando un conflicto visible sobre el conflicto implícito que atormenta al matrimonio Zweig. Con  la presencia de Fridman el diálogo se dinamiza y enciende para mostrar tanto la altura moral como las miserias íntimas del afamado escritor. En esos momentos el personaje Zweig se expresa como sólo creíamos que podía hacer el autor Zweig. Por increíble que parezca, el público sigue el juego de réplicas y contrarréplicas sin caer en la cuenta de que esas palabras no son de Zweig, sino de Antonio Tabares, cuyo portentoso control del arte de la dramaturgia apenas se hace notar mientras se adueña del escenario. Ese es el primero de los muchos aciertos que nos impulsa a gritar: "¡Autor!, ¡autor!, ¡autor!"

 

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