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Mar y viento

Capitán Joaquín González Pérez

JGP

La emigración, sobre todo hacia tierras americanas, ha sido práctica habitual del pueblo canario a lo largo de su historia. Ya desde el siglo XVI eran muchos los polizones que se embarcaban aprovechando el paso por nuestras islas de los buques que llevaban a cabo la Carrera de Indias.

Más recientemente, durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, se produjo, además de la emigración legal, un incremento de la emigración clandestina.

Entre la Guerra Civil española y los primeros años 50´ se desarrolló un sistema migratorio clandestino en el cual se utilizaban pequeños barcos y que tuvo como destino principal los puertos venezolanos.

El pasado mes de agosto nos abandonó uno de los capitanes de aquellas minúsculas embarcaciones en las que muchos isleños se aventuraron en busca de un futuro mejor, se trata de Joaquín González Pérez, conocido por Pedro Miguel entre sus amigos.

Nacido en el barrio de Mirca en 1.924, en el seno de una familia humilde, pronto sintió la llamada del mar; a los 15 años se embarcó como marinero en el motovelero de tres palos `Marte´, que efectuaba campañas de pesca en el banco canario-sahariano, cerca de Puerto Etienne. En las travesías desde Las Palmas hacia “la Costa” comenzó a dominar el manejo del velamen y del timón, lo que a la postre le sería de gran ayuda.

Posteriormente y por medio de una beca del Cabildo de La Palma, obtuvo en la Escuela de Formación Marítimo Pesquera de Arrecife (Lanzarote) su primer título náutico: Patrón de Gran Altura, comenzando sus prácticas en los recordados “correillos” interinsulares, tras las que logró la titulación de Patrón de Cabotaje de Primera para Vapor.

Una vez cumplida la milicia obligatoria, allá por el año 1.944, comenzó a rondar por su cabeza, al igual que a muchos jóvenes de la época, la posibilidad de buscar mejor futuro por tierras americanas. La oportunidad, le llegó por medio de un grupo de personas que habían comprado un barco de unos 15 metros de eslora con el objetivo de emigrar de forma clandestina hacia Venezuela, con él como capitán.

`San Miguel´ era el nombre de aquel viejo velero, construido en Santa Cruz de La Palma para el comercio interinsular. Tenía dos palos, un camarote a popa para el capitán, dos a proa para la tripulación y una pequeña bodega. En su construcción no se utilizaron planchas de cobre para reforzar el casco por lo que su estanqueidad estaba tan comprometida que había que achicarlo a diario en su fondeo. En algún momento de su añeja vida lo habían dotado de un pequeño motor de coche para realizar las maniobras de fondeo y atraque.

Tras meses de preparación en los que Pedro Miguel planificó todos los detalles del viaje, incluyendo la adquisición, de forma disimulada, de un cronómetro, un sextante, un código de banderas y cartas de navegación, el `San Miguel´ estaba listo para emprender su aventura.

En medio de la oscuridad de la noche, a las 4 de la mañana del 1 de septiembre de 1.948, 48 hombres y dos niños embarcaron por la zona de El Pollo en la costa de La Galga (Puntallana), encomendando su vida a la pericia a otro niño de apenas 23 años, el capitán Pedro Miguel, quien contaba para el gobierno de la embarcación con la ayuda de los propios pasajeros, entre los que se encontraban dos curtidos marineros: El Barbudo y Caspirro.

Muchas fueron las vicisitudes y anécdotas de la aventura. A los 15 días de travesía rompieron el palo mayor, quedaron sin combustible y entraron en una zona de “calma chicha”, en la que el `San Miguel´ quedo atrapado durante varios días. Allí recalo el 51 pasajero, un ave marina que fue cautiva por una parte de la tripulación y que al ser liberada por algunos otros pudo causar una desgracia ya que su más ferviente protector se lanzó al agua en medio del Atlántico a rescatarla, estando a punto de morir en las fauces de un gran escualo que había seguido el rumbo y la estela del barco durante días.

Aparecido el viento de nuevo, una noche el serviola observó como un grupo de luces se dirigía hacia ellos en rumbo de colisión, por lo que Pedro Miguel, carente de bengalas con las que avisar al buque en cuestión se las ingenió para conectar un cable a los bornes de la batería del motor y otro a un bombillo que tapaba y destapaba con su boina para indicar las señales de socorro. El gran buque contestó y se acercó hacia ellos que, horrorizados, comprobaron que se trataba de un buque de guerra.

Ante la duda de que fuera español, todos los pasajeros se escondieron en la pequeña bodega, quedando el capitán y dos o tres tripulantes en cubierta. El buque les instó a que se abarloaran a su costado, donde comprobaron que se trataba del `Teniente Gálvez´ un barco de la armada peruana. Los oficiales peruanos mostraron su sorpresa al saber que eran canarios rumbo a Venezuela en semejante “candray” y les ofrecieron ayuda, aunque como lo único que precisaban era gasolina y estos no disponían de ella, el capitán Pedro Miguel se despidió con un “buena suerte” que los dejó más atónitos aún.

Afortunadamente, el buque peruano recaló días después en Tenerife informando de su sorprendente encuentro, para tranquilidad de los familiares de los tripulantes, ya que mucho se hablaba en la Palma de la pérdida del `San Miguel´ y su pasaje.

Días después, fueron sorprendidos por la cola de un Huracán que causó pánico a bordo y puso de nuevo a prueba la pericia de Pedro Miguel: en la oscuridad de la noche, la lluvia, las enormes olas y el intensísimo viento ponían en peligro la estancia de los pasajeros en cubierta, por lo que ordenó a todos refugiarse en la bodega, cuya escotilla, con ayuda de algunos tripulantes, tapó con una lona que clavaron para que el mar no entrara. Seguidamente, y para que el barco no se atravesara y fuera engullido por las montañosas olas, construyó un armazón con lonas y maderas que hiciera las veces de ancla flotante, largándolo por la popa con lo que el barco quedó a palo seco y capeando el temporal.

En medio del caos, uno de los pasajeros, con la cara desencajada por el pánico le gritó al capitán:

  • ¡Joaquín, cuando creas que vamos a perdernos, me avisas para darle un tiro a mi muchacho y después matarme yo!
  • ¡Aquí no se mata nadie… A la bodega! – le espetó Pedro Miguel.

El `San Miguel´, a duras penas, haciendo agua, y a base de baldes para achicarlo, capeó el temporal que, curiosamente, le acercó a su destino.

Pese a la crudeza de algunos momentos no faltaron otros en los que la tripulación buscaba mitigar la angustia de un futuro incierto, como los protagonizados por Caspirro, quien trepaba al palo con su botella de aguardiente de la tierra y gritaba – ! Tierra ! – levantando y señalando la botella.

No obstante, el ánimo del pasaje iba mermando a medida que pasaba el tiempo y el viejo barco apenas avanzaba algunos nudos sin palo mayor ni combustible para su pequeño motor. Tras observar que el ambiente se caldeaba por momentos y que “la cosa se ponía fea”, el capitán los reunió a todos y les dijo:

  • Veo que están preocupados. Por mis cálculos les aseguro que mañana veremos tierra. Si esto no es así, ¡pueden tirarme al agua!

Transcurrió el siguiente día sin ver la ansiada costa, pero la inquebrantable fe de Pedro Miguel no le hizo desesperar pues al caer la noche el vigía gritó ¡ Tierra a proa !

La promesa de nuestro capitán se cumplió y por fin recalaron en Martinica, donde fueron ayudados por un ciudadano español que les facilitó los pertrechos necesarios para continuar con la navegación hasta su destino final.

A continuación, recalaron en la maravillosa y casi deshabitada isla venezolana de la Blanquilla, ocurriendo un nuevo episodio que aumenta el estigma extraordinario del viaje del `San Miguel´: En medio de un sueño fantástico, Pedro Miguel, ve como se acerca a una isla tropical muy hermosa, de playas blancas y aguas transparentes, donde comienzan a salir indios jubilosos ante su llegada, entre ellos distingue a su jefe, muy moreno y tuerto.

Un grito del timonel Caspirro le devolvió a la realidad.

  • ¡Tierra a la proa!
  • ¡Dale todo a estribor! – Dijo de forma instintiva, sin apenas abrir los ojos.

La acertada orden les hizo esquivar los arrecifes, evitando encallar. Tras fondear son invitados a tierra por unos pescadores locales. La sorpresa de nuestro capitán fue mayúscula al descubrir que todo lo que había soñado esa misma noche se iba reproduciendo, pero se quedó de una pieza cuando le llevaron ante el jefe de los pecadores que era muy moreno y… tuerto.

Ambos se miraron con actitud de asombro y sorpresa. El jefe, al extender su mano, con cara boquiabierta dice:

  • ¡Esto lo soñé yo anoche!
  • ¡Caramba! – le contestó Pedro Miguel¡Yo como que soñé algo parecido!

Nuestros sueños premonitorios se habían cruzado – diría nuestro capitán recordando el suceso – ¿puede alguien descifrar este maravilloso misterio de la mente, del espíritu y de la vida de los hombres?

Tras una reparadora estancia, continúa el `San Miguel´ rumbo a Margarita recalando en Juan Griego el 4 de octubre de 1.948. 35 días desde su zarpada en medio de aquella oscura noche desde La Galga. En Juan Griego le ordenan dirigirse a Pampatar y desde allí navegan a la Guaira, su objetivo y destino final donde recalan el 11 de octubre.

Joaquín González Pérez, el capitán Pedro Miguel, continuó sus estudios náuticos en Venezuela, navegó muchas horas, desde timonel a primer oficial, y obtuvo el título de capitán con el que comandó diferentes buques durante 26 años en su nueva patria, Venezuela. Padre de 5 hijos, se retiró a su finca de naranjas de Nirgua, donde falleció el pasado 11 de agosto en compañía de su familia y amigos.

JOAQUIN GONZALEZ PEREZ

La odisea del `San Miguel´ y de su joven capitán, perdurará en la historia de la náutica y de la emigración canaria. Bien vale la pena compartirla, como bien valdrá la pena añadir estos versos que el amigo Jaime Rodríguez, hijo de Froilán Rodríguez, uno de los tripulantes que acompañó a Joaquín González en su hazaña, le dedicó desde Cumaná.

I

De Santa Cruz de La Palma

zarpó con gran osadía

con una estrella de guía

puso corazón y alma

con mar bravía o en calma

pidiéndole al Dios divino

animando a sus marinos

surcando el inmenso mar

pudo el San Miguel lograr

llegar bien a su destino.

II

Allá en La Palma dudaron

de que él lo lograría

decían que no podría

en la isla comentaron

pero al saber que llegaron

hubo llantos de alegría

por todas partes de oía:

¡Ya están en puerto seguro!

y en Venezuela el futuro

forjaron desde ese día.

III

He venido a visitarte

mi visita no es asidua

hasta tu finca de Nirgua

que de naranja sembraste

hoy yo quiero saludarte

con cariño y con esmero

decirte cuanto te quiero

con todo mi corazón

y darte con devoción

este homenaje palmero.

IV

Un abrazo muy sincero

a esa gran tripulación

porque todos con unión

condujeron el velero

pero nombrar ahora quiero

y en mi pensamiento vive

la historia así lo describe

y otros lo contarán,

tu gran amigo Froilán

el padre de quien te escribe.

V

Lo recuerdo con fervor

y con gran admiración

porque en una ocasión

yo tuve un fuerte dolor,

y Joaquín sin ser doctor

pero con mucha destreza

me agarró con gran certeza

tomando la iniciativa

con sus manos curativas

quitó el dolor de cabeza.

VI

De capitán de velero

poco a poco fue subiendo

con los años aprendiendo

capitaneando cargueros

esos barcos petroleros

que tienen gran calado,

hasta ferryes ha navegado

este gran lobo de mar

y a todos le ha de dejar

su vida como legado.

VII

Hoy se encuentra retirado

y de su edad orgulloso

llegó el marino al reposo

merecido, bien ganado

todos están a su lado

amigos y familiares,

y yo con estos cantares

y con gran admiración

te pido la bendición

capitán Joaquín González.

  • Agradezco la información aportada por Pedro Almenara Rodríguez, nieto de Froilán Rodríguez, tripulante del `San Miguel´.
  • Igualmente, parte de la información ha sido recabada en la excepcional obra `Al suroeste la libertad´ de Javier Díaz Sicilia.

 

 

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