cerrar
cerrar
Registrarse
La Plaza

La llegada del cañonero Canalejas a La Palma (25 de julio de 1936).

A la derecha de la imagen, el cañonero Canalejas aparece fondeado en el puerto de Santa Cruz de La Palma, el día 25 de julio de 1936.

La madrugada del 18 de julio de 1936, el comandante general de Canarias, Francisco Franco, ordenó iniciar el golpe de estado contra el gobierno de la República, preparado a lo largo de la primavera.

Cuando la noticia llegó a La Palma, las autoridades oficiales se adelantaron y, rápidamente, tomaron el control de la Isla. Sus esfuerzos se dirigieron a preservar la legalidad republicana, mantener el orden y evitar derramamientos de sangre. Para lograr estos propósitos, contaron con la fidelidad de la Guardia de Asalto, la anuencia de la Guardia Civil y la asistencia de los sindicatos obreros que aportaron sus afiliados para improvisar unas milicias republicanas pobremente pertrechadas. La guarnición militar destacada en La Palma estaba técnicamente sublevada, pero sus mandos decidieron recluirse en el interior del convento de San Francisco, habilitado como cuartel, por aquel entonces. Durante los ocho días siguientes, cerca de treinta soldados permanecieron rodeados por las milicias republicanas.

Esta situación se mantuvo hasta el 25 de julio. El periodista Felipe Lorenzo nos recuerda el despertar de aquella jornada:

El 25 de julio se cumplían ocho días de guerra… Dejábase notar en el ambiente un ansia incontenible de saber noticias… Santa Cruz de La Palma permanecía a la expectativa, como un centinela en guardia… Dábase por descontado que, al ser este el puerto de la Isla, a él habría de recalar lo que el interés moviera…Con ávida curiosidad la ciudad entera se hacía ojos para sondear el horizonte.[1]

En realidad, desde el día 23 de julio, mediada la semana, el Delegado del Gobierno y sus colaboradores sabían que los militares insurrectos habían despachado, desde el puerto de Las Palmas, un buque de guerra para tomar la Isla e incorporarla a la zona sublevada. El barco transportaba tropas de infantería, un destacamento de ametralladoras y voluntarios falangistas como fuerzas de desembarco.

La mañana del 25 de julio, el delegado del gobierno de la República, Tomás Yanes Rodríguez, puso en marcha su plan para entregar la Isla sin violencias a las fuerzas expedicionarias provenientes de Gran Canaria. Él mismo, su amigo el Subdelegado de Marina y el jefe del destacamento de la Guardia Civil saldrían en un remolcador al encuentro del cañonero para entregar el mando de la plaza a su Comandante, salvando, así, el enfrentamiento armado.

Hacia las dos de la tarde, el barco fue avistado por los vigías. De nuevo, el periodista Felipe Lorenzo narra el momento:

En las primeras horas de la tarde de aquel día, apareció en el horizonte una imagen casi imperceptible. Pasaron unos minutos y la imagen se pronunciaba más. ¿Era un barco? Sí, un barco a la vista. No cabía duda. Sólo faltaba saber qué barco era. ¿Sería mercante? ¿Sería de guerra? Estos interrogantes constituían una incógnita para todos y una pesadilla para algunos. Pero en el espacio de una hora, quizás menos, se sabría la verdad. Treinta minutos bastaron para que se proyectara frente al puerto la silueta de este barco. Mas ya nadie hacía preguntas de si era mercante o de guerra. La pregunta ahora es otra: ¿Qué barco de guerra es este? ¡El Canalejas!, Empezaron a decir los expertos. ¡El Canalejas!, ¡El Canalejas!, Repetían todos. Sí, era El Canalejas. Un barco de guerra que estaba al servicio de los sublevados y venía con tropas a tomar La Palma.[2]

Parte de la población se aprestó a la defensa, agolpándose ante la Delegación del Gobierno, desde donde se dispararon cohetes para dar la alarma y convocar a la resistencia. Sin embargo, en esta oportunidad, las autoridades republicanas exhortaron a los ciudadanos a que consintieran la ocupación para evitar una tragedia a la Isla. No fueron atendidas por todos. Un sector considerable de los habitantes de la Capital rechazó entregar La Palma a los militares insurgentes y desobedeció las consignas de las autoridades.

Los ánimos se enardecieron. A las tres de la tarde, varios milicianos entraron en la sede del Nuevo Club para detener al miembro de la Unión de Derechas José López y Martín Romero. Mientras el dirigente derechista era atado a una silla y retenido en la sede de la Federación de Trabajadores de La Palma, el asedio al cuartel se reforzó, pues se temió una salida de la guarnición cercada. En el interior del antiguo convento de San Francisco, el capitán "ordenó a la tropa ponerse el correaje y municionarse a razón de cien cartuchos, repartiendo las granadas de mano entre los que las sabían arrojar"[3]. En el otro extremo de la ciudad, el gentío rodeaba la Delegación del Gobierno e incitaba a la Guardia de Asalto a que se pusiera al frente de la multitud para rechazar el desembarco. La Guardia de Asalto, obediente a las autoridades republicanas, se niega y es, primero, increpada, y después, tiroteada desde la calle, teniendo que replegarse al cuartel de la Guardia Civil. No obstante, tres guardias de asalto hicieron causa común con la población y repartieron las escasas armas sobrantes. También, algunos dirigentes socialistas y comunistas, que habían integrado el comité del Frente Popular durante la semana, distribuyeron algunas armas. Por su parte, el presidente comunista del gremio de Oficios Varios, encargado de las milicias populares, ordenaba a cuatro hombres que se apostasen con dinamita en las inmediaciones del muelle. Una muchedumbre encrespada se dirigió al puerto para esperar al Canalejas. Grupos de milicianos armados con revólveres y escopetas se parapetaron en el Risco de La Luz para dominar a tiro de pistola el muelle. Mientras, en la sede de la Federación de Trabajadores, el secretario de la organización, acompañado de varios afiliados, destruía listas de afiliados y documentos.

A las cuatro y diez de la tarde, fondeaba el cañonero Canalejas en el puerto de Santa Cruz de La Palma. Desde el puente del barco "se vieron grandes grupos de gentes, al parecer en actitud hostil, en los alrededores del muelle"[4]. El comandante del Canalejas, Fernando Meléndez Bojart, recibió a bordo al subdelegado de marina en La Palma, a quien dijo "que le daba media hora de plazo para que se presentase a bordo el ayuntamiento y los cabecillas revolucionarios de la isla, y que caso de no hacerlo tendría que bombardear la población"[5].

Francisco Herrera Araneta, el subdelegado de marina, regreso al muelle y enseguida informó a la multitud que se agolpaba en las instalaciones portuarias de que los militares estaban dispuestos a bombardear la ciudad y "daban media hora de plazo para que se rindiese la población y que en caso contrario harían el desembarco y aquellos que cayesen serían hechos prisioneros"[6]. Los milicianos comenzaron a desalojar el muelle. Buena parte de la población huye ante el temor a la batalla que estaba a punto de desencadenarse. El comandante del Canalejas prosigue con el relato de los acontecimientos:

Transcurrida media hora regresó el subdelegado marítimo diciendo que el ayuntamiento no se atrevía a venir a bordo y que los cabecillas estaban huyendo. Ordené embarcar un bote para empezar el desembarco de las fuerzas pero antes de hacerlo y con objeto de despejar los alrededores del muelle donde había mucha gente que…pensaba atacar a la fuerza con dinamita, dispuse que se hiciera un disparo de cañón sobre un desmonte próximo al muelle. Tan pronto como se hizo este se dispersó la gente del pueblo y salió el bote hacia tierra…[7]

Las milicias republicanas abandonaron sus posiciones. Mal armadas, huérfanas del mando gubernativo, carentes de la dirección de parte de sus líderes, perdido el respaldo de la Guardia Civil y de Asalto, el cañonazo del Canalejas terminó de quebrar su ánimo pues le hizo ver la inviabilidad de una resistencia a ultranza. Meses más tarde, uno de los policías municipales de la Ciudad recordaba que

tenía orden del Jefe de Policía de presentarse en la Delegación del Gobierno cuando supiese la llegada de algún barco, suponiendo fuese para oponer resistencia al desembarco… cuando llegó el cañonero a La Palma estaba en su casa, de paisano y marchó a la Delegación; que el Jefe le dijo fuese por la pistola, sin decirle para qué, y cuando regresó con el arma, todo el mundo corría y no le pidió instrucciones al Jefe para correr, porque corría también[8].

La retirada de las milicias explica que el comandante de la fuerza de desembarco encontrase "esta población completamente desierta y sin la más insignificante resistencia"[9]. Entretanto, los mandos del destacamento obtuvieron la confirmación de que el Canalejas transportaba refuerzos en su ayuda, cuando el jefe de la compañía de desembarco les comunicó "desde el Ayuntamiento, que había llegado hasta allí sin resistencia, y que seguía desembarcando fuerza"[10]. Rápidamente, los militares de la guarnición "salieron del cuartel ocupando la plaza de San Francisco, y calles adyacentes, en cuyo momento, llegaba la fuerza de desembarco al sitio denominado la Alameda, muy cercano al cuartel, reuniéndose todas las fuerzas y marchando juntos al Ayuntamiento donde se procedió a dar lectura al Bando de declaración del estado de Guerra"[11].

Una vez reunidas las tropas desembarcadas, la guarnición de la Isla y el destacamento de la Guardia Civil, se procedió a dominar el resto de la Capital. El grupo de falangistas voluntarios que transportó el Canalejas, controló la cárcel, "dando libertad a los presos pertenecientes a Falange Española, que se encontraban detenidos"[12]. Las tropas acuarteladas durante la semana tomaron los enclaves de la población encomendados en las instrucciones para la ejecución del golpe militar. Se ocuparon, "según las órdenes recibidas, los edificios de Telégrafos, Teléfonos, Ayuntamiento, Cabildo y Delegación"[13]. Al final de la jornada "se montaron guardias en el lugar denominado risco de La Luz y patrullas por la población y en el Electrón, fábrica de Luz"[14]. La Ciudad vivió sobresaltada la madrugada del 26 de julio. Según recuerda Florisel Mendoza, "aquella noche no se pudo dormir en Santa Cruz de La Palma por el temor al tiroteo constante. Al parecer, el miedo a alguna resistencia fue la causa de los disparos" [15].

Las milicias populares habían retrocedido, instintivamente, hasta alcanzar la salida al campo. Sin cruzarse disparos, al paso que avanzaban los militares desembarcados, los milicianos armados se replegaban. A su frente, la Guardia Civil habían hecho causa común con los refuerzos militares; a sus espaldas, la guarnición podía salir del cuartel en cualquier momento, dejándolos entre dos fuegos. La resistencia era inviable, así que aquellos jóvenes guardaron sus revólveres en el cinto, colgaron de los hombros las escasas escopetas y abandonaron la Ciudad. Los partidarios del Gobierno no fueron perseguidos mientras se alejaban de Santa Cruz de La Palma y emprendieron el camino de una huida que algunos tardarían en desandar y otros no lo harían nunca.

Durante ocho días, mientras el resto del Archipiélago caía, paulatinamente, en manos de los militares sublevados, La Palma continuó obedeciendo al gobierno de la República. El comunicado emitido por la Comandancia Militar de Tenerife, el 26 de julio, cerraba, oficialmente, la llamada Semana Roja:

Teniendo noticias esta Comandancia Militar de que en Santa Cruz de La Palma numerosos grupos rebeldes al alzamiento nacional tenían dominada a la población, aunque sin cometer desmanes, sin que pudiera salir del cuartel la escasa guarnición del Ejército, Guardia civil y asalto allí existente, dispuse la rápida salida de una columna de desembarco desde Las Palmas a bordo del Cañonero , con órdenes severísimas para dominar a todo trance la población. Comunica el jefe de las fuerzas expedicionarias que ha logrado sin novedad realizar el desembarco en Santa Cruz de La Palma, apoderándose del ayuntamiento y uniéndose a la guarnición: los rebeldes han huido en desbandada internándose en el monte.[16]

 


[1] LORENZO, Felipe: Crónicas de mi pueblo, Imprenta Afra, Tenerife, 1978, p. 145.

[2] Ibíd., p. 146.

[3] Declaración del capitán Álvaro Fernández Fernández, causa 76/36, leg. 158, Archivo Capitanía General de Santa Cruz de Tenerife (ACG).

[4] Acción Social, La Palma, 24 de julio de 1937.

[5] Declaración del comandante del Canalejas Fernando Meléndez Bojart, causa 76/36, leg. 158, ACG.

[6] Declaración del oficial del Viera y Clavijo Juan González del Pino, causa 96/36, leg. 154, ACG.

[7] Declaración del comandante del Canalejas Fernando Meléndez Bojart, causa 76/36, leg. 158, ACG.

[8] Declaración del policía municipal Víctor Blanco Ayala, causa 165/36, leg. 150, ACG.

[9] Informe redactado por el comandante de caballería Bartolomé Guerrero Benítez, causa 76/36, leg 158, ACG.

[10] Declaración de Capitán de Artillería José Gil de León Entrambasaguas, causa 76/36, leg. 158, ACG.

[11] Declaración del capitán Álvaro Fernández Fernández, causa 76/36, leg. 158, ACG.

[12] Declaración del falangista grancanario José Muedra, causa 76/36, leg. 158, ACG.

[13] Declaración del comandante Baltasar Gómez Navarro, causa 76/37, leg. 158. ACG.

[14] Declaración del capitán Álvaro Fernández Fernández, causa 76/36, leg. 158, ACG.

[15] MENDOZA SANTOS, Florisel: Con los parias de la tierra, Centro de la Cultura Popular Canaria, Tenerife,2004,p. 67.

[16] El movimiento nacional en Tenerife. La situación en La Palma, Gaceta de Tenerife, 26 de julio de 1936.

 

Archivado en:

Comentarios (0)

Últimas noticias

Lo último en blogs