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La Plaza

Consenso para "berlusconizar", consenso para renovar

Cuando la marea electoral se retiró, las urnas desvelaron  una realidad impactante: ocho millones de personas consideraban secundario que los gobernantes de su país fueran honrados. El partido preferido por la mayoría de los votantes estaba investigado por el juez, decenas de sus dirigentes se hallaban procesados o encarcelados, uno de sus ministros indagaba en las vidas de las familias de sus adversarios políticos para obtener datos que los desacreditaran…

Entender el voto emitido por este conjunto de los ciudadanos requiere que nos asomemos a la vorágine de declaraciones, slogans, encuestas y comentarios que entretejieron la campaña electoral. Allí, surcando ese maremágnum de principio a fin, reconocemos al miedo. Miedo al “brexit” de Cataluña, temor a que nos ocurra lo mismo que a Grecia, pavor a que la revolución bolivariana se extienda a nuestro país…. El miedo fue el MVP de la campaña electoral. Persuadió a millones de españoles de que la prioridad no era votar a personas honestas, sino elegir un gobierno, integrado por patriotas acreditados, capaz de enfrentarse a quienes intentan destruir sus doctrinas y arruinar sus patrimonios.

El populismo del miedo confirmó ser un instrumento eficaz para cohesionar a los sectores sociales afines. Pero, como avisan los mayores, el miedo es mal consejero. Una vez sembrado, radicaliza y, por tanto, ahuyenta las posibilidades de entendimiento. Tras reiterar a tus partidarios que constituyen el bando de “los buenos”, resulta complicado convencerles de que hagan concesiones a la banda de “los malos”. Tus apoyos sociales restringen el margen de maniobra para consensuar, pues ceder implica rozar la línea roja de la traición. Por otra parte, convertir al prójimo en amenaza requiere deformar su imagen y eso dificulta el acercamiento posterior, porque, seguramente, algo de lo dicho habrá ofendido. De esta manera, el discurso del miedo esgrimido durante la campaña electoral lastra la búsqueda de pactos tras los comicios. Al final, cuando las conversaciones para lograr acuerdos se empantanen, se recurrirá al subterfugio de descargar la culpa del fracaso en la escasa “flexibilidad”, carencia de “altura de miras” y falta de “responsabilidad” de los “otros”. Y así estamos, en medio de la segunda legislatura, con las tercera calentando en la banda.

No obstante, el análisis peca de simple si nos limitamos a pensar que ocho millones de personas son electores ingenuos, diestramente manipulados por unos líderes políticos sagaces. Los resultados electorales del 26J revelan que muchos españoles rechazan sustituir o reformar la constitución de 1978, hasta el punto de preferir “berlusconizar” la democracia a afrontar las incertidumbres que traería consigo emprender una nueva transición. El éxito de la campaña electoral del miedo diseñada por el partido vencedor radicó en que enlazó con millones de ciudadanos reacios a abrir la “caja de pandora” de una segunda transición.

De esta manera, el trayecto recorrido en los últimos meses nos deja ante un cruce de caminos. Una bifurcación, donde, a la sombra de un cartel que señala direcciones opuestas, un personaje de Forges lee con atención: “consenso para berlusconizar”, “consenso para renovar”.

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