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La Plaza

La trascendencia de un premio

Nos enteramos cuando los diputados abandonaban el Congreso, después de negar la investidura al candidato del Partido Popular por segunda vez. En ese momento, la venalidad de una recompensa desveló la banalidad del debate.

Los diputados se habían pasado la tarde declamando en el hemiciclo. Sus discursos pretendían convencer a los incondicionales, convertir en hijos pródigos a los desengañados, congregar bajo el ondear hipnótico de las banderas, persuadir a la gente de que era mejor un padre maltratador que seguir huérfano… Y más, querían seducir a los jóvenes, acercar el voto a los jubilados, tranquilizar a los cómplices, bajar los colores a los abochornados, prometer a los ricos, defender a los desahuciados, apadrinar a los creyentes… Tomaban un feje de hombre y mujeres y lo mostraban, lo agitaban, lo compadecían, lo felicitaban o lo animaban, según necesitaran explicar los avatares del ayer, las incertidumbres de hoy o anunciar el mañana.

Millones mirábamos desde el sillón de casa, desde la butaca de un bar o escuchábamos a través de la radio del coche. Pero, siempre, extrañamente distanciados, como si el debate no hablara de nosotros. Como si viéramos nuestras vidas encarnadas en actores elegidos para representarnos. Eran ellos los que sudaban y padecían.

La televisión nos insensibilizaba al situarnos al otro lado de la mampara, convirtiéndonos en espectadores, mientras nuestras cuitas desfilaban por la tribuna, transfiguradas en cifras, diagnósticos y slogans.

Las cámaras del gran hermano aderezaban las prédicas con muecas propias del cine mudo: caras de póker, cejas levantadas, destellos de ira, gestos de desprecio, rostros de fingida sorpresa, chispas de ironía… El hemiciclo asemejaba el plató de un reality, donde los intervinientes se señalaban, se ridiculizaban, se ofendían o se culpaban. Y tú te fijabas en los aplausos de las bancadas, en las confidencias entre vecinos de escaño, en los trajes, en aquel peinado…

A ratos, del reality-show saltabas a la retransmisión deportiva, y empezabas a animar a los tuyos, a abuchear a los contrarios, a interpelar en voz alta – ¡pero qué dice este señor, por favor!-. A veces, con resignación, no quedaba otra que reconocer lo bien que jugaba el rival, los muy….

Pero, la sesión ya había terminado. A esa hora, el veredicto había sido pronunciado y el parlamento echaba el cierre. Fue entonces cuando un amigo, guiñándo el ojo, te preguntó: “¿conoces la noticia?”. Los españoles supimos, en ese instante, que el Gobierno había escogido al ex ministro de Industria para desempeñar un alto cargo en el Banco Mundial. El mismo ministro que había dimitido en mayo por aparecer su nombre ligado a paraísos fiscales, el mismo político que se había enredado en sus propias verdades, hasta caer.

Fue como a la salida del cine, cuando el frío de la noche disipa las últimas brumas de la película y nos recuerda que estamos en la calle. Ahí, mientras nos subíamos el alzacuello de la chaqueta, confirmamos que la película iba sobre nosotros, que no éramos espectadores y que estábamos a la intemperie.

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