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La Plaza

Contaminación ideológica

La semana pasada, una boina de polución cubrió de color marrón el cielo de Madrid. La turbiedad del aire alcanzó niveles tan alarmantes que el ayuntamiento activó el protocolo anticontaminación y ordenó reducir a la mitad el número de vehículos autorizados a circular por el centro de la ciudad.

A las pocas horas, el portavoz adjunto del Partido Popular en el consistorio capitalino salió a la palestra para tildar de “ideológicas” las restricciones al tráfico. Sus declaraciones produjeron revuelo, porque el edil de la oposición negaba el estatus de ‘técnicas’ a las disposiciones municipales. Olvidaba el concejal que el 90% del territorio nacional supera los índices de polución recomendados por la Organización Mundial de la Salud; que los elevados niveles de contaminación de Madrid tienen como principal culpable el motor de los automóviles; y que, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, cerca de treinta mil españoles mueren prematuramente, al año, a causa de la polución[1].

A la luz de estos datos, se podría deducir que la comparecencia del concejal conservador fue una formalidad. No tenía otro sentido que cumplir con uno de los mandamientos de la brega política: alabar lo que hacen los míos y denostar lo que inventan los otros. O, quizás, sus manifestaciones trataran de abrir una nueva fractura en la sociedad española de la que manaran muchos votos para su organización. Ya saben, en una de las márgenes, se situarían quienes consideran que la propiedad de un coche incluye el derecho a contaminar; desde la otra orilla, responderían quienes estiman que prevalece el derecho a la salud.

No obstante, algo más subyace a sus palabras. Me refiero a un patrón de comportamiento.

La educación recibida, el desapego hacia el común y los intereses de la tribu a que pertenecen forman una película ideológica que recubre la piel de los gobernantes y les insensibiliza frente al daño que ocasionan sus decretos o conllevan sus palabras.  De ahí que, tanto cuando deciden desde el Gobierno como cuando critican desde la Oposición, no se sientan concernidos por el sufrimiento de las personas. Una vez liberadas sus conciencias por el baremo ideológico aplicado, ponen en práctica planes o pronuncian discursos que asumen, como costes colaterales inevitables, la pérdida de derechos, bienestar o salud de la población.

Temo que los electores de este país contrajimos un riesgo elevado, cuando votamos a políticos afectados por esta suerte de contaminación ideológica. Una mezcla de ideas e intereses que anula la empatía y permite escoger, como primera opción, sacrificar a la gente que se debería cuidar: sean militares fallecidos en accidentes de aviación, familiares de represaliados por el franquismo, enfermos de hepatitis C, desahuciados por los bancos, jóvenes que se buscan la vida en medio del precariado o vecinos que caminan bajo una cúpula de aire viciado.

[1] Las informaciones sobre las disposiciones municipales, las declaraciones de políticos y los datos sobre polución en España, obtenidos de: “Madrid, primera ciudad española en restringir el tráfico por contaminación”, El País, 28-12-2016; “La contaminación atmosférica vuelve a aumentar en España por primera vez desde la crisis”, ABC, 7-6-2016; “La calidad del aire en España ha empeorado”, La Gran Época, 19-9-2016; “27.000 muertes prematuras en España debido a la contaminación” y “El PP considera que las restricciones al tráfico son ideológicas”, El Mundo, 23-6-2015 y 28-12-2016, respectivamente. Los principales informes que estos artículos mencionan han sido elaborados por la Organización Mundial de la Salud, la Agencia Europea del Medio Ambiente y Ecologistas en Acción.

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