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Piolín

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09 de octubre de 2011 a las 21:13 GMT |
Anhelaba emigrar, sentir emociones diferentes

Era ya uno de los emigrantes isleños que  atravesaba  el mar tras el sueño de oro.

"El emigrante que se hizo de oro" de Pedro Lezcano

 

Es verde con manchas amarillas.

La abuelita lo tenía asomado en la ventana para que tomara el sol, mientras hablábamos por teléfono de mi vida en Madrid, de su salud, de sus nietos. Era un canto vivo y alegre que nos interrumpía. Parecía que se movía entre nosotros, que recorría la ciudad, que cantaba para reclutar amigos, para alcanzar el cielo.

-Si te gusta el canario, será mi regalo de Navidad.

Dijo la buena señora. Luis que seguía la conversación, nervioso, empezó a subir la voz, a hacerme señas, a dar manotazos con los brazos igual que si hablara con el aire. No le parecía buena idea viajar con el ave, comprar una jaula, pedir permisos en el avión.

-Gracias, pero no podemos aceptarlo.

Le dije con tristeza. Pero aquella mañana lo oímos por segunda vez cuando compartíamos una tacita de pazote con Teresita, así se llamaba la abuela.

Piolín, como lo bautizamos más tarde, nos miraba con sus ojos de pájaro, se apoyaba sutilmente en el palo de su jaula, se tumbaba en plan sexy. Quería coquetear, seducirnos, hacernos una fiesta. Éramos la visita.

Y de repente se volvió hacia Luis, lo miró con una expresión graciosa y dijo:

-Llévame contigo.

-¿Han escuchado ustedes al pájaro? -preguntó Luis confiando en que dijéramos que no.

-Sí, lo he escuchado -dijo Teresita sin darle importancia.

Nosotros no entendíamos nada. Alarmados hicimos un silencio, aguzamos el oído y al cabo de un instante lo volvimos a oír, su voz dejó traslucir su firme empeño en acompañarnos. Fue un ruego porque él anhelaba emigrar, sentir emociones diferentes. El pobre Piolín en su inconciencia quería vivir el sueño de lo desconocido. Ver otros mundos.

Yo sabía que los loros hablaban, bueno repiten las palabras sin sentido, pero lo del canario fue una sorpresa, un hechizo. Me habían contado que en la vieja India, en la de los faquires, algunos animales se entendían con los hombres, les aconsejaban sobre hazañas y batallas. Pero en estos tiempos...

Él no supo que contestar, emocionado se echó a reír, le pasó el dedo índice y corazón por la cabeza, lo abrazó contra su pecho mientras Piolín se enderezaba sobre su mano impaciente por iniciar el viaje. Por un momento Luis sintió su calor, el brillo verdoso de sus plumas, se acordó de la canción de la paloma y en silencio canturreó: Si a tu ventana llega una paloma...

Y recapacitó que no había ninguna razón para dejarlo atrás.

Cruzamos el océano y de nuevo llegamos a Madrid, a un lugar lleno de abedules, de encinas y pinos que se cerraban sobre nuestras cabezas, a un lugar donde en invierno el cielo desaparece y el musgo cubre las rocas y los troncos de los árboles. A un lugar donde los resquicios de color aparecen y desaparecen con urgencia. Un lugar suspendido sobre la niebla. Entonces Piolín estiró el cuello y, al no ver el sol, desconcertado volvió la vista atrás, a su casa que estaba lejos, muy lejos. Se sintió triste y empezó a tiritar. Su alma humana se llenó de angustias.

A partir de aquel día comenzó a pensar en cosas importantes sobre la vida y la muerte, en pensamientos que nada tenían que ver con su mundo animal y su ánimo empezó a bajar. La emigración lo llenó de confusión, de nostalgia, se le enredaron las ideas y no volvió a pronunciar una sola palabra.

Quizás no le gustaba el frío, la ausencia del sol. Se pasaba los días arrinconado en su jaula, sin decir nada. Se convirtió en un ave solitaria sin sexo.

Entonces Luis se sentaba cerca de él, lo acompañaba muchos ratos. Empezaron a comprenderse, a gustarse. Yo lo oía reírse con Piolín. Quería animarlo. Lo arropaba, le pasaba las manos por las plumas, lo acariciaba cada vez más fuerte. Le encendía el televisor, la radio, le cambiaba el agua de los bebederos, le cantaba. Se pasaba horas imitando el ruido que hacen los motores de un avión. El ruido de un avión que quizás podría llevarnos de vuelta hasta las calientes grietas volcánicas.

Pero Piolín no le respondía nada, hasta que una mañana a Luis se le ocurrió la idea de colocar dentro de su jaula una gran bañera llena de agua, ¡y qué sorpresa! Cuando el canario la vio empezó a dar vueltas alrededor del charco, se posó sobre ella, la rodeó. Parecía que el agua se había transformado en dulce de chucherías. En su pequeña isla abierta y ondulante.

Se sumergió en el pequeño estanque, se adentró en el corazón de su infancia, en la sensación de estar bañado por el sol. Empapado en su sueño, se elevó hasta las nubes y descendió hacía su mar, a nuestro mar, al verdadero paisaje que los tres habíamos dejado atrás. Entonces se produjo el estallido de su canto, seguido de otro y otro más.

Es verde con manchas amarillas.

 

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Palabras clave:
octubre - 2011 - piolín - canario
Esta entrada tiene
15 comentarios
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Atilaelhunico
Atilaelhunico

Qué bien que Piolín cante!

Hay -habemos- muchos Canarios por ahí que no tienen
-tenemos- la dicha de que el reparador sol mañanero que
sólo se da en las Afortunadas, nos haga cantarle a la
mañana, con esos trinos que únicamente ese sol
inspira!

Aunque sí que hay otros alicientes, como le aconteció a
Piolín con la bañera, ninguno como ese sol tan
"fresco" y jovial, que ya al llegar al Oeste se
nota un poco cansado de la travesía.

Me alegro mucho por Piolín. Sobremanera!

Publicado el 11 de octubre de 2011 a las 10:42 GMT
rvalcarcel
rvalcarcel

Queridos amigos:

Piolín sigue cantando, emitiendo latidos de color.
sigue regalándonos momentos hermosos.

Y le sigue gustando el sol tanto que cuando llegan esos
días nublados, de panza de burro, parece abatido, con
la mirada perdida como si tuviese alguna preocupación.


Un beso y feliz semana.

Publicado el 10 de octubre de 2011 a las 22:36 GMT
lleon
lleon

Si amáramos más a los animales seríamos un pueblo más
civilizado. Las mascotas acompañan, dan cariño, nunca
deben ser abandonadas en el monte cuando los
cachorritos ya han crecido y molestan a la hora de ir
de vacaciones. Piolín es un lindo relato, todavía canta
y nos alegra el día.

Publicado el 10 de octubre de 2011 a las 21:55 GMT
Antoni
Antoni

Por fin he podido leer tu relato y mucho me ha dicho,
Rosario. Si lo hubiera sabido le habría dicho a Luis
que me echara una mano con el mirlo que el otro día
entró por mi ventana y se posó en mi ordenador mientras
escribía (imagina el susto al principio). Estaba triste
y se negaba a volar, y al final se fue con su tristeza.
Parecía humano. En fin, todavía me queda la tortuga
Galatea que contradice la fábula, pues corre más que
una liebre y muerde (jugueteando). A Luis y a ti les
gustaría conocerla, no recuerdo habérsela presentado.
Que emocionante tu historia, por verdadera, por ser una
verdad como una autopista que desemboca en esa esquina
sensible de cada uno de nosotros.
Un abrazo grande,
Antonio.

Publicado el 10 de octubre de 2011 a las 21:06 GMT
pevalqui
pevalqui

Bastante tenía el pobre Tweety (nuestro Piolín
canario), con la magua de no tener el mar cerca y a la
abuela Teresa o al Bull Dog para que encima Luis
tuviera que echarle una mano, por si llegara a aparecer
el gato Silvestre. Imagino que ante el inhóspito tiempo
de Torrelodones y alguna golosina que le
"caería" de Carrefour, haría de su bañera un
tremendo jacuzzi que en su fantasía emularía a la
mismísima Playa de las Canteras...

Un beso.

Saludos cordiales...

Publicado el 09 de octubre de 2011 a las 23:15 GMT
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