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La tendedera

Juana la de Tacande y Clara Díaz, dos palmeras bregadoras de lucha canaria

Lucha en Los Llanos,

De noble cuna prehispánica la lucha, cuerpo a cuerpo y uñas y dientes, en defensa de su integridad personal y la de su pueblo tiene en la mujer palmera, desde tiempos ancestrales, bellos ejemplo de ello. Valga los nombres de Guayafanta, del cantón de Aridane, y la de la hermana del jefe Garehagua, en el de Tigalate. De ese espíritu aborigen, y con raíces que se pierden en los tiempos, son herederas otras mujeres palmeras del siglo XIX y XX que incluso, y en nuestra opinión, llegaron a ennoblecer aún más si es posible, la tradición de la lucha canaria.

El reto y lugar de las luchadas se determina en plena naturaleza. Los terreros se acondicionaban a medio camino del lugar de procedencia de los contendientes, en la cumbre o en la arenas de las playas o en la plaza de la iglesia. Cuenta la leyenda, recopilada por el poeta y escritor pásense Antonio Pino Pérez (1904-1970) en el Diario de Avisos del 1 de septiembre de 1951, que reproduce Francisco Antequera Amor en su libro La lucha canaria, algo más que un deporte, que: “Una memorable noche del verano de 1880 y a más de 1.400 metros de altitud sobre el nivel del mar, se dieron cita para celebrar este singular encuentro de luchas canarias -que con harta frecuencia se repetían los luchadores de uno y otro de los en pugna, en los arenales de la Cumbre Vieja”. Continúa el relato situando al lector en aquel mágico lugar por donde de todas partes aparecían vecinos de todas las edades “que en fila india escalan por una y otra vertiente” donde los llamados Llanos de los Sables y de las Brujas “se ven invadidos por una gran muchedumbre”. Comienza la lucha con la elección de los jueces dirimentes entre los viejos veteranos que se encontraban en el lugar. El silencio se hizo y la brisa soplaba refrescando el lugar en un caluroso verano. Después de varias agarradas entró en el terrero “José María el de Tacande, el mejor luchador de la Isla por aquel entonces”. La expectación subió “y Barajo cae pesadamente a sus pies. Hermosa lucha. Aplausos y aclamaciones. Vítores”. Continuó José María luchando y “en un santiamén derribó a casi la totalidad de los luchadores del equipo contrario, que llevaba gran ventaja de luchas”. La agarrada la gana el de Tacande. Las gentes invaden el terrero y la sana y noble alegría se desborda. “Pero de pronto un nuevo y decidido luchador se presenta en el terrero cogido de la mano de uno de los jueces de campo, que era tío de José María y su mejor maestro. Y así fue cómo, tras derribar con nobleza, astucia y saber a sus propios y todopoderosos hermanos, pasaron a la historia en un entrañable relato Venía vestido como todos los demás pero cubierta su cabeza con una montera, con las aletas cogidas sobre la barbilla que ocultaba en parte su rostro. Era insólito su presencia: es el luchador desconocido. Expectación. Todos hacen corro y aplauden. La fiesta sigue y José María embriagado por el triunfo, los aplausos y las exclamaciones, salta decidido a luchar con él seguro de derribarlo. La corpulencia y constitución son semejantes a las de José María “aunque sus formas son más redondeadas y sus carnes más blancas y las caderas más anchas y poderosas. Es fuerte, ágil y nervioso como José María y profundamente cauteloso. No demuestra prisa, ni impaciencias. Parece la estatua de la serenidad. Con la cabeza baja se acerca lentamente al luchador de Tacande, que erguido y desbordado de júbilo, lo espera a pie firme en la I mitad del terrero. Humildemente sin pretensiones parece que viene a probar fuerzas con el héroe de aquella jomada, el magnífico luchador de Tacande”. La expectación sube entre los espectadores. Nadie conoce al luchador breñusco. Comentan, sospechan, cuchichean. “El tío de José María sonríe enigmáticamente”. Se agarran, José María “se impacienta del juego inútil, levanta con todas sus fuerzas y encadera, pero el contrario se defiende maravillosamente”. El enigmático luchador “no se impacienta, ni se precipita, no ha hecho ningún alarde de fuerza. Estudia a su contrario y espera. Tiene confianza en sí mismo. José María se exaspera. ¿Quién es este luchador que no lucha sino que se defiende, y que no cae porque no acierto a derribarlo? ¿Se está burlando de mí? Ahora verás. Gira con todas sus fuerzas alrededor de sí mismo, levanta y encadera en un esfuerzo supremo, pero su contrario se suelta, alza sus brazos hasta colocarlos por las espaldas de José María, abrazándole el tórax, gira, le enreda una de la piernas en las suyas. Se suelta, coge con ambos brazos una pierna de José María y lo levanta con seguridad pasmosa en el aire, y luego lo deja caer blandamente, con mimo, sobre las arenas, mientras sonríe con sonrisa dulce a la multitud enardecida que lo aclama. Gritos, Vivas, algazara, tumulto y confusión. Nunca oyeron los arenales de Birigoyo, poseídos de silencio y misterios habituales, algarabía tan grande”. La noche y la montera ocultaron el rostro del misterioso luchador. José María se levanta y se sacude las arenas negras de volcán y exclama: “Apuesto lo que quieras a que ese que acaba de tumbarme es mi hermana”. “Y efectivamente era su hermana, que repetidas veces lo había tumbado en el huerto familiar donde se entrenaban. Y al fin mujer, piadosa y compasiva, se acercó a él, abrazándolo mimosamente para consolarlo…”.

Antequera en su magnífico trabajo, ya reseñado, recoge otro relato en la que interviene otra mujer, Clara Díaz, hermana del gran luchador de Villa de Mazo Carlos Díaz (Satana). Contaba Porfirio Rodríguez que él había oído relatar a su abuela que por los años próximos al de 1870 se estaba preparando una gran luchada en San Antonio de Breña Baja entre Mazo y Las Breñas. Carlos Díaz repartía su trabajo entre el mar, la ganadería y la afición a la lucha canaria donde su nobleza lo llevaba “a que a veces se negaba a luchar dada su superioridad sobre los demás”. Cuentan que ante la expectación de la luchada anunciada su hermana Clara, que además de las tareas campesinas era la partera de la zona, le comentó a su novio, luchador de Botazo, que en esta luchada ganarían los de Las Breñas “hecho este que su novio interpretó como que Clara iba a convencer a su hermano para que se dejara caer”. Era el día señalado, la plaza de San Antonio estaba a rebosar de gentes venidas de todas partes. La noche iba cayendo y los jachos de tea alumbraban el terrero. La agarrada se determinó, como era costumbre, corrida. De repente estando Carlos Díaz en el centro del terrero levantaba la mano al haber tirado al novio de su hermana cuando y aprovechando la oscuridad “de incógnito se presentó Clara vestida de hombre y con su faja al muslo, agarrando con Carlos, después que éste tumbara a su novio, y Clara derribó a Carlos Satana”, la lucha tenía como vencedor al equipo de Las Breñas. Mazo había perdido. “Carlos, caído, hizo ademán para saludar a su vencedor, pero éste” se perdió rápidamente entre el público y la oscuridad. En voz alta realizó un llamamiento “solicitando del ganador la lucha de la rasquera, incluyendo en el desafío regalar uno de sus toros si aceptaba agarrar con él”. El silencio y el asombro de los espectadores fue la respuesta. El noble luchador vencido reconoció de inmediato que el misterioso luchador no podía ser otro que su hermana Clara “que en varias ocasiones había agarrado con él, cuando a modo de entrenamiento lo hacían en su casa, y ésta le había cogido el fallo”.

Y así fue como los nombres de Juana, la de Tacande y Clara Díaz derribaron con nobleza, astucia y saber a sus propios y todopoderoso hermanos, y esas agarradas pasaron a la historia legendaria como uno de los más entrañables relatos y leyendas de la lucha canaria en La Palma.

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