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Opinión

Los pivotes de la glorieta y otras medidas preventivas

Primero fueron unos conos ridículos y deteriorados los que afearon el lugar durante meses, y luego fueron cambiados por unos pivotes con franjas verdes y blancas que le daban a la glorieta un aspecto algo más decente. Pero seguían siendo todo un sinsentido y un despropósito que reducía el espacio transitable a la mitad, como se ha hecho en tantas vías de la ciudad para poder aparcar en uno de sus carriles, solo que aquí no es para compensar por la falta de aparcamiento, o por los aparcamientos que nos quitaron, sino para inutilizarlo gratuitamente, o “por si un día pasa algo”, como enseguida veremos.

Se trata, pues, como suele decirse, de los mismos perros con distintos collares. Hubiera sido mucho más sencillo, suponiendo que no quedara más remedio que condenar uno de los carriles, trazar toda una franja amarilla alrededor de la glorieta para que los conductores, que no en vano pasaron el “teórico”, supieran que allí no se podía parar ni estacionar; prohibición que podría reforzarse con alguna señal de advertencia del tipo “llamamos grúa” o “retirada de vehículos”. Y si algún conductor despistado o listillo no hacía caso, no había más que avisar a la policía local o a la Guardia Civil para que hicieran su papel, y con tres o cuatro multas que se pusieran, o con el tercer o cuarto coche que se llevara la grúa, ya nadie se arriesgaría a que le sucediera lo mismo. Así, rehabilitados los carriles inutilizados, se podría parar un minutito frente al “rent a car” que hay en la zona para que un cliente se subiera a su coche de alquiler, y hasta los vehículos de las autoescuelas que acostumbran a estacionar un ratito junto a la glorieta para cambiar de alumno podrían hacerlo sin agobios y sin obstaculizar la vía por falta de sitio.

Pero una vez más, los daños o trastornos ocasionados a terceros a consecuencia de las medidas tomadas por la autoridad portuaria no parece que le importen a esta o sean tenidos en cuenta, como tan a la vista está. Según se comenta, esas hileras de pivotes se han colocado ahí como medida preventiva, por si un día, como decíamos, ocurriera algún tipo de incidente en el muelle (un camión que se atraviesa en la calzada, un choque entre dos turismos y cosas así, nunca ocurridas hasta ahora) que necesitara de una vía alternativa para que el tráfico no se colapsara, pero solo tras quitar los mentados pivotes, apartar algún posible mamotreto de cemento o llevarse algún vehículo aparcado junto a la puerta grande (por no poder hacerlo, como ya queda dicho, al lado de la acera). Luego de solución rápida y eficaz ante una emergencia, nada. Lo que, a modo de ejemplo, me lleva a pensar en una profesora que le prohibiera el recreo a sus alumnos, pero no ocasionalmente y a causa de alguna alerta por mal tiempo, que es lo acostumbrado, sino independientemente del tiempo que hiciera y durante todos los días de la semana, por si de repente se desatara un vendaval que pudiera arrastrar por el suelo a un niño o hacer que le cayera una teja en la cabeza. Pero siendo lo curioso del caso, lo realmente increíble, que esa prohibición no la impondría la señora maestra por un exceso de celo protector hacia sus queridos alumnos, sino para librarse de que el director la llamara a su despacho el día del hipotético vendaval y la hiciera responsable de lo sucedido, como si hubiera estado en su mano evitar semejante fenómeno atmosférico o el desprendimiento de unas tejas mal ensambladas. Qué exageración, ¿no?, y qué temor más absurdo. Pues en el tema que nos ocupa, igual. Y de la misma manera que hasta los propios padres de los niños comprenderían que era mejor correr ese improbable riesgo a permitir que los privaran del recreo durante todo un curso (y así, año tras año), aquí alguien debería replantearse las cosas y preguntarse si está justificado dejar a todo un muelle y sus inmediaciones sin “recreo”, dado que todas esas vallas, esas barreras y esas puertas, así como esos mamotretos de cemento y esos tiestos de hormigón, están ahí para impedir que un día ocurra algo (si no acaban provocándolo más bien). Es decir, que por esa misma razón, y por culpa de una puerta cerrada, estamos castigados a dar un rodeo de lo más inútil cuando se entra o se sale a pie del puerto —lo cual, volviendo a la cuestión de las repercusiones negativas, contribuyó a que cierto bar de cierta esquina se quedara sin clientela a la hora del bocadillo y, según se cuenta, terminara por cerrar, quizás por no ganar ya ni para pagar el alquiler; cosa que también afectó, por otro lado, al citado “rent a car”, pues ya nadie que salga del muelle pasa por delante de su puerta—.

Además de eso, no hay sitio para aparcar cuando se va a recoger a alguien, y apenas lo hay para maniobrar o salir del callejón sin salida en que se convierte la vía del espigón, gracias igualmente a otra puerta cerrada que, en lugar de facilitar la circulación por el dique del Este para poder dar la vuelta cómodamente, o incluso para aparcar un rato mientras llega el barco, contribuye a congestionar el tráfico (si bien nadie parece querer enterarse del tremendo caos que se arma a veces, y en el que me he visto metido en más de una ocasión); puerta ésta por la que tampoco se puede ir hasta la punta del muelle en vehículo cuando se quiere pescar, por muy cargado que se vaya con las cañas y demás, etc., etc.

Y todo esto, como en el caso de la profesora paranoica, no por bien y seguridad del usuario, ni mucho menos, sino para tranquilidad, como claramente se intuye tras cada nueva “reforma” o medida adoptada, de quien así lo dispone, para que no lo llame un día el director a su despacho y le pregunte qué ha pasado y por qué, como si alguien pudiera responsabilizarlo de la torpeza, la negligencia o los descuidos ajenos, como pueden ser una caída por tierra, un tropezón, un acelerón y otras incidencias similares de las que se registran a diario y a cientos por todas partes (y sin que por ello se llenen las aceras de tiestos o vallas o rueden cabezas).

Ya sé que hablé de esto meses atrás, cuando los pivotes eran conos de carretera, pero insisto en que acostumbrarse resignadamente a la presencia de lo que no nos gusta, de lo que afea nuestra ciudad o entorpece la buena marcha de las cosas, es ceder de sí mismo, engrosar la fila de quienes se lamentan de estas y otras cosas sin hacer nada. Así que, aprovechando el reciente artículo del señor San Gil, en el que hablaba de esa puerta grande que, previa mediación del Ayuntamiento, debería abrirse para que “se permita el paso de los vehículos de emergencia a través de la vía interior del puerto”, he pensado que era la ocasión de recordar lo ya dicho, pero haciendo hincapié, obviamente, en que todo ello ha de completarse con la apertura de la puerta peatonal, condenada por decreto personal a un cierre injusto y desconsiderado, como si las personas, y con ellas sus necesidades de mejora, comodidad y calidad de vida, no supusieran más que un incordio para quien debe atenderlas pese a sus intereses particulares o sus motivaciones íntimas.  Martin Eden.

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