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Opinión

¿Por qué nos seguimos definiendo como comunistas?

Por qué nos seguimos definiendo como comunistas?
¿Es acaso por hábito, por rutina, por pereza mental a los cambios?
¿Es por tozudez, por no dar el brazo a torcer?
¿Es por un primario sentimiento de fidelidad a las viejas banderas?
No.
Somos comunistas porque creemos y luchamos por una sociedad comunista, una sociedad libre, de hombres libres, una sociedad sin clases, sin explotados ni explotadores, sin discriminaciones en razón de raza, ideologías, edad o género, en la que el trabajo deja de ser un factor alienante para recuperar su condición como rasgo vital de la especie, en la que la humanidad, como lo definiera Federico Engels, pasa finalmente del reino de la necesidad al reino de la libertad y el hombre sustituye la depredación de la naturaleza propia del capitalismo por su uso racional, armónico y preservador de la vida.
Formamos parte del movimiento real de la humanidad hacia la superación positiva del régimen económico-social capitalista, intentamos en todo momento impulsar los intereses de dicho movimiento en su conjunto y hacemos el esfuerzo por tener y desarrollar hasta sus últimas consecuencias la conciencia científica, práctico-crítica, del mismo.
– Esta meta no es una ilusión o una meta inalcanzable, ya que hace ya 140 años, Carlos Marx supo prever, genialmente, como se irían gestando en el seno mismo del capitalismo las condiciones de su propia superación. El desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas, con transformaciones radicales en su estructura, generado por los avances de la ciencia y su incorporación creciente y directa a la producción, ha puesto de relieve una insalvable contradicción del sistema, que se muestra incapaz de resolver: un enorme crecimiento de la productividad del trabajo, que engendra ya las condiciones materiales para el desarrollo libre y pleno de los productores (condiciones materiales del comunismo), en tanto la regla de oro del capitalismo, esto es, la obtención de la tasa máxima de ganancia, conduce a la miseria de los más, a la concentración de la riqueza generada por esa productividad creciente en los menos, a la desocupación y a la marginación de sectores cada vez más amplios de la población humana, y en definitiva al freno, a la utilización caótica y al despilfarro de esas enormes fuerzas productivas que la inteligencia del hombre ha desatado.
Profundos cambios se producen al mismo tiempo en las clases sociales. Cada vez más, científicos, tecnólogos, investigadores, se incorporan a los procesos productivos y modifican la estructura del mundo de los asalariados. Más allá incluso de las contradicciones de clase, se generan en torno a problemas como la ecología, los derechos de sectores discriminados en razón de género o raza, los problemas éticos de la ciencia y la cultura, fuertes movimientos cuestionadores del sistema, que adquieren cada vez más clara conciencia que en la esencia del mismo existen “umbrales de viabilidad” que lo hacen incapaz de resolverlos.
Por otra parte, se agudiza el abismo entre el mundo altamente desarrollado y las extensas zonas del mundo subdesarrollado y explotado por aquél, generando en unos y otros situaciones sociales explosivas y potencialmente revolucionarias.
La humanidad tiene ante sí, por tanto, la superación histórica del capitalismo. Y repetimos la afirmación de Marx, de que “la humanidad no se propone nunca, más que tareas que ella misma puede resolver” para reafirmar que se trata, no de una simple expresión de ideales, sino de una conclusión acorde con el desarrollo de la historia.
También reafirmamos con Marx que los “supuestos objetivos” de la superación del capitalismo no bastan por sí solos para que tal superación se produzca. Hace falta la acción consciente de los hombres, verdaderos hacedores de la Historia.
Y volvemos a Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, se trata de transformarlo”.
Se trata pues, de resolver esa tarea, puesta en el orden del día del desarrollo histórico. Para ello se requiere la organización política, en todos los planos de la actividad social de los hombres, y, por supuesto, la expresión política de los comunistas.
– La tarea de superación del capitalismo, de “cambiar al mundo de base”, es una tarea revolucionaria.
La revolución es en sí misma un largo proceso histórico que incluye, necesariamente, el cambio de clases en el poder, la sustitución de las clases que expresan el dominio capitalista por las “clases alternativas”, con la clase obrera como eje, destinadas a construir la nueva sociedad.
Somos, pues, revolucionarios. Y concebimos la revolución, en todo su proceso, a lo largo de todas sus etapas, como una obra de los pueblos. Nada sustituye el protagonismo de las masas. Son ellas las constructoras de los cambios. Es el mejor antídoto contra los errores, las frustraciones y los fracasos.
Por tanto una auténtica organización política de los comunistas debe descansar en estos preceptos. Debe ser capaz de orientar políticamente las luchas populares en sus más diversos ámbitos, y al mismo tiempo aprender de ellas, enriquecer con ellas su acervo ideológico y político. Sólo así podrá cumplir su papel.
Objetivamente, la lucha democrática, coincide con el cuestionamiento del capitalismo como sistema, por cuanto la concentración de las decisiones económicas y del gobierno del mundo en manos de una oligarquía financiera transnacionalizada, el creciente vaciamiento del rol de los estados y de los sistemas políticos de los países en cuanto a la conducción de sus economías y de sus principales decisiones, el alejamiento del hombre común de dichas decisiones, la monopolización y el manipuleo de los medios masivos de información, todo este conjunto de fenómenos propios de la globalización capitalista, entra en franca contradicción con la democracia.
La democracia avanzada es la piedra angular de nuestras concepciones y de nuestras tareas.
Se trata de generar, con la práctica política de las masas, ” la construcción de espacios alternativos que escapan, por su propio protagonismo democrático, a la hegemonía de la clases dominantes”.
Espacios alternativos que atraviesan todas las esferas de la sociedad, y en cuya construcción se va gestando la hegemonía de las clases alternativas y la apropiación democrática de los roles de dirección en todos los planos de la vida social: la producción material, la vida cultural, los medios de comunicación, la administración de la sociedad, etc., siendo esto válido tanto en la etapa de lucha por la superación del capitalismo como en la etapa de construcción de la nueva sociedad.
Antonio-Érmetes Brito González, militante del PCE.

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