A Chari, con amor
Es triste. La polémica contra
el PCE ya se dio en la primera mitad
de la pasada centuria. Vais con retraso, hijitos.
Y carece de toda importancia que ni vuestros padres aún no hubieran nacido…
Además, los periodistas de todo el mundo (incluidos
los de las televisiones generalistas)
os lamen –todavía, creo, se dice así en la jerga
universitaria— el culo. Yo no, amiguitos.
Tenéis cara de nietos de papá.
Que la buena casta no engaña.
La misma mirada maligna.
Sois miedosos e irresolutos y estáis manipulados
(¡magnífico!), pero también sabéis cómo ser
prepotentes, desafiantes e insensatos:
prerrogativas pequeño-burguesas, amiguitos.
Cuando mañana o pasado mañana os lieis a golpes
entre vosotros,
¡yo simpatizaré con los inmigrantes!
Porque son hijos de pobres.
Vienen de la miseria: campesina o urbana, no importa.
En lo que a mí hace, conozco muy bien
el modus operandi de quienes los usan como carne de cañón,
los miles de euros que cobran las ONGs, los padres que se desentienden de la prole
por causa de esa misma pobreza que se impone desde arriba.
Las madres, sometidas como esclavas al servicio de una fe envilecida
por mercaderes que profanan el templo;
los muchos hermanos, la choza
sin huertos ni esperanza (en terrenos
ajenos, parcelados, del sultán); los bajos
sobre las cloacas; o los apartamentos en las grandes
colmenas de viviendas baratas, etc. etc.
Y bien, mirad a los gendarmes en frontera: tiesos como estatuas,
con esos uniformes que huelen a rancio
y a miedo al pueblo y desprecio a la piel negra.
Lo peor de todo, naturalmente,
es el estado psicológico al que se ven reducidos
(por dos mil euros mensuales) sus colegas españoles:
horros de sonrisas,
horros de amistades con el mundo,
separados,
excluidos (con una exclusión sin par);
humillados por la pérdida de la calidad de hombres
a cambio de la de serviles policías, guardias o militares (ser odiado hace odiar).
Estamos todos, ni que decir tiene, contra sus jefes (profesionales o políticos),
aunque estos mercenarios sin otra divisa que la nómina
miran a otro lado y se quejan de su abandono,
que es el precio de su traición a sus ciudadanos (y a los otros),
a quienes habéis apaleado a la menor orden de
vuestros amos, que ahora os condenan a compartir
un retrete averiado (y la sarna y las liendres).
En Ceuta se desarrolla, pues, un episodio
de lucha de clases: y vosotros, compañeros, compatriotas
(bien que en el bando de la razón),
sois los nuevos parias de la tierra,
mientras os hemos abandonado a vuestra (mala) suerte,
la de los desterrados.
¡Bonita victoria, pues, la de los de siempre!
Recordadlo, jóvenes, cuando os enfrenten
unos contra otros:
ya será tarde
y habréis perdido el futuro,
o sea, todo.