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El callejón
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El efecto de los rayos gamama sobre Margarita

Margarita se llama mi amor,

Margarita Robles Fernández,

una tipa, tipa, tipa, pum,

que ahora no dice ni mú.

Margarita el pañuelo sacó

cuando el tren hizo catapum

y una lágrima rodó, rodó, rodó

por su careto de extra de peplum.

No lleves sofocón

como cuando viste morir

desdichados durante la dana

porque no te dio la gana

hacer nada. Y rápida fuiste

en la amonestación

a la pobre gente de bien

y en negarles la menor atención:

¡Pon, pon, pon, pon, porompón-pón!

Y vendes la patria mía,

que es bendita ilusión,

a cambio de tu comisión,

a empresas sin corazón,

para fortalecer una tiranía

que te ha metido más de un batallón

en Ceuta y de desarrapados un montón

que se mofan de tus tropas mogollón.

Margarita, tu dimisión esperará en vano

la inútil oposición a tu jefe marrano

porque todo te lo pasas por el ano

y se te pone carita de Carmen Pano:

de tirar la piedra y esconder la mano

y es que se te da fatal el papel

de mujer ofendida y fiel

cuando eres tan cruel (o más) que él.

Desdichado el país que se deja vencer

sin ni siquiera su brazo dar a torcer.

Ya solo te ruego, mujer,

si tu honor quieres salvar,

que te vayas con tu dinero a cagar,

y, si te queda valor, por una vez

en tu vida, cuenta toda la hez

que pudre no solo a tu ministerio

y luego te largas a un monasterio

o, si lo prefieres, a Casa Asterio

que para alguien de tu criterio

da igual que hables de coña o en serio.

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