Ayer se fue,
tomó sus cosas y se puso a navegar.
Una camisa, un pantalón vaquero
y una canción, ¿dónde irá?
¿Dónde irá?
Se despidió
y decidió batirse en duelo con el mar
y recorrer el mundo en su velero
y navegar, papá,
navegar.
Y se marchó
y a su barco le llamó Hispania
y con él encubrió la infamia
de quien se escondió en el mar.
Y se marchó
y a su barco le llamó Hispania
y con él ocultó la vesania
del imbécil por el que se deja manejar.
Su corazón borbón
y vacío buscó una forma diferente de huir
pero las olas le gritaron: “Vete
con los ceutís, gandul,
y deja de hacer el Abdul”.
Y se durmió
y la noche le gritó: ¿Dónde vas, idiota?
Y en sus sueños dibujó una gaviota
el viejo Alberti, que le espetó: “Bellota,
bellota, rey de jotas”. Y regresó.
Y una voz le preguntó: ¿Cómo está,
majestad? Y al mirarla descubrió
que muchos eran los ojos,
azules, negros y rojos
de furia y rabia.
Y regresó de Babia
con su escasa labia
y descubrió que ya era tarde,
que la frontera arde.
Y se marchó
y nunca más volvió.
Y al jeta de La Mareta nos dejó.