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Manual de subsistencia para una isla desierta
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El bujero

 

Entre 2013 y 2014 se han revelado ante nuestros ojos de paseante tres imágenes significativas que, lo queramos o no, obligan a reflexionar sobre el futuro.

La primera de ellas se alza, imponente, como una alegoría en toda regla: la torre del Cabildo forrada de plástico negro. No, no se trata de una performance del artista alemán Christo, quien a lo largo de dos décadas ha tenido la oportunidad de envolver con poliamida todo tipo de construcciones arquitectónicas y naturales, desde el Reichstag y el Puente Nuevo de París hasta las pasarelas del Parque Loose, en Kansas. No nos engañemos, esto del Cabildo de La Palma es mucho más contundente que cualquier manifestación de arte conceptual concebida para sorprender o para epatar. Por desgracia el envoltorio de tan pistonudo símbolo fálico (¿debiéramos llamarlo condón?) no está ahí por gusto sino por necesidad: sencillamente hay que reparar la costra exterior de la fachada antes de que se caiga a cachos. En cualquier caso los funcionarios del Cabildo tienen todo el derecho del mundo a sentir claustrofobia, como si los hubieran metido en una enorme bolsa de basura que no deja respirar ni ver lo que hay afuera.

¿Y qué hay afuera? Ni más ni menos que la segunda de las imágenes a las que antes me refería: el extraño redondel que deja en carne viva la rotonda de entrada al muelle junto a la gran hendidura que empieza a abrirse por la acera exterior, Avenida Marítima arriba. Santa Cruz de La Palma, así, se muestra más desvalida que nunca, con los nervios a flor de piel por tanto asedio y tanto bombardeo de las fuerzas enemigas que siguen erre que erre en la misma táctica demoledora de los últimos tiempos. Como mínimo el estropicio parece resultado de un ataque alienígena ante el cual la población, embobecida, resiste no con valentía sino con estoicismo y anonadamiento, quizá como la mayoría de los habitantes de este país agrietado: escondiendo la cabeza bajo el ala y echándole la culpa del desastre a los demás, o empinando el codo en los bares o degradándose con unos chutes horrorosos de telebasura en casa (la perfecta caverna de Platón).

Todo lo cual, ay, me conduce hasta la tercera imagen: la pila de tomos que la semana pasada destacaba como principal reclamo en el escaparate de una librería de la Calle Real: la inevitable gran novedad literaria que Papá Noel y los Reyes Magos buscaron con ahínco como regalo para adultos muy adultos: el libro de memorias de Belén Esteban. Claro que sí. Justo lo que faltaba. No podía ser de otra manera, ¿verdad? Qué mejor festín para empezar el año que la prosa de Boris Izaguirre remedando la voz de bisagra y el verbo de Juana la Loca en trance con que Belén Esteban viene a purificar el alma atormentada de los palmeros. Qué suerte, si no fuera por el pensamiento de Belén Esteban, siempre en estado de ebullición, las claves de nuestra realidad socioeconómica y cultural serían un misterio, no se entendería el relato de nuestro devenir colectivo y no habría Dios que desentrañase el fondo del bujero en que nos encontramos.

 

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