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Manual de subsistencia para una isla desierta
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Manitas de cerdo

 

La confesión mediática que acaba de hacer Jordi Pujol golpeándose el pecho con su puñito ("por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa") para exonerar a su esposa y a sus hijos del palmetazo de la ley ante la engañifa fiscal que hoy -descubierta y requetedemostrada- mancha su apellido, nos llena a todos los contribuyentes, empezando por los catalanes y los charnegos, de un sentimiento de enfado que no se mitiga con nada, ni siquiera con la confirmación de una sospecha de interés público. Se veía venir, coño. Esas manitas elocuentes de Pujol, que por sí solas tantas veces han tramado discursos impostados, siempre me han parecido, más que un símbolo de sus ínfulas de patriarca del nacionalismo victimista, el ribete de una burda caricatura: durante años, al verlas subrayando pretensiosas artes oratorias, me recordaban a las manitas de cerdo, gelatinosas y doradas, que con tanta pericia culinaria prepara mi mujer de cuando en cuando. A eso se reducía la imagen del "Honorabble", a eso se reduce y a eso se reducirá.

Tras negar con exasperada reiteración la existencia de cuentas en el extranjero repletas de enormes cantidades de dinero evadido, y tras asociar las acusaciones de fraude con una conspiración contra el soberanismo catalán, ahora declara entre lágrimas que este es un asunto particular, suyo y sólo suyo que atañe exclusivamente a su persona y a ninguna otra. Parecen claras las razones por las cuales la estrategia de Pujol ha dado tal volantazo, pasando de la arrogancia, tantos años arropada por un absurdo manto de inmunidad, a la sumisión del animalillo de granja que entra al matadero pidiendo clemencia. Lo que ha pasado es que la administración de justicia ha hecho lo que correspondía: escarbar. Pico y pala y, anda, a pocos palmos de la superficie, se ha topado con un cofre requintado. La prueba del delito.

Sin menoscabo del logro, cabe preguntarse por qué una operación así de simple ha tardado tanto en dar sus frutos. Y, aun a riesgo de imitar al abogado del diablo, añadimos levantando una ceja: ¿por qué al fin ahora? Por toda respuesta pongamos puntos suspensivos. De momento tendremos que conformarnos con esta humillación pública, representada por el propio confeso en un monólogo trufado de medias verdades y ocultaciones bien medidas que en parte levantan el castillo de naipes de la falsedad. No es que Pujol recurra a una mentira presente para preservarse de las mentiras pasadas. Recurre al tono adulterado de un actor con muchas tablas que conoce bien su papel y, en consecuencia, se sube al escenario para recorrerlo con la misma corcova y la misma vileza de un Ricardo III cualquiera. Habla y habla para llevarnos a su terreno, sin miedo a que el público, tan acostumbrado al trampantojo y a la ilusión catártica del teatro, le lance tomates. Sabe de sobra que no habrá linchamiento ni mucho menos justicia. Cuántos pactos secretos habrá firmado antes de dar el primer paso.

A partir de las evidencias que airean este caso, la ciudadanía tendrá que asumir que el número de cuentas secretas en el extranjero es muy, muy elevado, y muy, muy vergonzante, y que los picos y las palas se mueren de la risa a la espera de que unos brazos fornidos, de pulso firme, vengan a comprobar que el mapa de la isla del tesoro no falla: debajo de cada cruz hay un botín pirata.

 

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