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Manual de subsistencia para una isla desierta
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Sueños, milagros y bien común

 

Ayer recorrí el túnel de la Fuente Santa formando parte de un compacto grupo de visitantes entre los que se encontraban dos músicos amigos, el tenor palmero Jorge Perdigón y el gran barítono italiano Paolo Gavanelli, quien, junto a su familia, regresa a La Palma siempre que puede (han fijado aquí su segunda residencia, tan enamorados están de la isla). La impresión que nos llevamos fue excelente: tras dar con el enclave preciso, mitificado durante siglos de ocultamiento natural, la laboriosidad y el romanticismo de muchos palmeros al fin han podido alumbrar estas aguas sanadoras, aún intactas en lo más profundo de la memoria colectiva, y hoy, visto lo visto, el proyecto de conservación y rehabilitación para su uso y disfrute parece haber caído en buenas manos.

Allí mismo, bajo un manto de lava seca, la presencia de Jorge y Paolo me hizo pensar "en positivo" sobre las posibilidades de la isla. De unos años para acá Jorge ha llevado adelante, en momentos puntuales con la generosa participación de Paolo, una serie de iniciativas culturales que bien pudieran considerarse hitos en nuestro contexto social de isla "menor". Me refiero a esos asombrosos logros del Festival "Ópera en el Convento" (2005-2011), paralizado por culpa de la recesión económica, y del posterior Ciclo de Música de Cámara "Jerónimo Saavedra", vigente desde 2012, demostración de que con buena cabeza, aunque escasee el dinero, todo sueño bienintencionado puede rediseñarse en estado de conciencia hasta convertirse en algo real, fructífero, beneficioso y duradero.

Hace años, poco antes de que arrancara "Ópera en el Convento", vi un documental televisivo sobre una pequeña isla de Suecia (discúlpenme, no recuerdo el nombre) cuya economía se mantenía más o menos boyante gracias a un festival de ópera celebrado sólo en verano. Este caso podría resultarnos revelador. La música, como cualquier manifestación artística en general, genera mucho más que buenas vibraciones. La cultura y su difusión (y aquí cabe, por supuesto, el deporte), si se cuida con esmero, es fuente de riqueza no sólo espiritual: para entendernos, da dinero: reanima sectores económicos con los que a priori no la asociamos pero que le conciernen en gran manera. Pienso en el turismo -sí, en el turismo de calidad-, en la hostelería, el transporte y el largo etcétera que los sigue. Sin ir más lejos, el Ciclo de Música de Cámara "Jerónimo Saavedra", ha mejorado sus expectativas iniciales de supervivencia y, contra todo pronóstico, se va apuntalando como un "milagro" a tener en cuenta incluso por los escépticos y los duros de oído.

Además del monocultivo del plátano, al que tanto debemos, y además de otras formas tradicionales de desarrollo en las que seguimos confiando, se abren variadas vías de trabajo en torno al fenómeno de la comunicación y la cultura. ¿Por qué no vamos a creer en algo tan palpable? La Palma ha perdido gran parte de su mejor capital humano, lo que en cierta medida explica el clima de decadencia que la aflige, pero mantiene sus más genuinas señas de identidad -naturales, antropológicas e históricas- explotando sincopadamente como pistones de una maquinaria que se niega a exhalar el último suspiro. Se nos antoja que la Fuente Santa, a día de hoy, ofrece el potencial de una mina de oro recién excavada, igual que el sentido de la creatividad de muchos palmeros de nacimiento y adopción, como Jorge y Paolo, dispuestos a dar lo máximo de sí mismos para hacer más habitable esta tierra asediada por el mar. Ojalá nuestros gobernantes, al representar al pueblo con todas sus grandezas y todas sus flaquezas, no detengan entre disputas partidistas ese impulso de búsqueda del bien común.

 

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