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Mar y viento
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Juan Marrero Portugués, Caballero del Mar.

Como no sabían que era imposible

lo hicieron.

 

Hace unos años publicamos en la revista Canarias Náutica, de la Asociación Canaria de Clubes Náuticos, una serie de monografías dedicadas a personas que habían sido claves en el desarrollo de la náutica deportiva en Canarias. Llevaban por título Caballeros del Mar, haciendo referencia a un artículo que con el mismo nombre publicara en 1947 el insigne articulista conejero Rafael Medina Armas bajo el seudónimo `Fidel Roca´, en el semanario Pronósticos de Arrecife. En él describía a los primeros participantes de la Regata de San Ginés, como “aquellos que han luchado valientes y heroicos contra los elementos y han competido en noble lucha con la sola arma del arte de saber llevar unas quillas en alas de lona”. Finalizaba este precioso artículo: “Vi en vuestra gesta heroica la llegada de los hombres de paz como símbolo de lo que el mundo anhela: Esperanza de hombre de buena voluntad”.

Nino Navarro, de Gran Canaria, Alfredo Morales y Evaristo González (Maestro Tito), de Lanzarote, José María Segovia y Eloy García, de Tenerife, Juan Barrera, de La Palma… Desde luego, no estaban todos – espero poder continuar algún día esa relación de ilustres prohombres que amaron y defendieron nuestro mar y sus deportes.

Aunque Juan Marrero no navegó más que treinta minutos a bordo de un barquillo de vela de escasos cuatro metros de eslora hace unos sesenta años, creo firmemente que merece ser incluido en esa nómina.

Efectivamente, en esa misma revista, Juan Marrero publicó un artículo en el que, refiriéndose al Real Club Náutico de Gran Canaria, reconocía que fue un “un presidente náutico algo raro” ya que jamás había navegado en una embarcación a vela, exceptuando una breve experiencia vivida en Arrecife cuando era joven y cuyos detalles describe minuciosamente. Matizaba esa falta de experiencia náutica explicando que enriqueció sus conocimientos, adquiriendo una espléndida información sobre la vela deportiva, “por el procedimiento de solo limitarme a escuchar a los comodoros, entrenadores, monitores, jueces, medidores, armadores, patrones, tripulantes, olímpicos, campeones del Mundo, de Europa o de España, contramaestres, marineros, reparadores, etc.”

No cabe duda de que esos conocimientos, unidos a su capacidad de liderazgo, han sido fundamentales en el extraordinario recorrido que el club grancanario ha efectuado, a todos los niveles, especialmente en el náutico, en los últimos veinte años. Juan Marrero dejó su impronta en el Real Club Náutico de Gran Canaria, pero también en el resto de clubes de las Islas, amén del Real Club Náutico de Arrecife, entidad de la que fue directivo en su periplo conejero y que le distinguió en 2003 como Socio de Honor.

A comienzos del presente siglo, los clubes náuticos de Gran Canaria y Tenerife organizaban el Trofeo Príncipe de Asturias y el actual Infantas de España, respectivamente – en el año 2002 se incorpora a esas pruebas, denominadas de Alto Nivel, el Trofeo César ManriquePuerto Calero, de Lanzarote –. El lógico interés de cada organizador por lograr mayor número de participantes puso en entredicho las buenas relaciones entre los clubes implicados. Unas relaciones que, por cierto, no siempre habían sido tan fluidas como se podía esperar y que tuvieron su primer tropiezo ya en 1908, cuando el Real Club Mediterráneo de Málaga optó por Tenerife en vez de Gran Canaria como llegada de la Regata PalosCanarias, organizada para conmemorar el Descubrimiento de América.

Juan Marrero jugó un papel crucial a la hora engrasar esas relaciones haciendo gala de su proverbial mano izquierda y capacidad de consenso. De ahí surgió su convencimiento de que los clubes náuticos debían asociarse para trabajar por encontrar soluciones a problemas comunes y estrechar los lazos de unión entre las islas. Tuvo la suerte de coincidir con otro caballero como es Miguel Fernández Maillard, quien desde la presidencia del Real Club Náutico de Tenerife apoyó sin ambages esa idea.

Fruto de su empeño y coraje se constituyó, en 2004, la Asociación Canaria de Clubes Náuticos, que tuvo como clubes fundadores a Gran Canaria, Tenerife, Arrecife y La Palma. Nunca quiso presidirla, pero no cabe la menor duda de que Juan Marrero fue su `alma mater´. Líder natural, escuchaba y procuraba consensuar estrategias ante cada situación, ofreciendo siempre su colaboración a los clubes más ‘pequeños’, incluso cediendo material y embarcaciones para sus escuelas de vela, como en el caso de La Palma. Dentro de su empeño por hacer llegar y fomentar los deportes náuticos a todas las islas propuso establecer un trofeo de optimist para el `grupo B´, constituido por niños que están empezando a navegar, que fuera rotando por todo el archipiélago – lamentablemente, la Asociación Canaria de Clubes Náuticos en la actualidad languidece presa de la desidia y el “postureo”, que ha desembocado en que varios de sus clubes se hayan dado de baja, la revista no exista o el trofeo de optimist no se celebre.

Conversador nato, hizo gala de una caballerosidad extrema; daba gusto oírle hablar con fruición de sus `chicos´ – los miembros de su junta directiva – o de su querida Kety e hijos, a quienes intercalaba en el relato de sus amplias vivencias como destacados protagonistas.

Compartíamos el gusto por desempolvar y dar a conocer hechos pasados de nuestra historia, aunque no cabe duda de que haber sido testigo e incluso protagonista de algunos de ellos, le otorgaba una ventaja a todas luces inalcanzable para mí. Cuando me envió su último libro en el que ofrece no solo una revisión de la vida de César Manrique y Pepín Ramírez, sino que además aporta un relato descriptivo de una época de la historia de Lanzarote, me sorprendió gratamente la aportación que realiza sobre don Luis Ramírez González, merecedora de elogio por lo que implica desentrañar a un personaje desconocido para la gran mayoría de los canarios, filántropo, masón y progresista. Y es que, en muchos aspectos, nuestras ideas nos ubicaban en extremos diametralmente opuestos, pese a lo cual, siempre mantendré el recuerdo de una gran persona de quien conté con su afecto, cariño, y experiencia.

En la gaveta de la memoria reservada a los amigos, conservo el empuje y pasión que mostró ante cualquier reto que se propusiera como uno de los mejores legados, el de un caballero, un Caballero del Mar.

 

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