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Bolsillos de cristal

El Roto en El País (6-3-2013)

Entre 1965 y 1975, España caminaba hacia el ocaso de una dictadura longeva. Pese a la apertura política de aquellos años, los periodistas desempeñaban su labor en un terreno hostil. Las publicaciones que disentían con el régimen sufrían un acoso pertinaz que se materializaba en multas cuantiosas, secuestros de ediciones, detenciones y cierres de periódicos.

La carencia de libertades obligaba a los informadores a ingeniárselas para salvar el cerco gubernativo. De un lado, se vacunaban contra las represalias autocensurando sus escritos. De otro lado, las dosis de crítica que inyectaban a los artículos no eran explícitas: el lector debía asomarse al texto para descubrir los mensajes que zigzagueaban entre sus líneas. Una de las revistas más seguidas de la época, La Codorniz, avisaba del empleo de esta maña en el lema de su cabecera: "la revista más audaz para el lector más inteligente".

Transcurridas cuatro décadas, el panorama político actual puede forzar a los periodistas a recuperar las técnicas ideadas por sus colegas del Tardofranquismo. De nuevo, hay que sortear intimidaciones provenientes del poder. Y es que, a raíz de las revelaciones que atribuyen irregularidades contables al partido gobernante, sus líderes quisieron levantar un cortafuego: anunciaron acciones legales contra quienes vertiesen acusaciones de corrupción, basadas en los documentos publicados sobre sus cuentas (La Razón, 4-2-13).

Cuarenta años después, los periodistas afanados en relatar la actualidad del país deberán tener presente las advertencias del partido que gobierna antes de empezar a teclear. Junto al diccionario y la gramática, tendrán a mano las páginas de Triunfo, Madrid, La Codorniz… a fin de aprovechar la experiencia de los esforzados compañeros que trabajaron bajo la presión de una dictadura en declive.

Por supuesto, la amenaza que pende sobre los cronistas de hoy en día no tiene aquella envergadura, pero una denuncia ante los tribunales interpuesta por el partido que dirige la maquinaria del estado no es baladí. De muestra, el caso Gürtel. Abierto para investigar la financiación del partido mayoritario, por ahora, solo ha tenido un condenado: su primer instructor, el ex juez Baltasar Garzón. Y es que existe un abismo entre los jueces, fiscales y periodistas que piden a los cargos públicos "bolsillos de cristal" y la clase política que no quiere que se abra la caja de pandora de sus cuentas.

Sorprendentemente, quien ha manejado con más soltura los subterfugios legados por los periodistas del tardofranquismo para regatear la vigilancia de las autoridades es el propio Presidente del Gobierno. Lo demostró, en Alemania, cuando declaró sobre las imputaciones recibidas por su partido que "todo lo referido a mí y mis compañeros no es cierto; salvo alguna cosa publicada" (El País, 4-2-13). La gaviota se convirtió en "codorniz". ¡Qué valor!

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