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Antonio Rodríguez López

Antonio Rodríguez López. Óleo sobre lienzo por Aurelio Lorenzo Carmona (recogido de Pérez García, Jaime: Fastos Biográficos de La Palma, Servicio de publicaciones de la Caja General de Ahorros de Canarias, Tenerife, 1985)

La existencia del periodista, literato y profesor Antonio Rodríguez López transcurrió entre 1836 y 1901. Nació en Santa Cruz de La Palma, en el seno de una familia de clase acomodada y tradición religiosa, que alentó sus dotes artísticas y propició que cursara estudios en el colegio privado de la población.

A los diecinueve años, inició una serie de composiciones destinadas a representarse en los carros de la Fiesta Lustral. Fue un gran éxito su Escena Lírico-Dramática escrita en S/C de La Palma para la Bajada de La Virgen de 1855. Durante los años siguientes, su producción literaria y ensayística se iría publicando, sin apenas descanso: La Trompa de caza (1857), La Virgen del Risco de la Playa (1859), Los bereberes del Riff (1861), Juan Gutenberg (1862), Los dos brezos (1863),  Vacaguaré (1863), La choza del tío Martín (1864), La democracia sin partido (1866), Apuntes biográficos de Don Manuel Díaz (1868), La aurora de la libertad (1869), La Cruz de azabache (1870), Poesías (1873), El anillo nupcial (1874), La mamá de roble (1874), La pena de muerte (1876), Espartaco (1900).

La intensa actividad profesional y artística que desplegó a lo largo de su vida estuvo condicionada por tres circunstancias. En primer lugar, por la prolongada depresión económica en que vio sumida a La Palma durante su infancia y adolescencia. El drama de la miseria dejó huella en su sensibilidad y explica su perseverante implicación en empresas que procuraban el desarrollo material de la Isla. En segundo lugar, su pensamiento estuvo marcado por la educación religiosa que recibió en su hogar y que ampliaron algunos docentes de su colegio de primera enseñanza. Desde su perspectiva, la sociedad debía preservar la influencia del cristianismo por tratarse de una religión cuya principal misión era redimir a la humanidad, tanto en este Mundo como en el Más Allá. En tercer lugar, su actividad vino determinada por su adscripción al conjunto liberal de la sociedad palmera. Antonio Rodríguez López perteneció a una generación emprendedora, heredera de los hombres de talante progresista que cruzaron la primera mitad del ochocientos, encabezados por la figura del sacerdote Manuel Díaz Hernández. Este sector -integrado por profesionales, comerciantes y artesanos- concluyó que el futuro de La Palma pasaba por fomentar las ideas derivadas de la Revolución Francesa y por impulsar el progreso material.

Antonio Rodríguez López y otros miembros de su generación como Faustino Méndez Cabezola y los hermanos Ferraz se conjuraron para rescatar a su Tierra de la miseria y de la injusticia social, difundiendo el pensamiento liberal, impulsando su desarrollo económico y promoviendo la cultura.

La fundación del primer periódico de La Palma, El Time, fue una de sus iniciativas más destacadas. A mediados de los años cincuenta del siglo XIX, Faustino Méndez Cabezola y Antonio Rodríguez López concibieron el proyecto de editar un periódico. Ambos asignaban a la prensa un papel fundamental en sus planes de regeneración, pues, desde sus páginas, se podían defender las ideas progresistas, plantear las obras públicas necesarias para el desarrollo insular, promover campañas para obtener la concesión de colegios y difundir la cultura entre sus habitantes. La prensa, escribiría Rodríguez López, "como una cuidadosa madre, inquiere las necesidades de los pueblos, sondea sus aspiraciones, comprende sus deseos y estudia sus costumbres, trabajando lentamente pero con perseverancia en la grande obra de la civilización, cuya marcha acelera" (El Time, 12 de julio de 1863). Así, la nueva publicación acometería, "con la mayor buena fé", "la ardua misión de procurar con la fuerza moral de su palabra contribuir al progreso de esta isla" (El muelle de Santa Cruz de La Palma, El Time, 1 de noviembre de 1863). La aparición de El Time fue el arranque de la tradición periodística palmera. Durante los cien años siguientes, La Palma asistirá al nacimiento y desaparición de decenas de periódicos de todas las tendencias e intereses.

Antonio Rodríguez López sostenía que el avance económico de La Palma pasaba por la extensión del regadío, la protección de los montes, la promoción de las industria sedera, el apoyo a los astilleros de ribera, la construcción de un muelle en la Capital y la creación de una red de carreteras insulares que facilitara las comunicaciones entre la parte occidental y oriental de la Isla. Durante las siguientes décadas, las infraestructuras propuestas por Antonio Rodríguez López y los dinámicos miembros de su generación, así como los argumentos que emplearon para defenderlas, constituyeron la base de los programas de asociaciones políticas, sociedades ciudadanas e instituciones públicas.

En cuanto al estímulo cultural, Antonio Rodríguez López juzgaba que la enseñanza era la clave del progreso: "la educación de la niñez y la juventud han sido consideradas en todos tiempos como la base principal en que se apoya la felicidad y el porvenir de los pueblos" (Educación (I), El Time, 14 de agosto de 1864). La educación, insistía, era "el inmenso resorte, el medio más principal y poderoso con que esa ley inviolable que llamamos progreso empuja incesantemente a la perfección" (Educación (III), El Time, 11 de septiembre de 1864). En esta línea, coadyuvó a la apertura del colegio privado de segunda enseñanza Santa Catalina, en cuyas aulas se formaron cientos de palmeros. Treinta años después de su muerte, la II República convirtió el centro privado en instituto financiado por el Estado.

Pese a ser una persona enfermiza, su actividad fue vigorosa. Junto con algunos de los redactores que compartieron la aventura de El Time, colaboró en la reorganización de La Sociedad Económica de Amigos del País, participó en la fundación del Museo Natural y Etnográfico, promovió la creación de bibliotecas públicas y privadas, escribió en nuevos periódicos, tomó parte en exposiciones como La Palmense de 1876, impulsó sociedades como La Cosmológica (1881) y colaboró en asociaciones culturales como La Dramática (1899).

Este quehacer, las ideas que proyectó, las conferencias que impartió, los escritos que publicó y su labor docente contribuirán a formar una generación de jóvenes que vigorizó al conjunto progresista de la sociedad palmera. De este colectivo, surgirán el Partido Liberal, el Republicano y, posteriormente, las agrupaciones Socialistas y Comunistas. Políticos relevantes durante el primer tercio del siglo XX, como Pedro y Alonso Pérez Díaz o José Miguel Pérez, tomarán como punto de partida el legado de Antonio Rodríguez López y sus coetáneos.

Su concepción del patriotismo insularista, expuesta en las páginas de El Time y, posteriormente, en la Causa Pública (1871-1872), arraigará en el discurso de las distintas fuerzas políticas de La Palma. El sentimiento "patriótico" tenía el valor de aunar a los ciudadanos en torno "a los asuntos que pueden ser de duración y engrandecimiento de la Isla" (El Time, 2 de agosto de 1863). De esta manera, la unión en pos del adelanto de la patria chica podía contrarrestar las "parcialidades esterilizantes" con que, a su juicio, actuaban los partidos políticos (El Time (II) y la Unión, El Time, 25 de mayo y 3 de julio de 1864). En adelante, uno de los peores reproches imputables a un partido será anteponer el interés de la organización al benefició de la Isla.

Antonio Rodríguez López no tuvo el mismo éxito a la hora de defender su doctrina religiosa. Hasta 1936, las fuerzas políticas y sindicales surgidas del entorno progresista se inclinaron por las tendencias anticlericales y muchos de sus miembros se inscribieron en la Masonería, asociación que, durante las siguientes décadas, abogará por una reducción del ascendente de la Iglesia sobre la vida nacional.

Justo al doblar la esquina del siglo XX, Antonio Rodríguez López dejó este mundo. Había dedicado buena parte de su vida a luchar por encauzar a su Isla en la senda del "progreso moral y material", con el fin de mejorar la suerte de sus habitantes. Nunca cejó en ese empeño. Siempre pensó que alcanzar el grado máximo de perfectibilidad en la Tierra (la "Civilización") era el paso previo para que el hombre se ganase el "Cielo", en el que creyó.

 

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