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España en la Segunda Guerra Mundial (I): la tentación está en el Eje

El general Francisco Franco y Adolf Hitler pasando revista a las tropas alemanas que rendían honores (Hendaya,23 de octubre de 1940)

En las primeras horas del 1 de septiembre de 1939, los bombarderos en picado Stuka comenzaron a despegar de sus aeródromos con la misión de abrir camino a las unidades acorazadas del ejército alemán que invadían Polonia. El ataque de la  Wehrmacht[1] inició la Segunda Guerra Mundial.

Apenas diez meses más tarde, Francia se rendía a las fuerzas armadas alemanas, mientras Gran Bretaña se aprestaba a resistir el siguiente embate de los soldados del III Reich. En menos de un año, Hitler se había hecho con la mayor parte de Europa, desde Polonia hasta los Pirineos.

En el verano de 1940, el gobierno español contemplaba este despliegue arrollador con asombro y complacencia. La máquina militar alemana parecía imparable. Serrano Suñer, cuñado y mano derecha del general Francisco Franco, confesaba que "creí firmemente en la victoria del Eje desde que vi decidida con tan sorprendente facilidad la campaña de Francia"[2]. A partir de ese momento, el ministro de Asuntos Exteriores reconoció como "ciertísimo que practicamos una política de inclinación absolutamente amistosa hacia el Eje"[3].

Las razones por las que el régimen del general Francisco Franco se alineó con el III Reich alemán y con la dictadura fascista italiana hundían sus raíces en la Guerra Civil española. Sus gobernantes debían mucho a la Alemania de Hitler y a la Italia de Mussolini. Nada menos que su victoria en la contienda librada entre 1936 y 1939. La asistencia militar y económica proporcionada por las potencias fascistas había permitido al general Francisco Franco imponerse a la República e instaurar una Dictadura. En palabras del Ministro de Asuntos Exteriores español "por razones de gratitud no podíamos, en la guerra que empezaba, tomar postura contra un pueblo amigo"[4]. El embajador norteamericano, Carlton Hayes, comprendía que el régimen franquista era "propicio a Hitler y Mussolini" porque debía "en parte su existencia a la ayuda militar del Eje"[5].

Además, la inclinación del gobierno español hacia Alemania e Italia se sustentaba en la sintonía ideológica que existía entre el fascismo italiano, el nazismo alemán y el falangismo español. Así, Ramón Serrano Suñer, en aquellos momentos el número dos del régimen, hablaba de su "admiración ideológica y práctica por muchos aspectos del fascismo"[6].

Por añadidura, el ejército nazi había alcanzado la frontera con España. Una "vecindad militar" que despertaba un punto de aprensión y que no dejaba de condicionar la política española, pues el ímpetu conquistador de la Wehrmacht era considerado "peligroso" por las autoridades franquistas[7]. Según el historiador Ángel Viñas, por aquella época, "se indicaba que Franco sentía un gran temor hacia Alemania" y que el General "estaba deslumbrado por la fulminante derrota de Francia"[8]. En efecto, el embajador de Estados Unidos percibió que el Caudillo "mostraba una respetuosa admiración -o temor- a una superior máquina militar extranjera victoriosa". En su opinión, "Franco sintió sin duda en 1940 la necesidad de aplacar a los alemanes, que estaban en la frontera española con toda su potencia y envanecidos con la victoria"[9].

Pese a los recelos que inspiraban la cercanía de las tropas alemanas, sus triunfos abrían expectativas favorables a España. La incontestable derrota francesa y el asedio que sufría Gran Bretaña permitían a España plantear sus aspiraciones territoriales, esencialmente, recuperar el Peñón de Gibraltar y ampliar sus colonias en Marruecos a costa de las posesiones francesas en el Norte de África.

El gobierno español consideraba que las influencias inglesa y francesa habían impedido a España convertirse en un país poderoso. Serrano Suñer estimaba que "durante su larga hegemonía en Europa", Gran Bretaña y Francia, con frecuencia, "olvidaron, cuando no menospreciaron, el derecho natural e histórico de España". El dominio anglo-francés "había sentenciado a España a ser un pueblo de tercer orden". De este modo, el Ministro de Asuntos Exteriores se quejaba de que "del suculento banquete mediterráneo-africano solo unas migajas nos fueron reservadas"[10]. Ahora, el dominio de Hitler sobre Francia ofrecía la posibilidad de beneficiarse de un nuevo reparto colonial que saciara las ambiciones imperiales españolas. Si España contribuía al triunfo alemán, aunque fuera en el último momento, podría participar en el reparto del botín. Así lo registraba, años más tarde, Serrano Suñer: "la paz había huido de Europa. No era nuestra la culpa. Pero en la guerra como en la paz nosotros no teníamos que renunciar a la defensa de nuestros justos ideales, de nuestras legítimas aspiraciones"[11]. Consecuentemente, en su primera entrevista con el ministro de asuntos exteriores alemán, Joachim von Ribbentrop, Serrano Suñer examinó "muy ampliamente el tema de Marruecos" e hizo "una exposición de las conferencias internacionales, tratados y decisiones que distribuyeron mandatos y zonas de influencia en forma que España siempre consideró contraria a su natural derecho", lo que estimaba una "injusticia"[12]. Al día siguiente, Serrano Suñer, en su reunión con Adolf Hitler, volvió a justificar las reclamaciones españolas en el Norte de África, argumentando que Marruecos era su "espacio vital" y su "objetivo de expansión natural"[13].

De esta forma, en agosto de 1940, el embajador germano en España, Eberhard von Stohrer, envió un memorándum "estrictamente secreto" a sus superiores, donde se informaba que "el Gobierno español" se declaraba "dispuesto" a renunciar a su neutralidad "y entrar en la guerra del lado de Alemania e Italia", bajo la condición de que se cumplieran una "serie de reivindicaciones territoriales nacionales": "Gibraltar, Marruecos francés, la parte de Argelia colonizada y predominantemente habitada por españoles (Oran), y además la ampliación de Río de Oro [Sáhara] y de las colonias en el Golfo de Guinea"[14].

Por las mismas fechas, el general Francisco Franco confirmaba al jefe del gobierno italiano, Benito Mussolini, su disposición a prepararse para "tomar su lugar en la lucha contra los enemigos comunes", a la vez que recordaba al dictador italiano "las aspiraciones y reclamaciones españolas tradicionalmente mantenidas a lo largo de nuestra historia en la política exterior de España". Se refería el General a "territorios", "cuya presente administración es una consecuencia de la política franco-inglesa de dominación y explotación de la que Italia también tiene tantas cicatrices"[15].

El embajador norteamericano observaba que para España entrar en guerra del bando italo-alemán era una "tentación no pequeña", pues, "participando en los triunfos espectaculares de los ejércitos del Eje", "hubiese tenido la oportunidad única" de recobrar Gibraltar y "de satisfacer sus apetitos de expansión en África del Norte"[16].

Según el embajador británico, tras el encuentro entre Hitler y Franco en Hendaya (1940), la influencia alemana sobre la vida española se intensificó. "Después de esa entrevista", recordaba el diplomático inglés, "Franco se empeñó en dejar las manos libres al Führer en relación con la Policía, la prensa y la censura españolas". De esta manera, "un solo partido, la Falange, modelado fielmente sobre los prototipos nazi y fascista, debía gobernar el país". También, "la policía debía gobernarse siguiendo las directrices de Himmler [jefe de la SS alemana[17]], convirtiéndose "en una fuerza tiránica compuesta por un cuarto de millón de hombres". Los "tribunales especiales, militares y políticos" suplantaron "los procedimientos establecidos en materia de justicia" y "por primera vez", se introdujeron "los campos de concentración en el régimen penal de España". Además, "a bandidos sin escrúpulos" se les entregaron "los cargos más altos desde donde pudieron sembrar el terror entre sus conciudadanos y, al mismo tiempo, llenarse los bolsillos"[18].

En estas circunstancias, los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña temieron que el régimen del general Francisco Franco condujese a España a la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt y Churchill asignaron a sus embajadores en Madrid la misión de evitar que España abandonase la neutralidad. En caso de que las gestiones diplomáticas no lograran impedir la declaración de guerra a las potencias aliadas (USA, Gran Bretaña, Rusia), los representantes norteamericano e inglés recibieron el encargo de, al menos, retrasar ese momento cuanto fuera posible.

El ejecutivo británico destinó a España a Sir Samuel Hoare, ex ministro de Asuntos Exteriores, quien dirigió la legación en Madrid desde 1940 hasta 1944. El representante norteamericano, el historiador Carlton J. H. Hayes, llegó a España en 1942, pocos meses después de que Estados Unidos entrase en guerra, tras el bombardeo japonés a la base de Pearl Harbour. Hayes permaneció en Madrid hasta finalizar el conflicto.

En la primera fase de la contienda, ambos embajadores consideraron tan difícil la tarea confiada que calificaron su estancia en España como "misión de guerra"[19].

 


[1] Wehrmacht fue el nombre que recibió el ejército alemán durante el periodo de gobierno nazi.

[2] SERRANO SUÑER, Ramón: Entre Hendaya y Gibraltar, EPESA, 1947, p. 139. Se denominó el Eje a la coalición integrada por Alemania, Italia y Japón que combatió a los Aliados durante la II Guerra Mundial.

[3] SERRANO SUÑER, Ramón: 1947, op. cit., p. 138.

[4] Ibíd. p. 141. En un pasaje anterior de sus memorias, el Ministro había comentado: "Italia, Alemania y Portugal, reconocieron al Gobierno de Franco, acreditaron embajadores cerca de él, y contrabalancearon a través de la famosa no-intervención la ayuda franco-soviética [a la República]. Pues bien, apenas acabada nuestra guerra comenzó la guerra en Europa, entre Alemania de una parte y Francia e Inglaterra de otra. Lógicamente, ¿cuál cabía esperar que fuera la actitud de España? Durante nuestra guerra civil nos demostraron amistad unos y enemistad otros. Que los políticos, los combatientes y la gran masa adicta de la España nacional tuvieran frío y resentimiento para quienes ayudaron a sus enemigos y cálido afecto para quienes alentaron la propia causa es normal, humano y legítimo" (Ibíd., pp. 140-141)

[5] HAYES, Carlton J. H.: Misión de guerra en España, Epesa,  Madrid, 1946, pp. 10-11.

[6] SERRANO SUÑER, Ramón: 1947, op. cit., p. 107. Como el propio Serrano Suñer reconocía, entonces, "era probablemente, el ministro que tenía mayor influencia, el más atendido en el consejo y el más libre en la acción" (Ibíd., p.131).

[7] Ibíd., p. 159.

[8] VIÑAS, Ángel: "Los sobornos a generales de Franco y March (I)", El Confidencial, 2 de septiembre de 2013 (http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-09-02/una-operacion-supersecreta_22399).

[9] HAYES, Carlton J. H.: 1946, op. cit., pp. 42 y 87.

[10] SERRANO SUÑER, Ramón: 1947, op. cit., pp. 142-143.

[11] Ibíd., pp. 135 y 161.

[12] Ibíd., p. 170.

[13] Notas tomadas de la conversación celebrada en Berlín entre Adolf  Hitler y Serrano Suñer en presencia del Ministro de Asuntos Exteriores del Reich, 17 de septiembre de 1940.  "The Avalon Project at Yale Law School: The Spanish Government and the Axis".

[14] Memorándum elaborador por el Embajador alemán en España, 9 de agosto de 1940. "The Avalon Project at Yale Law School: The Spanish Government and the Axis".

[15] Carta remitida por el general Francisco Franco al jefe del gobierno italiano, Benito Mussolini, 15 de agosto de 1940. "The Avalon Project at Yale Law School: The Spanish Government and the Axis".

[16] HAYES, Carlton J. H.: 1946, op. cit., p. 82.

[17] La SS (Schutz-Staffel, escuadras de protección) fue una organización militar, policial y política de la Alemania nazi. Empezó como encargada del servicio de seguridad del Partido Nazi (1925). Durante la II Guerra Mundial, la SS llevó a cabo los programas de ejecuciones masivas contra los judíos y aportó unidades de élite al ejército alemán.

[18] HOARE, Samuel: Embajador ante Franco en misión especial, Sedmay Ediciones, Madrid, 1977, p. 326.

[19] Véase: HAYES, Carlton J. H.: Misión de guerra en España, Epesa,  Madrid, 1946 y HOARE, Samuel: Embajador ante Franco en misión especial, Sedmay Ediciones, Madrid, 1977.

 

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