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España en la Segunda Guerra Mundial (II): la importancia de la neutralidad española

España en la Segunda Guerra Mundial.

Al comienzo de la contienda, la actitud de España hacia el bando aliado era poco propicia. Hasta tal punto que los embajadores inglés (Sir Samuel Hoare) y norteamericano (Carlton J. H. Hayes) consideraron muy difícil evitar la entrada de España en la II Guerra Mundial del lado de la Alemania nazi y la Italia fascista[1].

De hecho, en el verano de 1940, el gobierno de su Majestad ordenó dejar estacionado en el aeródromo de Barajas el avión de British Airways que había trasladado a Samuel Hoare desde Inglaterra, ante la posibilidad de que España declarase la guerra a Gran Bretaña y el nuevo embajador tuviera que abandonar el país precipitadamente[2].

Todavía un año y medio más tarde, el recién nombrado representante estadounidense en Madrid juzgaba que, en vista de "la ventaja patente" que Alemania obtendría con la ocupación de la Península Ibérica, "las posibilidades de cualquier embajador americano para llegar a España y permanecer en ella un poco de tiempo parecían ciertamente muy escasas". Carlton Hayes concluyó que "cuanto menos equipaje llevásemos mejor"[3].

Pese a estas malas previsiones, el ejecutivo dirigido por Winston Churchill pidió a Samuel Hoare que ganase tiempo y tiempo, también, reclamó Franklin D. Roosevelt a Carlton Hayes: "nuestra tarea más urgente -explicó el Presidente de los Estados Unidos a su Embajador- es evitar la ocupación alemana de España o, en el peor de los casos, demorar tal acontecimiento lo más posible. Lo esencial es el tiempo y debemos ganarlo. Para eso cabalmente contamos contigo"[4].

La Península Ibérica era un enclave estratégico de primer orden en el mapa de la conflagración que se libraba en el mundo. Para Adolf Hitler, la geografía española "tenía puntos de vital importancia"[5]. Sus enemigos pensaban lo mismo. Lord Halifax, ministro de Asuntos Exteriores británico, remarcó a Samuel Hoare que a "consecuencia de la guerra, la Península Ibérica es más importante que nunca para nosotros"[6].

Ambas afirmaciones se sustentaban en que España era una de las puertas del Mar Mediterráneo. Si Alemania contaba con bases militares en el territorio español, podía interrumpir las comunicaciones entre Gran Bretaña y su imperio.

Por otro lado, si los puertos peninsulares de la costa atlántica cayesen en manos alemanas, los convoyes procedentes de África y Asía que abastecían Gran Bretaña estarían más expuestos a los ataques de submarinos y bombarderos enemigos. Semejante amenaza hubiera sido un contratiempo muy grave para los británicos porque estos transportes nutrían su esfuerzo de guerra. El Jefe del estado mayor naval inglés se lo dejó claro al Embajador en España: "debe ir inmediatamente. Es esencial que los puertos del Atlántico de la Península Ibérica no caigan en manos enemigas…Si los puertos atlánticos de la Península Ibérica y la costa noroeste de África pasan al enemigo, no sé cómo vamos a continuar. Es imprescindible también que la base naval de Gibraltar continúe accesible para nuestras comunicaciones…Si logra defender estas necesidades fundamentales, su misión tendrá una elevada importancia estratégica".[7]

La relevancia de España aumentó cuando el mando conjunto anglo-americano decidió realizar un gran desembarco en el Norte de África: la Operación Torch (antorcha). El control alemán del Estrecho de Gibraltar hubiera complicado enormemente el ataque, al permitir a la aviación y la artillería germanas hostigar la fuerza de invasión. En mayo de 1942, sentado tras su escritorio del despacho oval de la Casa Blanca, Franklin D. Roosevelt expuso al recién nombrado embajador en España la importancia que su misión tenía para el devenir de la contienda: "era menester que adquiriera yo conciencia -recordaba Carlton Hayes- de la gran importancia que él concedía al mantenimiento de la neutralidad de España y a convencer a ésta que resistiera con todas sus fuerzas cualquier intento del Eje de invadir y ocupar la Península. Era posible que, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, el General Franco se uniera a Hitler o bien ofreciera solo una ligera resistencia a la entrada de los ejércitos nazis. En este caso…Gibraltar quedaría perdido y con él toda probabilidad de operaciones triunfales en el Mediterráneo y África del Norte".[8]

No obstante, pese a que "era general la creencia de que España, bajo el mando del general Franco, se uniría rápidamente al Eje"[9], también, era evidente un factor que ejercía de freno: la profunda depresión que atravesaba la nación. Esta circunstancia proporcionaba a los representantes de las potencias aliadas un clavo al que agarrarse para cumplir su misión.

Antes de emprender sus viajes, los embajadores aliados estudiaron los informes que sus gobiernos habían confeccionado sobre la difícil situación del país. Uno de esos memorándums aseguraba que: "incluso si el gobierno español quisiera comprometerse en apoyo activo de Alemania en caso de guerra, es evidente que esa política sería imposible en términos políticos y prácticos. Provocaría amplias resistencias entre una población agotada por la guerra [civil] y faltarían medios materiales para llevarla a cabo. Hay divisiones en el gobierno sobre la política interior; no existen suficientes suministros de todo tipo, incluyendo los alimenticios; y el sistema de transportes ferroviario está en peligro de colapso total"[10].

Nada más llegar, los diplomáticos percibieron que los gobernantes españoles estaban tentados de sumarse al bando italo-alemán, pero les retraían los riesgos que entrañaba dar ese paso[11]. Según Samuel Hoare, "Franco y sus consejeros" sabían "que el país no estaba en condiciones de intervenir en la guerra"[12].

Efectivamente, en primer lugar, España se encontraba arruinada por las devastaciones ocurridas durante los tres años de Guerra Civil y a causa de la crisis que se adueñó del país a su terminación. "Es obvio -informaba el embajador inglés- que todo el mundo está aterrado aquí por la carestía. Hay un tremendo déficit de alimentos, ya que las cosechas en algunas partes del país son malísimas. España entera está sufriendo algo muy cercano al hambre"[13]. Esta postración alcanzaba a las Fuerzas Armadas, tal como admitía su alto mando en un informe elaborado en mayo de 1940: "España, después de una guerra de desgaste de tres años, se encuentra débil para intervenir […] Envueltos en la contienda que actualmente se desarrolla nos hallaríamos en circunstancias extraordinariamente penosas. Sin aviación ni unidades mecanizadas, sin artillería antiaérea ni cañones contracarros, sin tener efectuados los preparativos concernientes a la movilización de nuestras fuerzas, sin materias primas suficientes, sin los hombres que se encuentran en el extranjero y sin el entusiasmo de los que se hallan en España, no cabe duda que la empresa tendría muchísimas garantías de fracaso". [14]

En segundo lugar, España dependía del comercio con Inglaterra y Estados Unidos para abastecer de alimentos a la población y de petróleo a la economía. Sin duda, un embargo anglo-norteamericano podía bloquear el país y sumir a sus habitantes en la hambruna. El Ministro de Asuntos Exteriores, Serrano Suñer, explicaba al mismo Führer que necesitaba esos "cargamentos de trigo y petróleo" para evitar que la "vida española quedase paralizada"[15].

En tercer lugar, a los españoles, traumatizados por la dureza de la Guerra Civil, les horrorizaba verse envueltos en una nueva conflagración. Recién llegado a España, Samuel Hoare informaba a Winston Churchill "de que nueve de cada diez personas en el país no desean la guerra". A su entender, "lo único sólido es la repugnancia de la mayoría de los españoles frente a una posible participación en la guerra"[16]. Por añadidura, partidarios relevantes de la Dictadura no solo rechazaban que España padeciese una nueva guerra sino que miraban con auténtica aprensión al nazismo alemán. El representante norteamericano descubrió, pronto, "que la gran mayoría era más bien partidaria de los Estados Unidos y Gran Bretaña que del Eje". No solo "entre los "rojos", sino entre muchos de los sostenes del General Franco, principalmente entre los monárquicos y republicanos conservadores"[17].

Una vez que los embajadores anglosajones confirmaron sobre el terreno los informes redactados por sus analistas, tuvieron claro que la mejor estrategia para mantener al país neutral era ahondar en los motivos que provocaban la oposición a la guerra de los españoles. En primer lugar, ambos diplomáticos blandieron con eficacia la espada del bloqueo económico. En segundo lugar, Carlton Hayes y Samuel Hoare  aprovecharon las primeras derrotas alemanas (batallas de Inglaterra, El Alamein y Stalingrado), así como el impresionante despliegue norteamericano para demostrar que los ejércitos nazis no eran invencibles. De esta forma, hacían ver a las autoridades y a la población el sufrimiento que acarrearía a España enfrentarse a las potencias aliadas en una contienda de larga duración.

Durante cinco años, los embajadores inglés y estadounidense manejaron estas bazas para disuadir al general Francisco Franco de involucrar a España en la II Guerra Mundial.

 


[1] Véase: HAYES, Carlton J. H.: Misión de guerra en España, Epesa, Madrid, 1946 y HOARE, Samuel: Embajador ante Franco en misión especial, Sedmay Ediciones, Madrid, 1977.
[2] HOARE, Samuel: 1977, op.cit., p. 24.
[3] HAYES, Carlton J. H.: 1946, op. cit., pp. 11 y 18.
[4] Ibíd., p. 13.
[5] SERRANO SUÑER, Ramón: Entre Hendaya y Gibraltar, EPESA, Madrid, 1947, p. 180.
[6] HOARE, Samuel: 1977, op.cit., p. 16.
[7] Ibíd., p. 16.
[8] HAYES, Carlton J. H.: 1946, op. cit., pp. 12-13.
[9] Ibíd., p. 82.
[10] Memorándum del Foreing Office (9 de mayo de 1939). Reproducido en MORADIELLOS, Enrique: La perfidia de Albión, Siglo XXI, Madrid, 1996, pp. 368 y 369
[11] Entrevista a Ramón Serrano Suñer, París-Presse, 26 de octubre de 1945. Recogida en PIKE WINGEATE, David: Franco y el Eje Roma-Berlín-Tokio, Alianza Editorial, Madrid, 2010, p. 127.
[12] HOARE, Samuel: 1977, op. cit., p. 36.
[13] Ibíd., p. 37.
[14] Informe elaborado por el general Martínez Campos (8 de mayo de 1940). Citado en TUSELL, Javier y GARCÍA QUEIPO DE LLANO, Genoveva: Franco y Mussolini. La política española durante la II Guerra Mundial, Planeta, Barcelona, 1985, p. 98.
[15] SERRANO SUÑER, Ramón: 1947, op. cit., p. 240.
[16] HOARE, Samuel: 1977, op. cit., p. 38.
[17] HAYES, Carlton J. H.: 1946, op. cit., pp. 59.


 

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