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Adolfo Suárez: de la Guerra Civil a la Transición

Adolfo Suárez González

Entre 1936 y 1939, España se convirtió en un campo de batalla. Millones de españoles lucharon entre sí, divididos en dos bandos: los defensores de la República (anarquistas, comunistas, socialistas y republicanos) y los partidarios de instaurar un régimen autoritario (derecha católica, monárquicos, carlistas y falangistas). La conflagración terminó con la derrota de la democracia. El coste de la guerra fue elevado para un país de veinticinco millones de habitantes, en proceso de modernización: cientos de miles de muertos, cientos de miles de encarcelados, cientos de miles de exiliados y casi dos décadas de subdesarrollo económico.

Las generaciones que vieron la luz entre 1930 y 1955 crecieron marcadas por el trauma de este conflicto. Precisamente, Adolfo Suárez nació al comienzo de la etapa republicana. Era un niño cuando estalló la Guerra Civil. Como sucedió a otros muchachos, posteriormente, sus recuerdos infantiles fueron completados con historias llenas de horror, relatadas por sus mayores.

Fuera del ámbito familiar, el régimen franquista, también, mantenía viva la llama de la memoria. La evocación servía para activar el miedo y el miedo para prolongar la Dictadura. Con el recuerdo, el Gobierno señalaba a sus partidarios que la reconciliación no era posible. No, después del castigo que su propio bando había infligido a los "otros"; no, después del daño que el enemigo derrotado había hecho antes de caer; no, mientras sus adversarios continuaran siendo una amenaza presta a resurgir. Al españolito medio, deseoso de vivir en paz, los ecos del horror le avisaban de que desestimara aventuras "utópicas", si quería evitar que el espanto se repitiera. De los enemigos más tenaces, se encargaba la represión, dispuesta a administrar nuevas dosis de castigo sobre las heridas sin restañar.

Por añadidura, Adolfo Suárez perteneció durante su juventud al Movimiento Nacional y a Acción Católica. Dos instituciones que hundían sus raíces en el conflicto y que guardaban en el altar de su cámara sagrada el valor y el sacrificio de los suyos. El Movimiento Nacional provenía de Falange Española, un partido minoritario que solo obtuvo un escaño en las dos últimas elecciones generales celebradas durante la República. Para sus afiliados más decididos, la Guerra Civil empezó seis meses antes, cuando la organización emprendió una campaña de atentados por todo el país con el propósito de desestabilizar la Democracia. Falange contribuyó, así, al estallido de una guerra en la que sus militantes combatieron con ardor y de la que emergió como el partido único del bando vencedor. Por su parte, Acción Católica se fundó para servir a la Iglesia. En 1936, tras la victoria electoral del Frente Popular, la Iglesia consideró que su supervivencia peligraba bajo el mandato de un gobierno de izquierdas que tenía cuatro años por delante para reformar el país. Así que bendijo como "cruzada" el levantamiento militar, concurrió con su feligresía a la lucha y aportó sus mártires al censo de víctimas de la masacre.

Transcurrieron los años y, en la década de 1960, el país se transformó. Un número creciente de españoles empezó a considerar que la Dictadura era una forma de gobierno anacrónica que no cubría sus expectativas.

En primer lugar, porque el régimen franquista lastraba el porvenir de la nación. Los españoles querían incorporarse a la prosperidad que vivían los países integrados en el Mercado Común. De hecho, el general Francisco Franco había echado los papeles para intentar engancharse al vagón de cola del tren europeo. Pero aquel no solo era un club de países ricos, también, era un grupo de estados democráticos. Así que respondieron que no a la petición de España, mientras estuviera regida por una Dictadura. A partir de esta negativa, un porcentaje en aumento de la población pensó que el progreso económico pasaba por instaurar un régimen de libertades. En segundo lugar, la afluencia de treinta y cinco millones de turistas y la marcha de un millón y medio de emigrantes permitieron a los españoles relacionarse con ciudadanos de más allá de los Pirineos. Este contacto convenció a muchos de que sería bueno tener un estado del bienestar semejante a los existentes en Alemania, Francia o Inglaterra. El general Francisco Franco tenía razón al temer que tantas visitas de extranjeros transformarían la forma de pensar de los españoles. A todo esto, el espíritu renovador del Concilio Vaticano II cambió la Iglesia. Un sector pujante de las bases católicas y de las jerarquías eclesiásticas se desmarcó de la Dictadura y apostó por la democracia como la forma de gobierno ideal para el pueblo español.

De todo ello, afloraban muestras en la calles y en los lugares de trabajo. Frente a los despliegues policiales, multitudes de españoles se manifestaban reclamando libertades, mejoras sociales o autonomía para sus regiones.

A finales de los años sesenta, el joven Adolfo Suárez se había hecho "reformista". También, a su modo de ver, el futuro aguardaba en la Europa rica y democrática de aquellos años. Por eso, se adscribió al sector "aperturista" del Movimiento Nacional y estrechó lazos con políticos ligados al catolicismo que planeaban democratizar el país. En 1975, el general Francisco Franco y Adolfo Suarez se encontraron en una recepción en el palacio de El Pardo. El general preguntó al político abulense si creía que el Movimiento Nacional sobreviviría a su fallecimiento, el joven político contestó, respetuoso, que "no lo creía". Entonces, Francisco Franco le preguntó si consideraba el futuro de España "inevitablemente democrático", a lo que  Adolfo Suárez le respondió que "sí" (recogido en PAYNE, Stanley G.: "La Política". En GARCÍA DELGADO, José Luis: Franquismo. El juicio de la historia, Temas de Hoy, Madrid, 2000, p. 261).

Efectivamente, la Dictadura no sobrevivió a la desaparición de su fundador. El fallecimiento del General cerró cuarenta años de historia de España. Unos meses más tarde, Adolfo Suárez iniciaba la voladura controlada del edificio franquista con la intención de abrir al pueblo español el cauce de la democracia. El problema estribaba en que promover una transición que llevara a España de la Dictadura a la Democracia conllevaba el riesgo de desatar una nueva Guerra Civil.

Los españoles eran conscientes de este peligro y rechazaban asumir su coste. Las encuestas reflejaban que el 44% de la población se sentía de izquierdas, frente a un 37% que se calificaba de derechas. Sin embargo, pese al predominio progresista, la mayoría del país valoraba más la estabilidad (56%) que la democracia (33%). Millones de españoles deseaban libertades pero no al precio de un nuevo enfrentamiento fratricida (recogido en MORADIELLOS, Enrique: La España de Franco (1939-1975), Editorial Síntesis, Madrid, 2000, p. 204).

Así pues, el recuerdo de la contienda estuvo presente en el ánimo de los políticos que impulsaron la Transición. La "Guerra" era una presencia percibida en las reuniones donde se tomaban las decisiones. Un fantasma silencioso pero escuchado. En 1980, el entonces Presidente del Gobierno confesaba:

Mi mayor preocupación actual es la convivencia. La democracia puede ser más o menos buena, pero lleva en sí unos altos niveles de perfeccionamiento. Y la perfección máxima consiste en la convivencia perfecta. Hay que crear las condiciones necesarias para que los españoles convivan por encima de sus ideas políticas; que las ideologías no dañen las relaciones de amistad, de vecindad. Sé que es un objetivo posible; estoy convencido. Y si lo conseguimos, habremos hecho una labor histórica de primera magnitud. Por fin habríamos acabado con todas las previsiones de enfrentamientos históricos. La transición española dará un ejemplo al mundo. El símbolo, para mí, es que sean amigos personas de partidos diferentes, pero amigos. Que por la mañana puedan ir a votar juntos, y después sigan charlando y discrepen, pero civilizadamente. Que no traslademos al país nuestro rencor personal. Que no ahondemos con diferencias políticas las diferencias regionales y económicas que ya existen. Diferencias que, además, tampoco son insalvables… ese es mi auténtico objetivo. Esa sería mi compensación (Adolfo Suárez, entrevista realizada en 1980 por la periodista Josefina Martínez del Álamo y publicada en ABC, Madrid, 23 de septiembre de 2007).

El sueño del Presidente del Gobierno se consiguió y su aportación fue decisiva. Para contribuir al proceso democratizador, Adolfo Suárez hizo acopio de virtudes enmarcadas en lo que convenimos en llamar el "Bien". Tuvo la sensibilidad de acercarse al sentir de los españoles y respetarlo, la honradez de cumplir con el compromiso que le llevó al poder y la nobleza de emplear su coraje para una tarea de paz, a diferencia de quienes, años atrás, blandieron su valor para combatir en una guerra, cuya cicatriz todavía cruzaba la geografía nacional.

 

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