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Un recorrido por La Palma de los años cuarenta (I): bajo el techo de la Dictadura

Durante la II República (1931-1936), la crisis económica y el cierre de la emigración hacia América confluyeron para provocar un importante malestar social en La Palma. El descontento surgido llevó a muchos isleños a recalar en organizaciones republicanas, socialistas y comunistas que abogaban por transformar profundamente el país. La contundente represión desatada, a lo largo de la Guerra Civil (1936-1939), ahogó esta movilización popular. Pero, tanto la depresión económica como el bloqueo migratorio persistieron durante la Postguerra (1939-1947), de modo que la Dictadura implantada por lo vencedores procuró asegurar el control social manteniendo un alto nivel represivo, vigilando a la población disidente y militarizando a la juventud.

La represión. En efecto, el "terror" se prologó durante los años cuarenta. Dos de los once fusilamientos ejecutados en la provincia al concluir la contienda tuvieron como víctimas a palmeros acusados de deserción. Varios jóvenes más se libraron por poco. Sometidos a consejos de guerra por pasarse al bando republicano, fueron condenados a la pena inmediatamente inferior, cadena perpetua.

En 1941, llegaba la noticia del fallecimiento en prisión del anciano líder del republicanismo palmero, Alonso Pérez Díaz. La represión había completado su castigo sobre los dirigentes más relevantes del conjunto progresista de la sociedad. Ninguno volvería a ser visto con vida en La Palma. El principal dirigente de los comunistas había sido fusilado, en Tenerife, al comienzo de la Guerra; el presidente del sindicato obrero había "desaparecido", en un barranco de los alrededores de Santa Cruz de La Palma, en el invierno de 1936; y el líder de los socialistas isleños permanecería en el exilio mejicano hasta el final de sus días.

Mientras, decenas de presos políticos seguían encerrados en las cárceles del Archipiélago. Si bien, poco a poco, abandonaban el presidio y retornaban a sus pueblos. Pese a su liberación, muchos de ellos continuaron enfrentándose a la justicia de los vencedores, pues, en los años siguientes, tuvieron que rendir cuentas a los Tribunales de Responsabilidades Políticas y al Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo.

Paralelamente, la represión cotidiana prorrogaba su actividad. Consistente en palizas, detenciones, humillaciones, incautaciones, etc, su empleo se consideraba imprescindible para afianzar un régimen conservador en una Isla donde el sindicalismo comunista había tenido influencia y donde la crisis económica podría provocar que el malestar generalizado se convirtiese en sedición. En aquella época, Luis Cobiella Cuevas era estudiante. Según su testimonio, la represión en La Palma "evoluciona". Durante 1936 y parte de 1937, "se acabó con los cabecillas, que es la primera causa de la represión", pero, "eso no autorizaba a pensar que se había acabado con la otra causa, es decir, por miedo paralizar a la gente, al posible enemigo". Entonces, "hasta el 45, por supuesto", el miedo "continuó vigente". Aunque las organizaciones de izquierdas "estaban decapitadas" y "diezmadas", "el miedo se seguía sintiendo como necesario y, entonces, no se fusiló, pero se siguió agarrando a la gente mediante el miedo"[1].

La vigilancia. Como señalaba el republicano tinerfeño Tomás Quintero Espinosa, en Canarias, tras la contienda, se instauró "un estado policiaco"[2]. El primer objetivo de la vigilancia fueron los centenares de presos políticos liberados entre 1939 y 1943. Falange Española, la Policía Municipal y la Guardia Civil se encargaron de controlar a los excarcelados que regresaban a sus localidades. Sabiéndose acechados, los antiguos reos escribían cartas de este tenor: "siempre ando sin compañías y procuro, al unirme a algún amigo, hacerlo con los que tienen muy reconocida personalidad, que siempre he procurado alejarme de toda clase de entretenimiento que me pueda perjudicar"[3]. Juan Buenaventura informaba, en su carta mensual, que se portaba "como buen ciudadano" y evitaba "las malas compañías y todo cuanto pueda conducirme a la comisión de nuevos delitos"[4]. Ezequiel Pérez, por su parte, contaba que llevaba "una vida tranquila pero conforme"[5].

La militarización. Los soldados que combatieron en los frentes peninsulares, las quintas incorporadas por primera vez al ejército y los presos políticos que no cumplieron el servicio militar por estar encarcelados fueron llamados a filas, ante la posibilidad de que la II Guerra Mundial involucrase a España. La movilización militar alivió tensiones, igual que hizo en el pasado la emigración. Esta vez, en lugar de marchar a América, los jóvenes ingresaban en los cuarteles, donde el sometimiento a la disciplina castrense reforzaba el control social. El nuevo llamamiento afectó inmediatamente a los excombatientes. Víctor Acosta pertenecía a una de las quintas que habían luchado en la Guerra. Su vida de paisano resultó efímera porque, al poco de regresar, fue militarizado de nuevo:

Estuve muy poquito tiempo trabajando como jornalero en los plátanos, porque a los pocos meses estalló la Segunda Guerra Mundial, y Franco, temiendo un desembarco de los Aliados, fortificó el Archipiélago y nos volvió a movilizar…nos establecieron en el barrio de Argual, en unos almacenes de los Morriña y de los Sotomayor. Allí acamparon a un batallón entero formado por hombres que habíamos estado tres y cuatro años en la Guerra Civil. Nuestra misión era sujetar un posible desembarco de barcos y aviones aliados con  unas ametralladoras y unos fusiles del año "la nana". Así pues, durante los años que transcurrieron entre 1937 y 1944, tuve que enfrentarme a una vida de milicia. Desde la Guerra Civil a la II Guerra Mundial, no hice otra cosa que comer y dormir a cambio de exponer mi vida para proteger la patria[6].

Asimismo, los presos liberados que no habían realizado el servicio militar fueron encuadrados en los denominados Batallones de Trabajadores. Las autoridades militares destinaron trescientos de ellos al Norte de África. Su periplo se inició en mayo de 1939, al ser trasladados de Fyffes al campo de concentración de Rota (Cádiz). A las pocas semanas, fueron enviados al Protectorado español de Marruecos donde integraron el Batallón de Trabajadores nº 180. Allí, tuvieron el cometido de construir fortificaciones en Tetuán, Rincón del Medik, Agadir-el-Kruch, Xauen, Alcazarquivir y Larache. Nakens Morales estuvo destinado en el destacamento acampado en el Rincón del Medik, situado entre Ceuta y Tetuán. Fue enviado allí, después de haber pasado tres años como preso gubernativo en Fyffes. Según su relato, "trabajó abriendo carreteras con pico y palas y sufriendo una gran escasez alimentaria". Durante su estancia en Marruecos, contrajo paludismo, enfermedad "que le duró toda su vida"[7].

La emigración clandestina. A partir de 1947, el malestar político creado por la carencia de libertades y el desasosiego causado por la recesión económica encontraron una vía de escape en la marcha a Venezuela. La primera etapa de la emigración fue clandestina. Sus protagonistas fueron opositores al franquismo que planearon los viajes y constituyeron la mayor parte del pasaje. La frustración de sus expectativas de democratización tras el final de la II Guerra Mundial y el acoso policial sufrido indujeron a muchos de los integrantes de la resistencia a cruzar el océano en busca de libertad y prosperidad. La reapertura de la emigración contribuyó a afianzar el régimen franquista, porque el éxodo de centenares de palmeros libró a la Dictadura de la presión ejercida por los jóvenes que renegaban de la pobreza y por los opositores que ansiaban libertad. Así, cuando los emigrantes palmeros que viajaban en el pesquero "Emilio" arribaron a Venezuela, manifestaron a los periodistas locales que "el motivo de su salida de España" había sido escapar del "terror franquista"[8]. Según la investigación realizada por el historiador Néstor Rodríguez Martín, un tercio de los emigrantes que partieron del Archipiélago en los llamados "barcos fantasmas" procedían de La Palma y buena parte de ellos tuvieron razones políticas para emprender la travesía. Cuando, a fines de 1948, la dirección del Partido Comunista en Las Palmas encomendó a Florisel Mendoza Santos restablecer la organización en Santa Cruz de Tenerife "tuvo que enterarse de quiénes quedaban en la Isla tras la marcha a Venezuela en veleros". Se desplazó a La Palma, pero, en sus palabras, allí "no encontré a nadie". Muchos de los principales activistas habían abandonado la Isla. En estas condiciones, el intento de reorganizar el Partido "no fue posible. Mejor dicho, fue imposible"[9].


[1] Luis Cobiella Cuevas, estudiante, 72 años, Santa Cruz de la Palma.

[2] QUINTERO ESPINOSA, Tomás: La guerra fratricida, s.n., 1980, p. 67.

[3] Carta remitida al Director de Fyffes, 2-2-1942, expediente penal de José Gutiérrez Hernández, APP.

[4] Carta remitida al Director de Fyffes, 1-1-1942, expediente penal de Juan Buenaventura Rodríguez, APP.

[5] Carta remitida al Director de Fyffes, 1-1-1942, expediente penal de Ezequiel Pérez Rodríguez. APP.

[6] ACOSTA ACOSTA, Víctor; El correr de mis días, inédito, Tazacorte, 1999, p. 49.

[7] Relato de las vivencias como preso político de Nakens Morales Hernández, archivo privado familiar, Tazacorte.

[8] DÍAZ SICILIA, Javier: Al suroeste la libertad. Emigración clandestina de canario a Venezuela, (1948-1951), ediciones Ynoldo Díaz, [s.l.], 2003, p. 33.

[9] MENDOZA SANTOS, Florisel: Con los parias de La Tierra, Centro de la Cultura Popular Canaria, Tenerife, 2004, p. 113.

 

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