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La Plaza
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La punta del Iceberg

   Todas las mañanas, los jóvenes que anidan en nuestros barrios cruzan las calles con sus tribulaciones a cuestas y convergen, como una marea, en el hábitat cerrado de los colegios. Allí, prensadas, las frustraciones degeneran en conflictos que aplastan a muchas Aranchas contra los muros del recinto.

   Una sociedad consciente debió juramentarse para cuidar a Arancha y librarla de sus acosadores. Pero, nuestra sociedad tiene atrofiados sus lazos de solidaridad. Vivimos en una enorme aglomeración humana, regida por instituciones carentes de empatía, que regulan el devenir colectivo sin tener en cuenta las figuras diminutas y prescindibles que recorren las aceras.

   La asociación de padres lo vio venir. Llevaba tiempo alertando de que los incidentes que ocurrían en el Instituto "terminarían en los informativos". En sus cartas a la Consejería de Educación, tildaban de "raro el día que no hay amenazas, faltas de disciplina, altercados o que tenga que venir la policía por incidentes graves" (El País, 30-5-15).

   También los alumnos exteriorizaron su descontento. "No cabemos", reza una pancarta colgada a la puerta del colegio. Y es que la cifra de estudiantes que pueblan el "Ciudad de Jaén" se ha duplicado en seis años. Al lado, otro trozo de tela recoge garabateado el desengaño de los estudiantes: "no necesitamos tonterías, necesitamos soluciones".

   Por su parte, los profesores sienten que van "a un polvorín" cuando acuden al trabajo. "Apretamos los dientes, y a seguir", confesaron al reportero que les entrevistó (El País, 30-5-15).

   Interpretar como hechos aislados lo que lleva años sucediendo en el IES "Ciudad de Jaén" es un diagnóstico desacertado. Más bien, estamos ante la punta del iceberg. Decenas de colegios en España consagran su día a día a bracear para mantenerse a flote.

   El deshacer de nuestros gobernantes ha enquistado los problemas. Los políticos no creen en lo que gestionan, no creen en la Educación pública. Así que están liquidando. Hace tiempo que decidieron reducir los ingresos que nutren la Enseñanza y dejar sin rescate a la Escuela. No les altera que sigamos a la cola de Europa. Ni que los casos aislados se repitan. No les conmueve que la gente levante la voz. Sus planes son otros.

   Además, la potencia de los medios de comunicación afines al Gobierno es mayor que el clamor de la queja. Las autoridades disponen de antenas bífidas capaces de dejar en las sombras una parte de la realidad y proyectar otro encuadre más conveniente a sus propósitos. Sus emisiones generan confusión y terminan por diluir la protesta en el estanque del "qué le vamos a hacer".

   Sus medios oscurecerán el día a día del colegio, pero enfocarán el expediente al director del instituto. Un cortafuego abierto en el escalón inferior para evitar que las responsabilidades alcancen a los responsables. Ya lo intentaron antes, cuando el virus del ébola apareció por Madrid y las autoridades señalaron como culpable de la crisis a una de las enfermeras que arriesgaba su vida. Ahora el problema afecta al ámbito de la Educación, así que toca encontrar al cabeza de turco entre los maestros. Después, recurrirán a la razón económica. Argumentarán que la Enseñanza Pública es cara, imposible de sostener en medio de una recesión. Sin embargo, dejarán en la penumbra que, al tiempo que niegan fondos a las escuelas públicas, continúan subvencionando colegios privados. Por último, los gobernantes acudirán a la propaganda. Anunciarán que, pese a todo, conciben proyectos que optimizan el sistema educativo en nuestro país. Aunque, a veces, el discurso institucional sea desmentido por una sencilla pancarta atada a la valla de un instituto: "690 alumnos en 2008/ 1130 en 2014".

   A nuestras autoridades les da igual. Están inmunizadas. Como reconoce uno de sus principales espadas, les "falta piel", sensibilidad. Están en las instituciones para imponer sus concepciones. No les importa que sus decretos dejen cicatrices en la vida de la gente.

   Aunque, quizás, quede un recurso para que tanto dirigente prepotente, corrupto e inclemente se sienta cercano al común. Juntémonos en una de esas plazas grandes que reavivan los lazos entre las personas e invitémosles a tomar un whisky de marca. Después, alcemos el vaso hacia el balcón desde donde nos contemplan y recurramos a su mismo lenguaje para preguntar a coro: "bueno, queridos, ¿qué hay de lo nuestro?".

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