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La tendedera

Santa Cruz de La Palma, la ciudad de Jaime Pérez García

Jaime Pérez García, nos deja huerfanos con manos llenas

En la rada de la Caldereta surgió a finales del siglo XV un puerto, atraque y puerta de arribada de una nueva cultura. En su entorno comenzó el asentamiento de una población que en un principio, y por disposición del Adelantado, Alonso Fernández de Lugo, fue bautizada como  villa de Santa Cruz. Por el contrario en las Sinodales del obispo Fernando Vásquez de Arce (1514-1515) figura el topónimo de Villa del Apurón cuando con anterioridad a este año, al menos en los años 1504 y 1508, consta documentalmente que en realidad, oficialmente y políticamente se denominaba villa de Santa Cruz.

Las datas o repartimiento, anteriores a 1514, del mismo Adelantado, con su firma y fecha corrobora el topónimo de villa de Santa Cruz. Es curioso observar que en el  documento episcopal tampoco se refiere al topónimo de San Miguel de La Palma, cuando en  documentos políticos-económicos de años anteriores figura  el topónimo completo de "ysla de Sant Miguel de La Palma". Este topónimo miguelino fue dispuesto por la reina Isabel, en Córdoba, el 16 de julio de 1492 al contrario de lo que recoge la tradición de que se debe a que la conquista de La Palma comenzó el 29 de septiembre, festividad de San Miguel.

Los porque de este erróneo nombre de Santa Cruz de La Palma por el de villa del Apurón se escapan a cualquier planteamiento rigurosamente histórico. Las Sinodales de Fernando Vásquez es el único documento oficial conocido que hace referencia a esta denominación y debió corresponder a algún modismo popularizado y vulgar del lenguaje coloquial del momento, pero nunca oficial. Las explicaciones alegadas, hasta ahora, son gratuitas y  se enmarcan dentro de fuentes de trasmisión oral y  leyenda.

El florecimiento de esta ciudad, tenida como espléndida, culta y liberal se debe el haber estado abierta, de par en par, a todo aquello que de bueno venía de los cuatro puntos cardinales y arribaban en paz a su costa oceánica y bravía.

Distintas gentes y razas, distintas culturas y credos, distintas corrientes artísticas -flamencas, barrocas, mudejar, renacentista- distintos productos de exportación zarparon de su puerto -azúcar, vino, tabaco, seda, cochinilla y plátanos-  y confluyeron favorablemente en el carácter de sus gentes, que aún hoy  se respira entre sus nobles y vetustas  piedras, calles y callejones, besadas por  la fina maresía del océano Atlántico.

Fue el centro espiritual de La Palma, con su parroquia matriz de El Salvador y el Santuario de la Virgen de las Nieves. De aquí partieron, abriendo caminos polvorientos a una nueva fe, clérigos dominicos que extendieron  la devoción a la Virgen del Rosario -en todas las parroquias  históricas palmeras existió una cofradía bajo la advocación- y frailes franciscanos que por imperativos de la orden estaban junto al más necesitado.

Santa Cruz de la Palma es cuna de ilustres hijos, que hicieron de lo estrictamente local, un modo de ser universal. Generosos y tolerantes. Vieron más allá de su demarcación territorial el bien común y el florecimiento económico tanto de sus gentes, la isla, como de los que fuera del contorno de su perímetro se encontraban.

Vigilantes de las inquietudes sociales, económicas y culturales no dudaron en dotar al pueblo de escuelas, imprentas, periódicos, nuevas propuestas agrarias, teatro, música, bibliotecas y museos, ciencia -en 1892 el recordado científico aridanense Elías Santos Abreu creó el primer laboratorio bacteriológico y clínico de Canaria y de los primero de España-. Ciudad adelantada en la enseñanza -escuela lancasteriana- , en el cine y la fotografía,  luz eléctrica, telégrafos y prensa -el periódico decano de los de Canarias, Diario de avisos, se fundo en Santa Cruz de La Palma en 1890.

No parece casual que albergue, desde el lejano siglo XIX, con dos teatros cuando apenas contaba con unos 8.000 habitantes. Emana cultura, participación de gentes amantes de las artes escénicas y la música. Se cuenta que el primer piano con que contó la isla, se encontraba en la casa Massieu de la hoy plaza de España, se adquirió entorno a 1860 con la venta en Marsella de cochinilla. El documento acreditativo recoge: "Remití para la compra del piano (…) cochinilla a vender en Marsella" y continua "ahora suponiendo que en la factura de venta de los 12 sacos fechada en septiembre de 1860 (…) la cochinilla del piano". Por suerte este piano se conserva, no fue combustible en el pavoroso incendio del inmueble de 1990.

Santa Cruz de La Palma amaba la música de altura. En el comercio se vendían partituras y biografías de músicos universales. En 1870 Valentín de Cándido llega a la localidad para ofrecer la contratación de una compañía de "de opera italiana para el invierno" en la que vendría como director Manuel Rodríguez, director de coro M. Sirrero, prima donma absoluta Virginia Tilli, alta prima Marieta Gubiano y Rosina Maricoth, Enricheta Lanreti, Conrado Conti y Augusto Ferreti.

Compaginó los adelantos de la industria con las viejas costumbres y tradición. Máquinas sederas hilaron industrialmente madejas de seda cruda que exportaron a Lyón y loza popular que moldeaba, la última locera de la isla, Anuncia Vidal. Las labores del arte del tabaco puro, llegaron a reconocimientos internacionales. En 1867 los productos del agro palmero participaron en la Exposición Universal de París y según las crónicas iban "curiosamente colocadas en cajas hechas de madera de la misma localidad, las cuales lleva doble tapa de cristal, y era curioso ver con cuanta inteligencia está todo expuesto. Con las plantas iban sus semillas y sus frutos en distintos departamentos de la misma caja; así que en la que contenía tabaco se veía sus semillas, la planta, el tabaco picado y tabaco torcido…".

Ideales de diferentes opciones políticos y sindicales se conjugaron en Santa Cruz de La Palma. En 1898 se gestiona constituir una asociación para proteger la industria del bordado "que tanto trabajo estaba dando a las mujeres de la isla" y  "estaba paralizada porque no podemos exportar a Cuba" y ser cuna de José Miguel Pérez y Pérez fundador en Cuba (1925) y en La Palma (1927),  del Partido Comunista, primer movimiento comunista que aparece en Canarias. 

Fastos acontecimientos recorrieron sus calles y plazas. Arcabuces y cañones repelieron velámenes henchidos de guerra. Balcones y ventanas de celosías ocultaron al caminante la belleza oculta del interior con lujosos patios, hermoseados del colorido y la frescura manada de plantas y flores. Todavía se respira el dulce olor a productos ultramarinos, de importación diversa. Se escucha el sonido inconfundible de las fichas de dominó sobre el mármol de una mesa y el de rechinar incesante de las tijeras del barbero mientras el cliente, sentado en la clásica silla  giratoria, espera  pacientemente. Nobles piedras esculpidas en iglesias y conventos, escalinatas, dinteles y fortificaciones tienen la huella de millones de miradas y el desgaste resbaladizo de la  pisada.  

Sobre azoteas y tejados a cuatro aguas, cubiertos de bejeques, revoletea la pasión. Son las banderas con los colores de los club de fútbol, del Mensajero y el Tenisca. Eternos rivales. Se diría que la sociedad se divide en dos colores, negro y rojo y blanco. La pasión y sana rivalidad se desprende de igual forma cuando llega la Navidad con las rondallas de Divinos, del Salvador y San Francisco. Parece como si fueran herederos del espíritu políticos contrarios, pero no irreconciliables, de los decimonónicos partidos de los carboneros (liberales) y de los cangrejos (conservadores). Ante lo que opinaba el aridanense Benigno Carballo Wangüemert (1826-1864),  "…los pueblos sin opinión y sin vida política son pueblos muertos".

El mar y el sol de naciente salpican e ilumina  balconadas y ventanas, que se multiplica en las cristaleras. El salitre lo seca los tenue rayos del amanecer. Atalaya y vigía de ese mar, la ermita de San Telmo. Patrono de los mareantes y pescadores que pusieron a sus pies la mejor y más lujosa ofrenda una nave, el bellísimo galeón procesional el siglo XVII.

Y el habla…  Ese tono cantarín y dulce cargado de notas musicales, de niños, hombres y mujeres, envuelve al foráneo en una extraña mezcla entre la dulzura y el embrujo. El tiempo lo marca el reloj de la torre de El Salvador y el ritmo el acento del verbo de sus gentes.

La fiesta está presente en la calle durante 365 días, llevando la contraria a la hoja del almanaque. En forma física y recordatorio de vivencias y nueva ilusión de convecinos: el castillo y el barco de la Virgen; el enano; la Cruz del Adelantado -popularmente del Tercero-; el bronce del canto de los Divinos y la Avenida de los Indianos. Todos y cada uno de esas expresiones festivas dan carácter e identidad a un pueblo.

En fechas de Bajada Lustral la ciudad se enluce. La pátina de cincos largos años de espera se convierte, después de tres siglos y treinta años,  en  renovación de promesa, como dispusieron los fundadores, de rogativa y plegaria de solicitud de mansas y copiosas lluvia. Parece como si La Palma y los palmeros pidieran a la Virgen y patrona de la isla, Nuestra Señora de las Nieves, que la venerada imagen de terracota derrame gotas de fertilidad. Gotas de agua como las que amorosamente amasaron, manos anónimas, dando belleza a la tierra barrienta y cúayugaron a levantar  su efigie.

Ya está aquí, viene ya. Es la señora, de la primitiva ermita del monte del siglo XVI, que se encuentra cada cinco años con una ciudad abierta,  soberbia, culta, tolerante, solidaria y viva de historia. La Virgen y la ciudad extienden un renovado y lujoso manto de bienvenida, bordado de finos hilos de oro y ricas piedras preciosas, sobre las cabezas y sienes de todos lo que se acercan a ellas. 

Esta es la ciudad de Jaime Pérez García, su cronista oficial, quien nos deja huérfanos con las manos llenas. Siempre guardaré el recuerdo del saludo cariñoso y próximo, con el dulce acento de la ciudad de Santa Cruz de Palma: ¡Hola, preciosa!

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