Enseguida me temí lo peor. Y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Y ya no me lo quité de encima el resto de la tarde. Y en las primeras horas de la noche.
La mañana confirmó el peor de los pronósticos y, de pronto, fue revivir los cinco meses de agotador tránsito por esos pasillos interminables del hospital que te arrancan pedazos de ti mismo cada día, a mordiscos. Y fue volver a sentir el desengaño que es engañarte a ti mismo porque la vida siempre tiene la última palabra y tú no tienes nada que hacer, salvo aferrarte a la cordura y no sucumbir. Porque finalmente todo se reduce a aguantar y buscar un sentido a lo que carece por completo de ello.
Y ayer, al regresar a casa, con las bolsas de la compra y el alma rota, decidí concederme un respiro: y me senté en la cama y lloré como no la hacía desde hace siete meses. Y todo porque recordé el viernes 1 de mayo y la felicidad compartida con mis ojos cubiertos de lágrimas mientras los chicos desfilaban en la guagua descapotable y festejaban un merecido y trabajado ascenso y mi madre estaba a punto de irse de este mundo sin que ni ella ni nadie sepamos por qué, después de un calvario que solo le deseo a aquellos miserables para los que no hay infierno ni eternidad suficientes que les haga pagar por sus crímenes.
Descansa en paz, Jesús de Miguel. Que dios te bendiga y que ese mismo dios (si es que existe) nos proteja en estos tiempos terribles.










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