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El callejón
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Dos parábolas de Graham Greene

La mañana del viernes se volteó con el sobresalto y durante el resto del día ya nada fue igual. En cuestión de horas, la actualidad, que es como una bola de ruleta que nunca deja de saltar de una casilla a otra, al albur de su capricho, nos llevó de un punto a otro de la geografía del mundo (de Anantapur hasta Arrigorriaga) para ofrecernos un retrato feroz y descarnado de la inevitable dualidad que caracteriza a la condición humana. El hombre, "la fiera que ruge y canta ciega, ese animal remoto que devora y devora primaveras" (Silvio Rodríguez, En estos días, 1977), desconcertante criatura que en sus entrañas alberga el fuego sagrado y, al mismo tiempo, la llamarada incandescente de su propia extinción, volvía de nuevo a las andadas.     

Desde un punto de vista estrictamente biológico, apenas existe la menor diferencia entre el filántropo Vicente Ferrer y el individuo o individuos que montaron la bomba que acabó con la vida del inspector de policía Eduardo Puelles. Todos pertenecen a la misma especie y forman parte de la misma cadena evolutiva. Sin embargo, entre el ex jesuita y los asesinos se abre una suerte de abismo que, forzosamente, nos conduce a plantearnos en qué momento del proceso que dio comienzo hace ya varios millones de años se produjo el fatídico error, cuándo y dónde tuvo lugar la irreparable alteración, el fallo fatal que parece condenar al ser humano a vagar errante y solitario entre dos eternidades de tinieblas.

Si bien es cierto que tal vez la literatura no nos ayude a despejar tan intrincada incógnita, no lo es menos que ésta, como cualquier otra forma de arte, sí contribuye a que experimentemos una cierta reconciliación con la vida y, por tanto, con nosotros mismos. Pienso en ello porque la noticia de la muerte del octogenario misionero catalán y el último crimen de ETA me encaminan, irremediablemente, a dos obras del novelista Graham Greene (1904-1991): Un caso acabado (A burnt-out case, 1960) y El americano impasible (The quiet american, 1955).

El primero de los títulos transcurre en una leprosería del Congo, adonde acude Querry, un célebre arquitecto que trata de huir de cuanto rodea a una insulsa existencia en Londres, con el firme e íntimo propósito de perderse y de reencontrarse a sí mismo. Al frente del hospital figura un admirable personaje, el doctor Colin, que no es otra cosa que un trasunto imaginario del médico Michel Lechat, a quien el autor de El factor humano conoció en el curso de uno de sus numerosos viajes al continente africano.

Por su parte, la segunda novela (llevada con desigual fortuna a la gran pantalla en dos ocasiones) recrea las primeras escaramuzas de la guerra de Indochina, que luego derivó y degeneró en Vietnam, relatadas con sobria y magnífica pulsión narrativa a partir del inquietante trío que conforman sus protagonistas. Uno de ellos, Alden Pyle, el personaje del joven y bienintencionado médico norteamericano, representa en esta ficción el discutible papel que su país desempeñó en los orígenes de dicha contienda colonial.

En esta historia resulta absolutamente inolvidable la sobrecogedora escena del atentado que se produce en una plaza, a plena luz del día. Momentos después de la explosión, el doctor se presenta en el escenario vestido con un inmaculado traje blanco. Ante la indignación del narrador, un periodista inglés del que apenas sabemos que se llama Thomas Fowler y que mantiene una relación adúltera con Phuong, una bella muchacha nativa, el americano trata de convencerle de que ese es el precio que habrá de pagar el pueblo vietnamita para alcanzar la independencia. "Ahí tienes tu democracia nacional, sobre el zapato derecho", le responde airado el británico, quien señala a los elegantes mocasines de su interlocutor, manchados de sangre.

Confieso que nunca he conseguido sacarme esta imagen de la cabeza y, con sinceridad, no encuentro una manera más certera y elocuente de simbolizar la barbarie del terrorismo etarra que con la estampa indeleble de un par de zapatos de marca cubiertos de sangre.

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