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El callejón
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La metamorfosis

A Stan Lee y Steve Ditko, in memoriam

Cuando el joven Peter Parker despertó una mañana, confuso y angustiado, entre las sábanas sudorosas que lo atrapaban como las arenas movedizas del siniestro paraje marciano en el que había estado a punto de sucumbir, víctima de una de sus recurrentes pesadillas (acompañaba a su admirado Flash Gordon, como torpe ayudante, en su enésimo intento de seducir a la Reina de las Amazonas del Planeta Rojo), se descubrió sobre su cama transformado en una monstruosa araña.

Estaba recostado encima de un gigantesco caparazón, que resultó ser el dorso de su inmensa cabeza. Horrorizado, contempló con repugnancia que su vientre era una asquerosa protuberancia de la que salían ocho patas cubiertas de vellosidades repulsivas. Parker apenas podía moverse y sus extremidades vibraban nerviosas ante sus múltiples ojos, ofreciendo un espectáculo aberrante que le era imposible soportar.

«¿Qué ha ocurrido?», pensó, mientras sentía que todo le daba vueltas a una velocidad vertiginosa: estaba a punto de perder el conocimiento.

Y lo que es peor: iba a perder la cordura. Porque, con una convicción terrible, empezaba a percibir que la realidad no era un sueño. Su cuarto seguía siendo su misma guarida de siempre: la modesta estantería de tres baldas (con su colección de tebeos y las novelas de bolsillo de Edgar Rice Burroughs), los pósters de películas (entre ellos había uno de King Kong y otro de La humanidad en peligro) y la mesilla de noche sobre la que aún reposaba un ejemplar de El increíble hombre menguante, desgastado por las relecturas.

La mirada agónica de Peter se dirigió entonces hacia la ventana y contempló cómo las primeras luces del sol esparcían su brillo entre las rendijas de la persiana.

«¿Qué ocurrirá cuando tía May venga a desperezarme como hace cada mañana?», pensó Parker y sintió que la idea le recorría con el latigazo de un escalofrío su cuerpo invertebrado.

Intentó reaccionar y trató por todos los medios de incorporarse. Cien veces hizo el esfuerzo, al mismo tiempo que cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y cien veces hubo de desistir porque comenzaba a notar en el abdomen un dolor sordo y penetrante, como la punta de mil alfileres, que nunca antes había sentido.

«¡Dios mío! -se dijo-. ¡Qué va a ser de mí! ¿Quien va a querer salir con una puñetera araña? ¡Me aplastarán como si fuera un gusano!»

Sintió sobre el vientre un leve picor y con la parte posterior de la cabeza se deslizó lentamente más cerca del cabecero de la cama para poder levantarse. Sin embargo, se encontró con que de la boca (de la cavidad que antes era su boca y que ahora había sido reemplazada por una especie de grotescas mandíbulas) le supuraba un extraño goteo de saliva viscosa, traslúcida, que dejaba el rastro de una estela consistente, compacta.

Tras unos instantes de desconcierto, el joven cayó en la cuenta de qué se trataba aquel líquido de apariencia pastosa que se solidificaba en contacto con el aire.

Fue cuestión de práctica, de varios minutos de ensayo y error, hasta que, finalmente, Peter Parker atinó a tejer una cómoda red de cables que le permitieron escapar de la acolchonada celda en que se había convertido su cama y trepar hasta el confortable refugio del techo de la habitación, donde se mantuvo cómodamente colgado, a la espera de nuevos acontecimientos.

* * *

La tía May lo encontró profundamente dormido, enredado entre las sábanas, como un capullo de seda, y recostado sobre la superficie boscosa de la alfombra sintética del suelo.

Al despertar, Peter no recordaba nada de sus sueños, ni siquiera que se había caído de la cama.

Llegaba tarde al instituto y lo único que ocupaba su mente era subirse a tiempo al autobús que esa misma mañana debía de llevarle a él y al resto de sus compañeros de clase al Laboratorio Jack Kirby de Investigaciones Atómicas. Y por nada en el mundo quería perderse esa visita.

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