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El callejón
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En la región crepuscular

hotel 15

“El miedo es la emoción que nos ciega y palpamos cada temor con la ávida curiosidad que emana de nuestro instinto de conservación. El gran atractivo de la ficción de horror, a través de los tiempos, consiste en que sirve de ensayo para nuestras propias muertes”

(Stephen King, El umbral de la noche, Prefacio)

Nuestros mayores miedos son aquellos que son más reales.

La aparición repentina de un extraño en nuestro salón, el contagio de una enfermedad mortal, que nuestros seres queridos se conviertan en personas irreconocibles, que nos veamos inmersos en una pesadilla de la que no podamos despertar…

El auténtico temor reside en la posibilidad de que un mal día, en cualquier instante, nuestra realidad se transforme, de repente, en un escenario incómodo y desagradable y, en cierta medida, nuestro equilibrio y seguridad mentales dependen de que tal hipótesis nunca se materialice.

Sin embargo, en ocasiones, un elemento externo, imprevisible, singular, puede desequilibrar nuestra rutina y remover e incluso sacudir, hasta hacerlo desaparecer, el mundo que conocíamos y convertirlo en un lugar completamente nuevo y, a la vez, inquietante, incómodo, insoportable.

El guión inédito que hoy les presentamos, inserto en un proyecto de serie para televisión, Bajo la piel de la noche, forma parte de una línea de trabajo e investigación estilística en la que su autor viene indagando, desde hace quince años, en el campo del cortometraje. Se trata de buscar historias que, dentro de la más estricta cotidianidad, transcurran justo en la frágil frontera que separa la realidad de la ficción. Equívoco territorio donde se puede explorar, sin otros límites que los de la propia imaginación, en el reverso fantástico e incluso terrorífico que puede llegar a envolver y a desdoblar las situaciones más comunes.

En este sentido, la irrupción de lo insólito en lo cotidiano (temática de una larga tradición literaria y cinematográfica que va de Maupassant a Cortázar y de las viejas películas mudas del expresionismo alemán, como El estudiante de Praga o El gabinete del doctor Caligari, hasta los originales thrillers de M. Night Shyamalan, caso de El sexto sentido, El protegido, La joven del agua, Múltiple y Glass) está presente en cinco de los cortometrajes co-escritos por José Amaro Carrillo y filmados por el realizador tinerfeño David Cánovas: Mate, Sin remite, El intruso (candidato, en 2006, al Goya al Mejor Corto en la categoría de ficción), Cambio de turno y Arte.

La historia que aquí proponemos indaga en la línea argumental y estética antes apuntada e intenta ofrecer al espectador un eficaz y digno vehículo para su entretenimiento sin otra pretensión que agradar y, en última instancia, inquietarle. Todo ello a semejanza de otros productos similares que gozaron de una feliz trayectoria dentro de la televisión norteamericana, tales como Alfred Hitchcock presenta…, Thriller, Rumbo a lo desconocido, Dimensión desconocida, Galería nocturna, Misterio o Cuentos asombrosos; e incluso en la propia historia de la televisión de nuestro país, como la excelente e inolvidable serie de Narciso Ibáñez Serrador Historias para no dormir o la premiada película La cabina, dirigida por Antonio Mercero, en cuyo libreto participaron el cineasta José Luis Garci y su colaborador habitual, el guionista Horacio Valcárcel, quienes dos décadas después auspiciaron el breve serial Historias del otro lado.

En el ámbito exclusivamente cinematográfico, los largometrajes de este género, apoyados en una estructura episódica, si bien no han proliferado en demasía han tenido desigual fortuna entre el público, debido en buena parte a lo insatisfactorio de las propuestas planteadas; si exceptuamos quizás la británica Tres casos de asesinato (1955) y En los límites de la realidad, versión cinematográfica, producida en 1983, de cuatro episodios de la serie Dimensión desconocida, dirigidos, respectivamente, por John Landis, Steven Spielberg, Joe Dante y George Miller.

En el caso que aquí nos ocupa, En la región crepuscular, se trata del guión de un episodio, de cincuenta minutos de duración, cuyo título rinde homenaje a la serie pionera, The Twilight Zone (en España y Latinoamérica, La dimensión desconocida), original de Rod Serling, y que hoy traemos a esta página como sentido tributo al maestro Narciso Ibáñez Serrador, más que merecido Goya de Honor en la edición de este año de los premios de la Academia del Cine Español.

*          *          *

Dos hombres caminan bajo un calor sofocante, por el medio de una carretera sin señalización alguna ni líneas en la calzada. Por el atuendo que llevan, ropa ligera para andar campo a través, parecen senderistas. El de más edad (aparenta sesenta y tantos años, cabello y barba canas, gafas de sol) es el que va delante. El más joven, de treinta y pocos, lleva una mochila a la espalda que parece pesar lo suyo. Ambos individuos andan sin cruzar palabra. Se escucha su respiración, pesada, profunda, en medio del silencio, sólo roto por la chicharra.

El más joven hace un alto. El mayor, que no se ha dado cuenta de que su compañero ha perdido el paso, prosigue su marcha, decidido, hacia delante.

JOVEN

(Con un soplo de voz)

Oye, Germán… ¿Falta mucho para llegar?

GERMÁN COSTA

(Sin detenerse y sin mirar atrás)

Ya falta poco… Joder, Fran, parece que seas tú el que tenga sesenta y cuatro años…

El joven, que bufa como un caballo cansado, le muestra el dedo corazón a su compañero como respuesta a su último comentario. Después, echa mano a una botella de agua, bebe con fruición, derrama un poco sobre su rostro sudoroso para refrescarse y, a continuación, guarda la botella en un recodo de su mochila y luego reanuda su penosa marcha. Sólo se escucha el zumbido monótono de las cigarras.

Finalmente, después de recorrer una larga recta, los dos hombres parecen llegar a su destino: ante ellos, al fondo de la imagen, se recorta la siniestra silueta del esqueleto de un edificio a mitad de su construcción. Nada más verlo, el más veterano se gira y se dirige al otro que, como todo el tiempo, le ha seguido a cierta distancia.

GERMÁN COSTA

(Quitándose las gafas de sol y mostrando una sonrisa aparatosa)

Bienvenido al Gran Hotel Blue Star, viejo…

A continuación, la imagen muestra un plano medio en el que Germán Costa se dirige a la cámara, con el esqueleto del edificio en ruinas, recortado detrás de él. Se trata de un encuadre tomado por una cámara digital. Mientras el profesor Costa realiza su alocución, el plano se va abriendo mostrando que es la pantalla de la cámara, que Fran sostiene con ayuda de un trípode.

GERMÁN COSTA

¿Cuántos de ustedes se han parado aunque sólo sea una vez en su vida a indagar en las infinitas posibilidades de su propio cerebro?

Dentro de nuestra mente existe algo que los especialistas en Parapsicobiofísica denominamos la región crepuscular…

Yo, desde aquí, les invito a que escuchen a su mente, a que abran sus sentidos a las múltiples capacidades que tiene y a que no cierren las puertas de su cerebro para así poder percibir la realidad en todas sus dimensiones…

Detrás, a mi espalda, a simple vista, ¿qué ven sus ojos? El esqueleto de un edificio inacabado, dirán unos. Otros responderán que lo que aquí se levanta, como el cascarón de un buque fantasma, no es sino el símbolo, la metáfora, de una época de crecimiento económico desaforado que terminó antes de tiempo.

Abandonado a su suerte por unos empresarios desaprensivos, que se largaron con los cuartos, dejando su construcción a la mitad, el Gran Hotel Blue Star languidece como un sueño frustrado, como un recordatorio para futuros incautos, para aquellos infelices que sólo creen en un dios hecho de cemento, hormigón y ladrillos…

A lo largo de las tres últimas décadas, este espectro, este engendro, ha sido escenario de muertes inexplicables, de rituales de magia negra y de orgías de alcohol y sexo que escandalizarían a la imaginación más tenebrosa…

Antes de que el Ayuntamiento sellase sus accesos por motivos de seguridad, sus moradores clandestinos, que encontraron entre estas paredes inhóspitas y desnudas, un refugio para sus penas y desgracias, aseguran que este lugar está repleto de sucesos extraordinarios…

¿Alucinaciones fruto del consumo de drogas? ¿Apariciones de seres del más allá? ¿Leyendas urbanas? ¿Enclave favorito de sectas satánicas? ¿Cuentos de comadres para amedrentar a los niños para que no se pierdan por estos pagos? ¿Qué hay de verdad en todo esto?

Amigos telespectadores, ustedes saben que cuando viajo no suelo elegir los lugares por su belleza o por su atractivo turístico; los escojo por su bagaje… Y por su karma.

Este hotel que nunca existió tiene algunos secretos que quiero curiosear…

Quién sabe… Tal vez, entre estas ruinas, hallemos una auténtica puerta hacia la región crepuscular.

Ahora, Germán Costa, junto a Fran, su cámara, se encuentra delante de la fachada del edificio abandonado. El chico carga de nuevo a la espalda la mochila que ya le hemos visto antes.

GERMÁN COSTA

Entonces, ¿no te animas?

FRAN

Ni de coña, Germán. Yo ya he cumplido. Si tú quieres meterte en la boca del lobo es asunto tuyo. Me las piro, colega, que todavía tengo que caminar un trecho hasta la moto.

GERMÁN COSTA

En fin, como quieras…

FRAN

Allá tú, Germán. Yo no entro ahí ni aunque tu programa fuese Cuarto Milenio, tío. Ese sitio me transmite muy malas vibraciones. Acuérdate de lo que nos dijo el curandero de Añaza: el que entra ahí no sale.

GERMÁN COSTA

(Tratando de sonreír)

No me fastidies, Fran, que tú te has criado en Ofra… Ni que esas

ruinas fuesen el mismísimo infierno…

FRAN

(Chocándole los cinco con una palmada)

El infierno no, pero el purgatorio es posible. Yo paso, colega. Te veo mañana en el estudio, chiao…

El cámara se aleja del lugar. Germán Costa se queda solo, frente a la fachada del hotel abandonado. A su alrededor ya no se escuchan las chicharras. Hay un silencio plomizo, como el sol que empieza a ocultarse tras las montañas colindantes.

GERMÁN COSTA

¡Hasta mañana, Fran!

FRAN

(Sin volverse, a cierta distancia ya)

¡Adiós, Germán! ¡Y suerte!

Germán Costa se gira y se queda durante unos segundos contemplando la fachada. Luego, comienza a andar hasta lo que debió de ser el vestíbulo. Una pared de tablas y cartones le impide el paso. Tras palpar la superficie de esta barrera, descubre un agujero practicado a poca altura del suelo y decide acceder a través de él.

Una vez dentro, tras sacudirse la suciedad y el polvo de los pantalones y los codos de su camisa, Germán descubre que se trata de un solar completamente abandonado: hay escombros por todas partes.

Prosigue su camino hacia el interior de la planta baja.

De repente, comienza a escuchar un ZUMBIDO que procede del interior del edificio. Con mucha cautela, Germán Costa se aproxima a las puertas del edificio abandonado. El ZUMBIDO es cada vez mayor. Hasta el punto de que Costa debe taparse los oídos.

Finalmente, Costa traspasa la entrada y el zumbido resulta tan insoportable que le obliga a cerrar los ojos. Luego, súbitamente, este ruido tan desagradable desaparece. Al abrir los ojos de nuevo, Germán Costa descubre, atónito, que se halla en el hall del Gran Hotel Blue Star.

En el mostrador de recepción, todos los conserjes están ocupados atendiendo a varios clientes: unos, porque acaban de llegar y se están registrando, y otros, porque abandonan el establecimiento y están pagando la cuenta.

Hay, por tanto, trasiego de bultos y equipajes. Las conversaciones se producen en varios idiomas (inglés, alemán, español), dado que los huéspedes son de diferentes nacionalidades.

Transcurren unos segundos, en los que Germán Costa asiste alucinado a todo este movimiento.

El vestíbulo es amplio, decorado al estilo moderno, y en este momento se registra un movimiento constante de personas: botones que trasladan equipajes en elegantes portamaletas, clientes de mediana edad que están sentados en los cómodos sillones ojeando la prensa internacional y turistas en ropa de baño que se dirigen a la piscina.

De pronto, Germán Costa repara en un detalle: muchas de las personas que se encuentran en este preciso instante en la sala están hablando por teléfono o consultando las pantallas de sus móviles: desde los huéspedes hasta los conserjes.

La escena no deja de resultar curiosa y un poco insólita hasta el punto de que una joven rubia, en camiseta, pantalón corto, pamela, gafas de sol y sandalias playeras, que parece ir a darse un baño o a tomar el sol, se pasea con unos cascos inalámbricos pegados a sus oídos mientras mantiene una conversación con alguien.

Germán Costa contempla la estampa con expresión de incredulidad y, por un segundo, da la impresión de que se va a echar a reír pero entonces SUENA LA MELODÍA DE SU PROPIO TELÉFONO y se ve obligado a echar mano al bolsillo de su pantalón y a sacar el pequeño artilugio que SUENA IMPERTINENTEMENTE.

GERMÁN COSTA

(Cogiendo el teléfono con visible nerviosismo)

¿Sí?

VOZ DESCONOCIDA

(Que suena con un extraño timbre metálico, como si estuviese distorsionada)

¡Bienvenido al Gran Hotel Blue Star, señor Costa! ¡Acérquese a la recepción y pida la llave de su habitación! ¡Estamos aquí para complacerle!

La misteriosa voz cuelga. Costa se queda completamente desconcertado. Una de las recepcionistas, que ha quedado libre, le hace una seña para que se acerque hasta el mostrador. Costa está paralizado. Al comprobar que la señorita insiste en que se aproxime, Costa camina lentamente hasta ella.

La conserje lo recibe con una sonrisa reluciente, llena de hospitalaria profesionalidad.

RECEPCIONISTA

Buenos días, señor.

GERMÁN COSTA

(Sin salir de su perplejidad)

Mire, verá, no sé si estoy hospedado aquí…

RECEPCIONISTA

¡Muy bien, señor! Dígame su nombre y apellidos.

GERMÁN COSTA

Sí… Soy Germán Costa Mateos.

La recepcionista consulta el ordenador.

RECEPCIONISTA

(Sorprendida)

                        ¿Germán Costa, el parapsicólogo?

GERMÁN COSTA

(Asintiendo de forma automática, como un robot)

Sí… Creo que sí…

RECEPCIONISTA

(Muy simpática)

¡Vaya, soy una de sus mayores admiradoras, señor Costa!

No me pierdo ninguno de sus programas.

GERMÁN COSTA

(Profundamente abrumado)

Gracias… Es usted… muy amable, señorita…

RECEPCIONISTA

No es ningún cumplido, señor. Es usted toda una eminencia y para nosotros es todo un honor contar con usted entre nuestros huéspedes…

La recepcionista le entrega la tarjeta de su habitación.

RECEPCIONISTA

Aquí tiene, es la habitación 616. Tal y como usted nos pidió. Es una de nuestras mejores habitaciones.

GERMÁN COSTA

(Estupefacto)

¿Ah, sí…?

RECEPCIONISTA

Que tenga una feliz estancia, señor Costa. No olvide ponerse en contacto con nosotros si necesita cualquier cosa. Estamos aquí para complacerle…

GERMÁN COSTA

(Descolocado)

Sí, gracias… Gracias…

Germán Costa sostiene la tarjeta de la habitación 616 en la mano y, durante unos largos segundos, se queda completamente inmóvil. Contempla de nuevo todo el bullicio que hay a su alrededor, en el interior del vestíbulo, y, finalmente, decide emprender el camino de vuelta hasta la puerta. A toda prisa.

Al salir del edificio, tras escuchar de nuevo el FUERTE ZUMBIDO, Costa vuelve a encontrarse con la escombrera del hotel abandonado y, sin mirar atrás, corre hasta el agujero por el que accedió a estas instalaciones. Con ciertas dificultades, logra escapar a través de él y vuelve a estar fuera, frente a la fachada del edificio en estado ruinoso.

Sudoroso, visiblemente alterado, Costa mira a su mano derecha, en la que descubre con horror la tarjeta de la habitación que le acaban de dar en la recepción.

La arroja al suelo, como si esta le quemase, y emprende una carrera frenética, sin mirar atrás.

 

Tiempo después, casi sin aliento, Germán Costa llega a la altura en la que se encuentra su coche estacionado. Con el mando abre las puertas y se mete en su interior. Entra la llave de contacto. El vehículo arranca.

Germán Costa conduce a gran velocidad por la autopista. Mira por el espejo retrovisor. Tras él, a lo lejos, la carretera se pierde en una incierta oscuridad, sólo interrumpida por la luz de las farolas.

De repente, al volver a mirar por el espejo retrovisor, Costa descubre, espantado, que un niño de corta edad, pálido y con el semblante contrariado, viaja en el asiento trasero. La macabra imagen apenas es un leve destello, iluminada por las luces de la autopista, pero resulta lo suficientemente aterradora para que el conductor dé un volantazo y esté a punto de salirse de la vía.

Luego, al comprobar si el muchacho sigue allí, Germán Costa no ve a nadie. Viaja solo, camino de la seguridad de su hogar.

 

Se trata de un chalet de dos plantas. La casa se encuentra un tanto aislada de los demás dúplex de la urbanización. No hay un alma en la calle. El SILENCIO ES ABSOLUTO, sólo roto por el LEVE y QUEBRADIZO CÁNTICO DE LOS GRILLOS. La luz de las farolas es escasa y crea sobre la escena varias zonas de sombra.

Por un lateral, entra en el encuadre el coche de Germán Costa. Éste aparca frente a la entrada de la casa. Se baja del coche y activa la alarma del vehículo.

Mira a un lado y a otro y se acerca a la cancela de madera. Saca las llaves y abre la puerta. Accede a un pequeño camino de baldosas que lo conduce a la puerta de la vivienda. Antes de girar la llave para entrar en su casa, Costa vuelve a girar la cabeza y comprobar que nadie lo ha seguido hasta aquí.

Germán entra en su casa. Cierra la puerta, pero, al encender la luz descubre, con auténtico pavor, que se encuentra dentro de una habitación de hotel: al mirar su mano derecha, se da cuenta que lleva la tarjeta de la habitación 616, que se le cae de sus dedos petrificados por el horror. Inesperadamente, la puerta se cierra a su espalda y Costa queda encerrado en este espacio desconocido. Tras unos segundos de parálisis y de bloqueo emocional, el hombre se atreve a entrar en la habitación. No parece haber nada especial, la cama está hecha y todo está en su sitio. Abre las puertas del armario y mira en el interior del mismo: está vacío. Vuelve a cerrar las puertas del armario y se sienta en la cama; la luz de la lámpara está encendida. Entonces alguien toca con estrépito a la puerta. Germán se levanta, va a abrir y se va la luz de golpe. Germán respira con cierto nerviosismo y camina a ciegas. Saca un mechero de su bolsillo y lo enciende, pero no se ve apenas nada. Se detiene porque ha oído algo: el JADEO de un animal salvaje suena a pocos centímetros de su rostro.

Germán, asustado pero con decisión, camina hacia la puerta y logra encender la luz de nuevo. Al volver hacia el interior del dormitorio ve que éste ya no está como antes: la cama está boca abajo, las mesas de noche están una sobre otra y las puertas del armario están abiertas de par en par.

El hombre camina hacia la cama, pero entonces una presencia en la habitación hace que Germán se gire: ve al mismo niño que entrevió en el espejo retrovisor de su coche, sentado ahora en el suelo. El niño le habla con una voz grave, de ultratumba.

NIÑO

Lárgate, viejo.

            Germán, con cierta tranquilidad, le mira fijamente a los ojos.

GERMÁN

¿Tú quién eres? ¿Necesitas ayuda?

            El niño, que hasta ahora tenía gesto de enfado, se pone a llorar.

NIÑO

¡Vete de aquí! ¡Fuera! ¡No puedes hacer nada por mí, ni por nadie de los que estamos aquí! ¡Lárgate!

De golpe, el niño se calla y mira a Germán. Su rostro es ahora el rostro del mal, con los ojos oscurecidos y la tez pálida.

Se abren las ventanas y entra una fuerte ráfaga de viento que hace que Germán pierda el equilibrio y se caiga al suelo, golpeándose contra el filo de la cama y quedando inconsciente.

 

La luz del sol le salpica el rostro y Germán recupera la conciencia sobre la superficie de lo que aparenta ser un solar abandonado. Con gran dificultad logra incorporarse y ponerse de pie: descubre que se trata de un piso al que le faltan las paredes. Con mucha cautela se aproxima al borde de uno de los laterales y se encuentra con una caída de unos ochenta metros. Está en la planta sexta del hotel abandonado.

Después de buscar la salida y de hallar el hueco en el que debían de haber sido encajonados los ascensores, Costa encuentra la primitiva escalera. Con rapidez pero con precaución baja por los escalones apenas labrados, hasta llegar a la primera planta, donde se había proyectado instalar la recepción y el vestíbulo.

Finalmente, el hombre sale atropelladamente del recinto y huye del lugar.

En el camino de regreso a su vehículo no se detiene ni una sola vez a girar la cabeza y volver la vista atrás.

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