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El callejón
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True Moon

Una estampa para la Historia: el astronauta Edwin Eugene Aldrin, fotografiado sobre la superficie de la Luna, en el Mar de la Tranquilidad. Sucedió hace cuarenta años [Imagen tomada de la página web de la NASA].

Para David Cánovas, que me sugirió el tema

El pasado 20 de julio se cumplieron cuarenta años desde que el hombre alcanzó por vez primera la bombilla. Me explico.

            Hará cosa de treinta veranos se conmemoró en todo el planeta -igual que ahora- el aniversario del alunizaje del módulo espacial Eagle sobre la superficie (de "magnífica desolación" la calificó el astronauta Buzz Aldrin) de nuestro único satélite no artificial. Por aquel entonces uno, que todavía no había cumplido los ocho años, asistió con feliz e indocumentado asombro a la oportuna oleada de crónicas, reportajes y miniseries que llenaron decenas de páginas en los periódicos y decenas de horas en la (una, grande y libre) Televisión Española. Abrumado y profundamente conmovido por la gesta que -por obvias razones biológicas- sólo conocía de oídas, debí de atosigar a base de innumerables preguntas al respecto a mi padre -quien, por ciento, tampoco pudo contemplar tan histórico episodio, al encontrarse trabajando en alta mar, en mitad del Atlántico- al extremo de que éste, cansado de suministrarme datos para un relato periodístico que finalmente escribí (con el original título de El aterrizaje en la Luna), decidió zanjar una noche el asunto con una lapidaria frase que, cual jarro de agua fría, conservo aún en la memoria como uno de sus más ingeniosos y aplastantes aforismos: "De todas maneras, mijo, para el ser humano, la llegada a la Luna tiene tanta importancia como alcanzar esa bombilla". Y dicho esto mi padre extendió su índice hacia el invento de Edison que colgaba en el techo del cuarto de estar.

            A tenor del escaso o nulo interés con el que gran parte de la opinión pública ha seguido el cuadragésimo aniversario de la odisea del Apolo XI, las palabras pronunciadas por mi progenitor cobran -al menos, para mí- una inusitada y sorprendente vigencia. Sobre todo, cuando de labios de uno de los protagonistas de aquel estelar momento, Edwin Eugene Aldrin -el segundo en su especie en pisar el selénico Mar de la Tranquilidad- se escuchan afirmaciones del siguiente calado: "Existe una falta de respeto por los esfuerzos que se hicieron y lo importante que fue todo lo que conseguimos".

            En el caso de Aldrin -que primero fue as de la aviación, luego héroe nacional y, finalmente, ex alcohólico rehabilitado- el desencanto ante la aureola perdida y la indiferencia generalizada por la carrera espacial (incruento escenario de la llamada Guerra Fría entre las dos superpotencias hegemónicas y victoriosas de la II Guerra Mundial) se transmuta en airada indignación en cuanto el casi octogenario cosmonauta se ve obligado a responder a las acusaciones de presunto fraude: "Me da pena que haya tanta gente susceptible de ser manipulada y capaz de dar crédito a algunas de las tonterías sensacionalistas de algunos medios que dicen tener información interna; es algo delirante… pero esto es la Humanidad y la manera como la sociedad ha crecido".

            Se refiere Aldrin a la polémica e impactante hipótesis que, desde hace más de una década, vienen defendiendo ciertos individuos de que la llegada a la Luna, en 1969, nunca se produjo. Todo fue un montaje de la NASA, perpetrado en colaboración con los servicios secretos y con la complicidad de determinados medios informativos.

            Por muy disparatada que pueda parecer, tan descabellada teoría ha encontrado acomodo en un preocupante número de personas que, en estos tiempos de ritmo vertiginoso y de valores discutibles, en los que todo se cuestiona porque todo se relativiza, aceptan de buen grado cualquier mentira que venga a hacer tambalear verdades que se han tenido por absolutas. Ya se trate de la mítica hazaña espacial, la autenticidad de los manuscritos encontrados en el Mar Muerto o la veracidad del Holocausto judío cometido por los nazis.

            No seré yo quien obligue a nadie a aceptar discutibles dogmas de fe ni a comulgar con sospechosas ruedas de molino. Ni tan siquiera a dar por buena toda versión oficial sobre acontecimientos de especial trascendencia: sin ir más lejos, personalmente, creo que quedan amplias zonas de penumbra tanto en el 11-S como en el 11-M. Ya que, como dejó escrito Dostoievski, la falta de pruebas concluyentes de la existencia de Dios nos hace doblemente responsables de nuestras decisiones y nos condena al purgatorio de la duda.

            Sin embargo, la proliferación de tesis basadas exclusivamente en la negación de lo evidente, a partir de rocambolescas conspiraciones y esperpénticos contubernios (Hitler no se suicidó en el búnker, Oswald no mató a Kennedy, Elvis Presley no ha muerto o nunca hubo el menor "pelotazo inmobiliario" en la compraventa de la playa de Las Teresitas) pretenden, en última instancia, que transitemos por la realidad como el Minotauro por el Callejón del Gato: es decir, desquiciados y perdidos, en el interior de un laberinto repleto de espejos y de espejismos.

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