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El callejón
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Fuego insensato

Mis padres poseen la extraña virtud de llamar por teléfono para darme malas noticias. En ningún caso, estas palabras han de ser leídas en tono de reproche. Me complace que se preocupen por mí y que mantengamos un permanente contacto para saber el uno de los otros y viceversa. Lo que a veces me exaspera es que algunas de estas conversaciones vengan motivadas por la difusión de malas nuevas.

Probablemente este hecho tenga que ver con la naturaleza misma del suceso informativo: lo relevante no es aquello que se inserta en las coordenadas de la normalidad sino lo que escapa de ellas para adentrarse por la sinuosa e inquietante senda de lo imprevisto, de lo novedoso y, en definitiva, de lo noticioso. De ahí que cobren mayor interés para el público los acontecimientos impredecibles, por muy desagradables o incómodos que éstos puedan resultar para las distintas audiencias.

            La anterior disquisición viene a cuenta porque el pasado sábado, primer día de agosto, me encontraba en la localidad levantina de Elche y, después de desayunar, contacté con mi padre para darle el parte matutino. Ante mi más completo estupor, apenas tardé un minuto en enterarme de la catástrofe de Fuencaliente.

            Al sobresalto inicial le siguió una mezcla de dolor, preocupación e impotencia que, poco a poco, lentamente, con el transcurso de las horas y la constatación de la gravedad de la tragedia, fue dando paso a una tediosa y antipática sensación de hartazgo, de cansancio, de estar volviendo una y otra vez -como Sísifo encerrado en su eterno suplicio- al punto de partida de este desolado cautiverio en el que nos empeñamos en convertir nuestro fugaz tránsito por el mundo.

            A semejanza del escorpión en la fábula de Esopo, somos una especie que es incapaz de renunciar a sí misma sin hacer daño a las demás. Por término medio, nos sigue pudiendo el terror atávico y la agresividad irracional de ese antepasado desconfiado y asustadizo que aún gruñe y enseña el colmillo en alguna parte íntima, más o menos remota, de nosotros mismos.

            "El hombre es un animal nervioso que se alimenta de escalofríos", escribía Cela en la única frase interesante de su última (y muy mediocre) novela, Madera de boj. Acertaba de pleno. Esta vieja bestia parece incansable en su afán de arruinar el lugar que le lleva brindando cobijo desde que un (maldito o bendito) día por fin pudo erguirse sobre sus dos patas. Y no da tregua. Y el rito de la autodestrucción se repite con implacable y feroz cadencia, día tras día, año tras año. Hasta el final de los tiempos.

            En el círculo infernal de los incendios forestales, que son como pequeños Apocalipsis que acontecen todos los veranos, la isla de La Palma había vivido (hasta ahora) su peor y más atroz episodio hace justo quince años, cuando el fuego (provocado, cómo si no) que devoró más de 5.500 hectáreas, un tercio de sus bosques, a lo largo de casi un mes, se quedó a las puertas del monte de Los Tilos (Reserva Mundial de la Biosfera) y estuvo a punto de provocar un desastre de incalculables consecuencias.

            Colaboraba entonces en Canarias Ilustrada, una revista de difusión regional que mi compadre, José Luis Zurita Andión (sí, nieto del ilustre fundador de La Tarde), dirigía con su inveterado entusiasmo. Para la portada del mes de septiembre, José Luis contaba con una fotografía espectacular de las llamas en las cumbres palmeras. Tenía el texto, tenía las imágenes (espléndidas, estremecedoras) pero le faltaba un titular para el reportaje de las páginas interiores. Yo, que siempre he visto estos terribles e incomprensibles atentados contra la naturaleza como una forma particularmente espeluznante de suicidio, le sugerí el rótulo que encabeza este comentario (que ojalá nunca hubiese escrito), inspirándome en el insulto con el que el engañado marido de María Iribarne recrimina al narrador (y amante homicida) de El túnel el asesinato de su mujer.

            "¡Insensato!", aúlla, iracundo, el esposo ciego, mientras trata de agarrar inútilmente al culpable, en medio de la oscuridad.

            Y a ciegas nos condenaron a (mal)vivir los dioses después de que Prometeo les robara el fuego para convertirnos en los que hoy somos. De lo que no estamos tan seguros es de si éstos tienen el menor interés en que la lumbre les sea devuelta. O, más bien, todo lo contrario.

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