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El callejón
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Para lelos

El mismo año (1964) en que se le fue concedido el premio Nobel, el reverendo Martin Luther King publicó su libro de ensayos Por qué no podemos esperar, en el que relata la siguiente anécdota: “Hace más de veinticinco años, un estado sureño adoptó un nuevo método de aplicación de la pena capital. El gas venenoso sustituyó a la horca. En una primera fase, colocaron un micrófono en el interior de la cámara mortuoria sellada, para que los observadores científicos pudieran oír las palabras del reo agonizante y valorar la reacción de la víctima ante la novedad. El primer condenado fue un joven negro. Cuando la bolita cayó en el recipiente y empezó a salir gas, por medio del micrófono llegaron las siguientes palabras: Joe Louis, sálvame. Joe Louis, sálvame. Joe Louis, sálvame…”

En paralela simetría con la sobrecogedora ingenuidad de este desdichado, cabe apreciar la pueril confianza que muchísimos ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes de este país depositaron el pasado martes en la jefatura del estado, a la espera de que el monarca pusiera coto, freno o límite a las legítimas pretensiones del actual presidente del gobierno de revalidar las alianzas encaminadas a mantenerle otros cuatro años más en el puesto.

Lamentablemente, y a pesar de su contundente pegada y de su innegable clase pugilística, ni El Bombardero de Detroit poseía la gracia divina de otorgar milagros ex machina, ni Felpudo VI tiene (ni remotamente) la sagaz audacia de Jorge VI de Inglaterra y la sola insinuación de trazar la más mínima similitud entre Martin Luther King y Pedro Antonio Sánchez Pérez-Castejón revelaría por parte del presunto comparador, comparadora o comparadore la agudeza intelectual de un absoluto, absoluta, absolute e irredento, irredenta e irredente imbécil o imbécila.

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