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El callejón
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¿Y ahora qué?

"Guarda una relación inexplicable con el poder

por eso algunos piensan en la belleza de las formas de gobierno

mientras se incorporan a la elasticidad de ser muchos"

Teoría de la fiesta, Juan Antonio González-Iglesias

 

"La democracia es la menos mala de las formas de gobierno. Las demás son mucho peores"

Winston Churchill

La joven y aún reciente democracia española se encuentra, al inicio del tercer milenio de la era cristiana, en un punto de su desarrollo bastante similar a la coyuntura política, social y económica en que se hallaba este mismo país (arisco, impaciente y contradictorio) a la finalización de las primeras elecciones locales, celebradas tras la autoliquidación del franquismo (vía Juan Carlos de Borbón), que tuvieron lugar en la primavera de 1979.

Por aquel entonces, la coalición gubernamental de centro derecha (UCD), liderada por el presidente Suárez, igual que su actual sucesora (el PP de Mariano Rajoy), obtuvo la mayoría de los sufragios emitidos, frente al Partido Socialista Obrero Español, en una victoria ajustada que, a largo plazo, sembró la envenenada semilla de la discordia en el seno de la alianza liberal y demócrata, que había servido de bisagra para propiciar el tránsito entre un régimen oxidado y caduco y el socialismo de corte europeísta y con acento andaluz que se instauró, a partir de octubre de 1982, de la mano de Felipe González Márquez: brillante, locuaz y avispado en la tribuna de oradores, pero autocomplaciente, perezoso y cínico en la gestión del poder encomendada por más de diez millones de votos.

Ahora mismo, que el Partido Popular se desmorona, carcomido por la aluminosis de su propia impericia, de la corrupción y de su completo vacío ideológico (su idearium viene a ser algo así como una versión del neoliberalismo de Milton Friedman impresa en cartillas de Paláu para niños de siete años), al mismo tiempo que se empieza a consolidar el respaldo ciudadano a opciones inciertas que van del centro izquierda al disparate absoluto, pasando por la extrema izquierda, ha llegado el momento crucial, decisivo, de que la socialdemocracia (personificada en el agraciado rostro de Pedro Sánchez Pérez-Castejón) se defina, sin tapujos, servidumbres, indecisiones ni deudas pendientes, como el único camino sensato, plural, factible y progresista que entre todos debemos coger si pretendemos impedir que, de manera firme e inevitable, este país se vaya definitivamente al carajo.

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