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El callejón
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"Fauces"

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A Caloli, que me llevó a ver una película APTA PARA MENORES ACOMPAÑADOS

-¿Ahora qué hacemos? -dijo Brody-. Por el amor de Dios, ¿qué hacemos? No nos queda nada que hacer. Más nos vale volver a tierra.

-Vamos a volver a tierra. De momento.

-¿De momento? ¿Qué quiere decir? No podemos hacer nada. Ese tiburón es demasiado para nosotros. No es real, no es natural.

-¿Se da por vencido ya?

-Me doy por vencido. Solo podemos esperar a que Dios o la naturaleza o lo que demonios sea que nos está haciendo esto decida que ya tiene bastante. La situación está fuera de las manos del hombre.

-De las mías no -dijo Quint-. Voy a matar a esa criatura.

-No sé si voy a poder conseguirle más dinero después de lo que ha pasado hoy.

-Quédese su dinero. Esto ya no es cuestión de dinero.

-¿Qué quiere decir?

Brody miró a Quint, que estaba de pie en la popa, mirando el sitio donde había emergido la cabeza del tiburón, como si esperara verlo reaparecer en cualquier momento con el cadáver destrozado en la boca. Inspeccionó el mar, ansiando un nuevo enfrentamiento.

-Voy a matar a ese tiburón. Venga conmigo si quiere. O quédese en su casa. Pero yo voy a matar a ese tiburón.

Mientras Quint hablaba, Brody lo miró a los ojos. Se veían igual de oscuros e insondables que los del tiburón.

-Iré con usted. Creo que no tengo opción.

-No. No tenemos opción -Desenfundó el cuchillo y se lo dio a Brody-. Tenga. Corte las cuerdas de la jaula y salgamos de aquí.

Tiburón, Peter Benchley

La célebre portada, replicada a mayor escala en el cartel de la película, fue obra del diseñador Alex Gotfryd, quien prestaba sus servicios en la editorial Doubleday. Solo en EEUU la edición en tapa dura vendió ciento veinticinco mil ejemplares y casi diez millones en tapa blanda. Un éxito arrollador e incontestable que contrasta con las enormes dificultades que el novicio autor, que hubo de recomenzar el manuscrito original varias veces, se topó a la hora de escribir la novela por la que ya había obtenido un suculento adelanto y cuya premisa argumental era tan simple como efectiva. Prueba de ello es que su publicación convirtió a un tipo absolutamente desconocido en una celebridad y a sus conocimientos sobre la fauna marina, adquiridos después de haber buceado por islas de Nueva Inglaterra desde la adolescencia (en especial, Nantucket, inmortalizada por Melville en Moby Dick, y Martha’s Vineyard, que aquí se transforma en Amity), en una insospechada fuente de ingresos. Luego vendría la adaptación cinematográfica, que estuvo a punto de zozobrar ante la imposibilidad material de recrear al monstruoso escualo sin caer en el ridículo y que, gracias a la pericia técnica del equipo de rodaje y a la terquedad de su joven y talentoso director, acabaría siendo uno de los bombazos de taquilla más estruendosos de la historia.

El pasado verano, Tiburón (en original JawsFauces) regresó a las salas de todo el planeta con motivo del cincuenta aniversario de su estreno aunque, en realidad, por estos lares no pudimos verla hasta el año siguiente. En julio de 1976, pasaba las vacaciones en Santa Cruz de La Palma antes de trasladarnos a Arrecife, Lanzarote, tras cuatro años en Puerto del Rosario, donde vivimos el desembarco de la Legión, previamente expulsada (sin honra ni honor) del Sáhara, y la consiguiente metamorfosis que experimentó la isla en un breve lapso de tiempo: no en balde, aquella muchedumbre de más de cinco mil personas constituía un verdadero éxodo que llevaba consigo no solo armas y bagajes, sino familias enteras, toda clase de animales domésticos e incluso su propia congregación de meretrices acompañada por su correspondiente tropa de rufianes.

Sobra añadir el impacto indeleble que la contemplación por vez primera de aquellas perturbadoras imágenes nocturnas de una pareja de jóvenes despreocupados que se adentran en la playa desconociendo la horrible muerte que les aguarda en el agua dejó en mis ingenuas pupilas de cinco años. Compartir aquella inquietante experiencia en un abarrotado patio de butacas del Parque del Recreo, que no cesó de gritar y reír durante toda la sesión (excepto en el inoportuno descanso para visitar el bar), sigue siendo una de las más intensas, duraderas y angustiosamente placenteras que jamás he disfrutado como espectador.

Por eso, con la nostalgia de quien sabe que va a la búsqueda de un imposible, acudí hace doce meses para reencontrarme con un puñado de personajes inolvidables y con el ligero escalofrío de quien se asoma a esas mandíbulas de dientes de sierra y trata de averiguar si aún siente al menos un leve temor y, descubre, complacido y hasta un tanto orgulloso, que esta magnífica fábula (sobre la valentía, la corrupción y el odio irracional) continúa mereciendo la pena. Vaya si merece la pena.

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