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El callejón
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Hoy es siempre

A mi madre, que celebrará su onomástica en una habitación del hospital de La Candelaria; a sus ángeles custodios (los de aquí abajo, en el purgatorio, que llevan batas blancas y verdes, y los de arriba, entre ellos, mis abuelos Manola y Anelio, que celebrarán en la media noche de mañana un nuevo aniversario de boda); y a don Enrique Collar Monterrubio, capitán, oh, mi capitán, de mi muy querido Atlético de Madrid, y que hoy vuelve a hacer dúo con Joaquín Peiró en la banda izquierda del verde césped de ese estadio infinito que es la eternidad

Se termina el año y con él se esfuman sus trescientos sesenta y cinco días, sus quinientos veinticinco mil seiscientos minutos, que son otros tantos pasos que, poco a poco, latido a latido, verso a verso, nos aproximan al final, porque comenzamos a morir desde el preciso instante en que nacemos y emprendemos este viaje inexorable sin posibilidad alguna de retorno.

Se acaba el año y con él se marchan todas las buenas intenciones con las que empezábamos la singladura hace doce meses: todo lo que hicimos y lo que no, todo el placer y el sufrimiento, todas las satisfacciones y las frustraciones que se suceden en la efímera eternidad de la existencia, que sigue constituyendo en sí misma un misterio con muchas más zonas de penumbra que de luz.

Se extingue el año y con él se diluyen todas las ilusiones rotas en mil pedazos, al chocar contra la pared infranqueable de la realidad. Pero vendrán otros sueños, otras esperanzas, ya que está visto que sin ellas resulta insoportable levantarse de la cama cada día y pensar que, en verdad, vivimos una especie de condena perpetua, sin redención posible.

Se cierra el año y con él desaparecen las falsas expectativas, las incumplidas promesas de mejora, los signos equivocados de un futuro más halagüeño y, a la vuelta de la esquina, nos aguardan tiempos aún peores, tiempos duros y difíciles, que nos harán más ciegos y egoístas. Mientras tanto, la cuenta corriente se descojona de nuestros esfuerzos de contención y de mesura porque vivimos atrapados en la tela de araña del endeudamiento perpetuo, que es, en el fondo, la fuerza motriz que hace girar a un mundo en el que todo tiene fecha de caducidad.

Finaliza el año y con él también dejamos atrás los buenos momentos, los escasos y preciados instantes de felicidad que, a veces, nos regala la vida, precisamente, para evitar que abjuremos de ella, que reneguemos, que desertemos de esta lucha constante que, en realidad, no conduce a ninguna parte. Porque todo se reduce a intentar disfrutar de los breves y contados episodios de auténtico gozo que nos redimen de la infernal rutina cotidiana.

De este año tan poco memorable que ahora concluye conservaré en la memoria apenas un puñado de minutos dichosos. Y tal vez o precisamente debido a que nada o casi nada en él merece ser recordado me aferro a un momento sucedido quince años atrás. Se trata de un minuto que arranca con un balón perdido en la línea de fondo, justo cuando ya se mastica, como una amarga certeza, la agónica suerte de los penaltis, que es la peor forma de ganar y de perder. Sin embargo, el balón no sale del campo. En una maniobra genial, que es una bofetada a quienes lo ningunean porque no lleva la camiseta blanca ni la azulgrana, el delantero evita que la pelota salga fuera y, a continuación, encara al defensa y de frente, con paso firme y el balón pegado a su bota, levanta el brazo y marca el pase al compañero, que salta sobre la pelota y la acaricia muy suave, con el empeine, y ésta roza la pantorrilla de un contrario, que ha cedido ese par de metros cruciales, fatales, que permiten que todo ocurra, y el balón sale rebotado hacia la portería, describiendo una diagonal de trayectoria inverosímil. El guardameta se estira todo lo que puede, aunque su esfuerzo resulta inútil. Recuerdo que en cuanto vi que la pelota traspasaba lentamente la raya de gol comencé a gritar. Grité como jamás lo había hecho. Grité y grité. Grité tanto que estuve afónico dos días. Grité en un alarido intenso e interminable en el que desahogaba algo más que la tensión de un partido malo y decisivo: en esos largos segundos, vacié treinta años de decepciones y fracasos, de desprecios y humillaciones, de llevar la contraria al resto. Entonces, reparé en mi hermano Carlos, que estaba arrodillado ante el televisor y aferrado a un diminuto muñeco de su hija, que había traído a modo de amuleto. Mi hermano Carlos, que después del partido de Liverpool, en semifinales, estuvo llorando durante más de cinco minutos, en el suelo, apoyado contra la nevera, como no lo he visto llorar en la vida. Abracé a mi hermano entre sollozos y lo abracé fuerte, muy fuerte, para impedir que nadie nos privara de esta plenitud, de este instante de dulce felicidad compartida que ni siquiera el tiempo podrá ya arrebatarnos.

Luego, cuando finalizó el partido y todos nos relajamos un poco y devorábamos con ansiedad las pizzas que aguardaban en el poyo de la cocina desde el inicio del segundo tiempo, contemplábamos entre el alivio y el regocijo cómo los jugadores y su técnico (y su segundo de a bordo, Fran Escribá) un Quique Sánchez Flores quince años más joven y pletórico, daban la vuelta al campo, escuchamos con cierto asombro al veterano comentarista, Enrique Collar, que cantaba con euforia desafinada el himno de su equipo de siempre: “Atleeeti, Atleeeti, Atlético de Madrid, Atleeeti, Atleeeti, Atlético de Madrid, jugando, ganando, peleas como el mejor, porque siempre tu afición se estremece con pasión cuando quedas entre todos campeón y se ve tras el balón a un equipo de verdad que esta tarde también peleará…”.

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