En su afán por simplificar la dialéctica política y que las grandes decisiones de Estado sean comprensibles para la mayoría de sus 340 millones de habitantes (de los que apenas unos cientos de miles han llegado en los últimos tiempos procedentes de Venezuela), los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos de América, desde el segundo mandato del honorable Thomas Woodrow Wilson, quien buscó en balde la salida menos conflictiva y perniciosa a la I Guerra Mundial, no han cejado en su esfuerzo de convertir el siempre complejo entramado de las relaciones internacionales en el guion mediocre de una película de serie B, donde la realidad se divide en buenos y malos.
Es este maniqueísmo, que en el caso que nos ocupa ha alcanzado unos niveles ciertamente obscenos, la fuerza motriz que ha orientado la acción externa del país más poderoso de la Tierra en los últimos ciento siete años, ya que, con la excepción de James Earl Carter, el resto de mandatarios que han pasado por la Casa Blanca, desde 1918, han antepuesto el uso de la fuerza al poder conciliador de la palabra.
Con Estados Unidos ha sucedido lo mismo que con otros imperios que consiguieron extender su área de influencia hasta alcanzar la casi totalidad de la superficie del orbe. Igual que aquellos, el coloso americano ha primado la hegemonía militar y económica, en lugar de potenciar y exportar un modelo político que, aunque imperfecto, contiene principios de una validez indiscutible y universal. Al condicionarlo todo a la obtención de lucro y al creer con fe insensata en la infalibilidad del sistema capitalista, a lo largo de su historia más reciente el gobierno norteamericano ha cometido errores fatídicos y ha tomado decisiones ciertamente repugnantes desde el punto de vista moral. Sin ir más lejos, la actual (y enésima) crisis financiera mundial es la penosa demostración de que la absoluta confianza depositada en el mercado, y en sus impecables mecanismos de autocorrección, ha resultado una estrategia suicida de nefastas consecuencias.
A pesar de semejante fracaso, o tal vez precisamente debido a ello, el Departamento de Estado ha decidido que, en estos momentos, la prioridad de Estados Unidos en asuntos exteriores se llama la lucha contra el narcotráfico y su infame conglomerado de países que dependen, en mayor o menor medida, de tan lucrativa como devastadora práctica comercial. En el fondo (y en la superficie), todos sabemos que tan loable objetivo no es sino la fingida apariencia que oculta el propósito siniestro de desempolvar y engrasar la vieja y obsoleta panoplia del Pentágono y ser ellos y solo ellos quienes timoneen la gobernanza mundial que un puñado de plutócratas vienen demandando desde hace décadas para implantar su disparatado programa de control poblacional, enriquecimiento propio y decrecimiento ajeno. Y es que la distribución y venta de estupefacientes ha pasado a formar parte del selecto club de enemigos de América, autoerigida en gendarme de la Humanidad, que ya cuenta, entre sus distinguidos antagonistas, con villanos de la talla del ex-agente de la KGB, Vladimir Putin, de la República Popular China (la más atroz evidencia de que Orwell no iba para nada desencaminado), del repulsivo régimen iraní o de la siempre socorrida e invisible red de Al Qaeda (y aledaños).
No dudo que tal colección de monstruos (y sus malditos cómplices) sea digna de persecución y de castigo, a través de los pertinentes procedimientos que establezca la justicia penal internacional (“¡Ay, La Haya! ¿Hayla? ¿La hay?”, que diría el maestro Luis Alemany) pero como ciudadano de este planeta me niego a que dicho cometido recaiga de forma unilateral en manos de un país que, hasta ahora, ha sido el único en utilizar la energía atómica con fines destructivos sobre otros seres humanos sin que haya rendido cuentas por ese horror. No, definitivamente no creo que Estados Unidos deba proclamarse en juez y parte en estas y otras querellas que, por desgracia, en nada van a alterar el curso de la Historia (y, si lo hacen, tengan por seguro que será para peor la mejoría).
Sería de desear que, en materia de política exterior, este segundo Ejecutivo encabezado por Donald Trump (tan sospechosamente pacífico en su primer mandato: no en vano fue el primer presidente que en más de seis décadas no metió a su país en ningún conflicto bélico más allá de sus fronteras) recondujera sus pasos y abandonase el discurso intervencionista e intimidatorio, de grosera vocación armamentista, por un auténtico liderazgo de índole moral, apoyado en la firme defensa de la democracia y de los derechos humanos. Ésa sería la mejor prueba de su madurez como nación. De una nación que emprendió su andadura en 1776 y que sentó buena parte de los cimientos jurídicos y éticos sobre los que se sustenta la actual civilización, que es la misma que, camino de las tres centurias transcurridas desde entonces, empieza a dar graves síntomas de agotamiento, de terrible indefinición, cuando no de lenta e inevitable agonía.
Llegados a este punto, siempre recuerdo la definición que mi abuelo Anelio me dio del pueblo norteamericano, por el que profesaba, no obstante, una enorme admiración y respeto: “A veces se comporta como si fuera un niño grande”, decía. Y sus palabras no albergaban ninguna clase de animadversión ni de rencor. Al contrario, se pueden interpretar como la cariñosa reprimenda de quien no enjuicia desde la severidad sino desde el afecto. Porque, a pesar de todo el sufrimiento y de toda la mezquindad que le tocó padecer en carne propia, a mi abuelo materno, que compartía con su padre la convicción de que la bondad nos hace libres, nunca le vi perder la fe ni en el hombre ni en el dios que éste creó a su imagen y semejanza para intentar encontrarse a sí mismo en medio de tanta destrucción.
Con su discreta sabiduría y su carácter apacible, sereno, se enfrentaba a la vida con la tranquilidad que proporcionan el conocimiento y la experiencia. A su manera, mi abuelo era como uno de esos personajes de cierta edad que aparecen en las películas de Akira Kurosawa, interpretados por el extraordinario Takashi Shimura. Ya se trate de médicos, policías, leñadores, samuráis o funcionarios públicos, todos ellos representan la templanza, el honor y la generosidad. Incluso en una fábula tan abiertamente pesimista y oscura como Rashomon (“La puerta de Rasho”), donde vemos cuatro versiones distintas y contradictorias de un mismo crimen, la desoladora moraleja (“El mundo es un infierno en el que nadie cuenta la verdad”) cede su sitio a la esperanza, en un final emocionante y aleccionador.