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El callejón
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El hombre fecal

Qué sería de Occidente si no fuera por sus hombres providenciales, por sus líderes sin parangón que, de no ser por la interesada benevolencia del siempre vilipendiado enemigo americano, acabarían su existencia frente al paredón, como le sucedió al Duce o al Conducator o a tantos y tantos espantajos que se colocan y se reemplazan en el inmenso tablero de la geopolítica internacional, que sigue siempre sus propias reglas, sus mezquinas imposiciones, sus diabólicas consignas.

Por fortuna para nosotros, que habitamos esta Arcadia del siglo XXI que es España, cuya soberanía e integridad territorial tienen la firmeza y contundencia del celibato de José Luis Ábalos en un burdel de Nueva Orleans en pleno Mardi Gras (por cierto, ojo a Los pecadores, interesante pastiche de subgéneros cinematográficos, espléndidamente rodado en los alrededores de la citada ciudad sureña y que puede ser agraciada, en esta temporada de auténticos bodrios, con múltiples premios por la “intelligentsia” hollywoodiense y su decálogo, más “wookiee” que “woke”), contamos con nuestro hombre acero particular, nuestro Gran Timonel patrio y anti-patrio, nuestro César o nada, el dirigente cuyo indómito carácter fue forjado en la más inmisericorde de las fraguas (como Conan) o en las más infernales minas de sal (como Espartaco): él, la figura más preclara y coherente de cuantas hayan sido financiadas con el dinero del oficio más antiguo del mundo, practicado por mujeres, hombres y viceversa, en insalubres saunas frecuentadas por clientes de paladar cochambroso y tarjetas visa oro en la cartera.

Se le han puesto, sin éxito, numerosos nombres y calificativos para tratar de ridiculizar su indiscutible caudillaje. Sin embargo, ninguno ha podido degradar ni menoscabar lo más mínimo la superficie de teflón con que fue esculpida esta deidad hecha hoy carne inmortal. Aupado a lo más alto del poder por fuerzas parlamentarias de gran raigambre democrática, nuestro presidente se erige en el único europeo capaz de hacer frente al expansionismo del coloso norteamericano. Con una dignidad y un honor a prueba de urnas, el mismo führer que gestionó con mano de hierro la crisis sanitaria de 2020 (salvando a medio millón de ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes de una muerte segura, según él mismo aseguró en una de las decenas de comparecencias durante tan dramáticos meses) y que ahora anuncia el envío de tropas de pacificación (obsérvese qué luminoso y feliz oxímoron en apenas tres palabras) a Ucrania y a Gaza, pretende frenar las ansias acaparadoras de Trump y sus aliados, aliadas y aliades, postulándose como mediador entre la potencia agresora (EEUU) y la legítima presidencia venezolana: ocupada provisionalmente por la misma criminal perseguida por la Interpol que, tras cobrar los cincuenta millones de recompensa por la entrega de su ex-jefe, obedece con servicial entrega a quienes afirma repeler, so pena de terminar sus días como Judas Iscariote, su remoto predecesor en el innoble arte de la traición, donde también resultó consumado maestro el mismísimo Simón Bolívar.

Insistimos en que, para suerte del desdichado país (y del todo Cono Sur), no todo está perdido; aún puede aferrarse, cual náufrago al madero, a la sagacidad sin límites, a la brillantez intelectual y, sobre todo, a la honradez impoluta de nuestro amado hombre leal, gran defensor del estado de derecho y de la legalidad internacional (salvo cuando a finales de 2019 ordena una operación de los GEOs en la embajada de México en La Paz, para extraer a miembros del gobierno del entonces prófugo Evo Morales).

Y muchos nos preguntamos para cuándo un reconocimiento para este benefactor de la humanidad. ¿Para cuándo el Nobel de la Paz para este hombre sin mácula, para este político imprescindible, para este campeón de la libertad y de la fraternidad? Hombre sin duda vital, trascendental, dental (de sempiterna sonrisa y pómulos contraídos) y (como Gil) tal y tal.

Qué injustos y miserables todos los que dudan de él y de la franqueza de su verbo fluido y melodioso. Muestran un absoluto desprecio por su valía y le niegan el menor mérito. Qué sabrán ellos. Y ellas. Y elles.

Igual que no se ha hecho la miel para el hocico del asno, hace falta un mínimo de conocimiento para entender que Pedro Sánchez está por encima del bien y mal. Como dejó escrito hace dos siglos Friederich Nietszche: “Cuando la belleza del superhombre llegó hasta mí, ¿de qué me servís los dioses ahora?”.

Te quiero, Fecaloman.

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