
En la limitada eternidad del tiempo humano el pasado y el futuro son el falso destello de dos relámpagos apenas separados por un instante, un abrir y cerrar de ojos que muy probablemente es menos que lo que tardó en surgir el universo. Y tal vez lo más prudente sea aceptar que el presente siempre será una promesa postergada y que nuestra existencia es un espejismo continuo, en una confusión de lugares y cosas que jamás alcanzaremos en permanente huida a ninguna parte. Y, en este sentido, el personaje central de la foto, que tiene treinta y tres años, bien podría servirnos para evidenciar que todo lo dicho hasta aquí no solo es cierto sino que también es demostrable. Según ello, el hombre que cierra los puños con fuerza bajo la lluvia y exhala un alarido de liberación, mientras cierra los ojos, difiere en muy poco del chico que con quince años se marchó de su aldea natal al sur de Senegal, rumbo a Dakar (antiguo punto de partida del comercio de esclavos), para entrar en una academia de fútbol que nutre de talento y mano de obra al balompié francés. Este tipo, que en la imagen parece gritar a la vez que reza o reza a la vez que grita, sigue siendo el mismo que hizo realidad todos sus sueños en un exitoso peregrinaje por algunos de los mejores clubs europeos pero que siempre retornó a su casa con la sabiduría de Ulises y el apego de los bien nacidos, repartiendo sus riquezas con los menesterosos, tal y como establece el Corán en numerosos pasajes, y mostrando que el dinero es el medio más eficaz para obtener los más nobles fines: no en balde, hospitales, escuelas, instalaciones deportivas y todo tipo de infraestructuras han sido edificadas gracias a la generosa aportación de este excelente deportista, cuya mayor y más espectacular proeza la protagonizó en primera persona el pasado domingo, durante la final de la Copa de África, que se celebraba en el estadio Príncipe Moulay Abdellah, de Rabat.
El árbitro, un congoleño especialmente designado por los organizadores para que el título se lo llevase el país anfitrión, acababa de señalar, en las postrimerías del partido, un riguroso penalti en contra y sus compañeros, enardecidos por su técnico, el ex futbolista Pape Thiaw, se marcharon del césped en señal de protesta por lo que consideraban un atropello intolerable (minutos antes de la polémica jugada les había sido anulado un gol por una presunta falta a un defensor). Fueron quince minutos tensos, interminables, feroces, con incidentes dentro y fuera del campo: salpicados de empujones, reproches, insultos. Hasta que el capitán de la selección senegalesa decidió que era suficiente, que ya estaba bien de hacer de “víctima”. Habían venido a cumplir una misión y no era aceptable abandonar sin plantar batalla.
“El fútbol africano no se merecía un final así. Estamos progresando mucho y todo el mundo nos estaba viendo. Por eso, pedí a mis compañeros volver al campo. Les dije: ganamos como hombres; perdemos como hombres. Y luego tuvimos suerte y pudimos ganar al final”, explicaba un sonriente Sadio Mané a los periodistas, justo después de la ceremonia de entrega de trofeos, que se desarrolló en un coliseo vacío, en medio de la insistente lluvia y ante la siniestra mirada de altos cargos de la FIFA, que es una organización mafiosa tejida en torno a una pelota de hexágonos y pentágonos de cuero, que es una criatura libre de todos los pecados que se perpetran en su nombre y que, a veces, es redimida de tanta ignominia gracias a los pies desnudos, benditos, inocentes, de los niños que se sirven de ella para eludir una vida de condena y luego se mantienen intactos en el interior del profesional honesto, leal consigo mismo y con los demás.