
La composición de esta imagen, con el grupo de personajes en primer término y la cabina del maquinista de uno de los trenes siniestrados en un segundo plano (rodeada de operarios de emergencias a la espera de seguir con su labor en el vientre metálico de este cetáceo destripado), da pie a múltiples interpretaciones y casi todas ellas resultan ofensivas y profundamente demoledoras para las cuarenta y cinco víctimas mortales de un accidente que pudo haberse evitado. El resto, como la enfermiza sinrazón que empujó a algún malnacido a creer que este infame posado (que denigra mucho más a los retratados que a los cadáveres y a los heridos: a fin de cuentas son estadística aquí inexistente) podía ser beneficioso para cualesquiera de estos espantajos despreciables (con o sin corona), es por completo irrelevante. Nada va a cambiar el fatal destino al que han sido condenados los cuarenta y cinco fallecidos y el dolor terrible y sin consuelo que afecta a sus familias, a las que una jauría de miserables, de desgraciados, tratan de hacer callar ahora y siempre para impedir, una vez más, que la sangre absurdamente derramada de tantos inocentes salpique a los verdaderos culpables de esta tragedia.