No es de recibo que para denigrar a un sujeto tan poco digno de defensa como el actual ministro de Transportes la maledicencia popular (azuzada por agitadores y propagandistas de la ultraderecha ultramontana y carpetovetónica) recurra a la analogía simiesca y, aprovechando que el ofendido prócer vino de Valladolid, se le pretenda identificar con un orangután, cuando hasta el más lerdo de sus detractores (que somos muchísimos más que sus partidarios partidistas a sueldo de su calamitoso partido) sabe (o sabemos) que el tal Óscar Puente apenas comparte el noventa y siete por ciento del genoma con la citada rama de primates. Lo que significa que, a diferencia de este lejano antepasado nuestro, incapaz de escribir un tweet de doscientos ochenta caracteres, de vanagloriarse de gestionar con obscena eficacia una de las redes ferroviarias más extensas (y peor mantenidas) del mundo o de eludir la más mínima responsabilidad ante la muerte accidental de cuarenta seis personas, el exsimio exalcalde es un licenciado en Derecho, actor de repertorio más bien corto, vocinglero orador en Cortes (donde -según Ortega- a veces se comporta como jabalí, otras como tenor y en ocasiones como payaso sin puñetera gracia -la cursiva corre de mi cuenta-) y leal vasallo de su señor, quien aventuramos (sin querer jugar a arúspices) que más pronto que tarde habrá de darle la patada en salva sea la parte para permanecer impasible el ademán con la suya propia, inalterada e inalterable, pegada, adherida, sentada en lo más alto de ese trono (en realidad, retrete) desde el cual, implacable, indiferente, inasequible al desaliento, se nos lleva cagando encima sobre vivos y muertos desde hace casi ocho largos, interminables e ignominiosos años.