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El callejón
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Del can Cerbero y sus cachorros

Libra de la espada mi alma.

Del poder del perro mi vida.

Salmos, 22:20

Por primera vez desde su constitución, en 1963, los organizadores de la Conferencia de Seguridad de Múnich (una plataforma de control y propaganda creada por el complejo industrial militar de EE.UU. en plena Guerra Fría para fijar consignas y promover estrategias entre sus fieles socios con el fin de potenciar sus sucios intereses) dieron la palabra a un dirigente español, quien compartió turno en un panel informativo (algo así como participar en FITUR dentro de un mismo stand) junto al presidente de Finlandia, Alexander Stubb; la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen; y el senador estadounidense Christopher A. Coons (los tres sobradamente conocidos en sus casas a la hora de cenar).

Bajo los focos de este modesto escenario (dudo que su intervención haya concitado mayor interés en los grandes medios anglosajones que la final anoche del Festival de Benidorm entre los programadores del Bayreuther Festspiele, que cada verano reúne a miles de devotos de Wagner a unos doscientos y poco kilómetros de la capital bávara), Pedro Sánchez Pérez-Castejón, cuya absoluta irrelevancia internacional se reflejó días atrás en la cumbre europea celebrada en un castillo de Bélgica a la que no fue invitado, ya que -es un suponer- los mismos sujetos y sujetas que mueven, en bastidores, los hilos de este retablo siniestro hace tiempo que decidieron que el futuro político del mamarracho que tan caninamente les ha estado sirviendo desde 2018 está más acabado que el prestigio científico del otrora insigne doctor Fernando Simón, quien, por ciento, ahí sigue, ciento cincuenta mil muertos después y más de cien mil euros al mes -no hagan cálculos, por favor, es de mal gusto-, inasequible al desaliento y con los escrúpulos y la inteligencia emocional de los pelos de mi culo, aprovechó -cómo no- ocasión tan pintiparada para asumir una vez más, con ridícula impostura, su rol de pseudoapóstol de la no violencia, Gandhi de Cuatro Caminos, adalid del pacifismo a costa de pagar con el sudor de los demás una de las fuerzas armadas más desarmadas (corruptas e incompetentes) de Europa (que ya es decir), defensor de mejores causas (sobre todo, las suyas, es decir, ninguna) y, fundamentalmente, perro ladrador (que no mordedor, salvo que se trate de comisiones de todo tipo y cuantía, guardadas a buen recaudo en cuentas ignotas), al que sus amos (como el arlequín en la comedia del arte aquí el fantoche es leal gregario de varios dueños) emplean como falso y rentabilísimo antagonista, al mismo tiempo que lo azuzan (más bien proyectan) como monstruoso cachorro del can Cerbero, que nos amenaza con la condena eterna al infierno, a sabiendas de que llevamos adentrándonos en sus recónditas estancias desde hace más de dos décadas.

Aunque no hay que desesperarse. Todavía nos queda el octogenario Felipong: venerable Copito de Nieve de la política patria, héroe y villano de la Santa Transición (hacia ninguna parte) y en abierta rebeldía contra su líder sectario y a quien desde estas líneas alentamos, con firme convicción y esperanzado optimismo, a que se vaya al carajo. O a la República Dominicana. Donde siempre será bien recibido. En ambos sitios.

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