cerrar
cerrar
Registrarse
Publicidad
El callejón
Publicidad

El Pacemaker

Si la cosa no fuera tan trágica (y de consecuencias duraderas y catastróficas) alguien con suficiente lucidez y sentido del humor podría pensar que vivimos en una permanente distopía, pergeñada en una sala de escasa ventilación por un clan de guionistas pasados de rosca de Los Simpson o de la etapa más gamberra de Saturday Night Live, insomnes y puestos hasta las cejas de alcohol, cafeína y psicotrópicos.

En algún punto del actual eje espacio-temporal se produjo una sutura (da igual la fecha: el estropicio resulta irremediable) y la realidad se pobló de amenazas invisibles, de falsos remedios para paliar los estragos de éstas, de criminales monstruosos que se presentan bajo la inocua piel de benefactores de la humanidad y de líderes tóxicos (desalmados, oportunistas y repulsivos) que se alimentan de sembrar el odio de todos contra todos para autoerigirse luego en depositarios de una presunta voluntad ciudadana mayoritaria (que, en el caso que nos ocupa, ni siquiera se ha reflejado en las urnas) para hacer valer los intereses generales (que son los suyos particulares) en contra de los beneficios cosechados (cual pescadores en aguas revueltas) por los mismos desalmados que los han escogido a ellos y precisamente a ellos para que entremos cual borregos al matadero, en este infinito dédalo que tiene por objeto convertirnos en fuente alimenticia de una trituradora que busca y persigue la destrucción de la civilización para fijar los cimientos de la nueva, que no será sino un sucedáneo de la anterior, antes de que, poco a poco, la huella de nuestra especie apenas sea el eco de un eco de un remoto resplandor (con permiso de Arturo Maccanti o Crocanti: queda al gusto del consumidor) y el planeta de los simios dé paso al de los subnormales (con perdón).

Quienes llevamos toda nuestra vida adulta militando en el pacifismo activo (no hice el servicio militar obligatorio y formé parte de la última promoción que malgastó ocho meses en la mal denominada Prestación Social Sustitutoria) y hemos condenado sin dobleces, a lo largo de décadas ignominiosas, esa siniestra maquinaria belicista con la que un montón de mal nacidos se cubren de gloria y de dinero a costa de aniquilar a centenares de miles de seres humanos, siempre inocentes, siempre indefensos, a duras penas podemos contener la náusea ante las insensatas maniobras (azuzadas de manera demoníaca por la hermandad sionista, cada día más afín a los siempre socorridos nancys) del actual presidente de los EEUU (así como de sus predecesores: todos ellos manchados de sangre y de mierda, si exceptuamos al general Eisenhower quien, como profesional del gremio y justo antes de irse, quiso llamar la atención del riesgo que suponía para su país y para el resto que la riqueza de las naciones girase alrededor de la producción y venta de armamento), de aquellos, aquellas y aquelles que le hacen palmas (por convicción o sumisión, o por ambas causas) y de los que (como el espantajo monclovita) se presentan envueltos en la bandera de la paz para ocultar su verdadera naturaleza de depretraidores y así encontrar una eficaz e hipócrita manera de blanquear su rancia y estúpida cobardía, sus propias iniquidades y su absoluta falta de integridad, con la mezquina e impostada voz del lobo bobo (y palidez enfermiza) que se ha zampado a Caperucita, a la abuela y al inepto cazador que, como siempre, llegó tarde al final de un cuento sin moraleja.

Es hora de recuperar a Samuel Johnson y de actualizar su célebre y sobajado axioma: “El pacifismo es el último refugio de los canallas”. O tal vez, tratándose de este desdichado país, sería más apropiado citar (libérrimamente, cómo no) a Yeats: “And what rough beast, its hour come round at last, / Slouches towards Saunas Adan to be born?” (“¿Y qué bestia feroz, llegada por fin su hora, / se encorva hacia la Sauna Adán para nacer?”).

Publicidad
Comentarios (0)
Publicidad

Últimas noticias

Publicidad

Lo último en blogs

Publicidad