
“Dios mío, sus rostros eran lo más horrible. No podía apartar la vista de ellos, aunque cada detalle me llenaba de un terror indescriptible. Tenían algo en la expresión, en la forma de los ojos, en la textura de la piel, que no era humano…”
Howard Phillips Lovecraft, La sombra sobre Innsmouth
Nada puede haber más groseramente obsceno o indecorosamente abyecto que este cordial saludo entre dos hienas a cual más indeseable, oprobiosa y repugnante. Tal para cual. Sus trayectorias (infames, horrendas, ignominiosas) los han traído hasta aquí, hasta este punto (que en realidad es un agujero negro, un pozo sin fondo donde caen todas las esperanzas) en el que convergen ambas líneas siniestras, de heraldos malditos de la enfermedad y de la muerte, de la que se alimentan ambos seres monstruosos, porque en este tiempo aciago, en este infierno de necios y cobardes, se buscan el uno al otro con la urgente complicidad que le es propia a los peores criminales, como vosotros, falsos benefactores, que rondáis siempre al acecho como demonios a la espera de devorar despojos.